Decía Borges que somos nuestra memoria, ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos. La ópera prima de Garth Davis se estructura entorno a la importancia de recuperar esos espejos rotos. Lion (íd., 2016) plantea, además de una problemática social, la necesidad de encontrar nuestra propia identidad. El cineasta americano se estrena en el mundo del largometraje presentándonos la historia de Saroo, un niño que se pierde a los cinco años en un tren que viaja por la India y no logra encontrar el camino de vuelta a casa. La cinta, basada en hechos reales e inspirada en el libro A Long Way Home, está dividida en dos partes claramente diferenciadas. La primera nos narra la travesía del muchacho deambulando sin rumbo por Calcuta y pasando todo tipo de penurias hasta ser adoptado por una pareja australiana, mientras que la segunda se centra en su cómoda vida en Tasmania y la incesante búsqueda por encontrar sus verdaderas raíces. El único fallo destacable es precisamente el abismo entre ambas, ya que el paso de una a otra se realiza con demasiada brusquedad. Si bien es cierto que las dos están bien trabajadas, la primera destaca sobre la segunda de forma considerable. Aun así, el interés no decae en ningún momento y la película mantiene un buen nivel.

Dando por sentado que la temática no es especialmente original, lo que verdaderamente resalta en la obra de Davis es la estética visual y su capacidad de generar una intensa emoción en el espectador sin necesidad de recurrir a las palabras. La puesta en escena es maravillosa y se demuestra en la autenticidad que acompaña cada plano, cada toma. El director ha sabido explotar correctamente los recursos visuales, en especial gracias a la brillante fotografía de Greig Fraser. Este último desarrolla un trabajo técnicamente impecable, a través del cual podemos ver de forma privilegiada una gran diversidad de paisajes, tanto de la India como de Australia, facilitando así la representación del gran contraste entre ambas culturas y nuestra cercanía con ambas. En Lion queda demostrado, además de una soberbia fotografía, el excelente tratamiento del sonido. La banda sonora a cargo de de Dustin O’Halloran y Volker Bertelmann acompaña perfectamente la historia. El director ha sabido explotar todo su potencial, dándole además una enorme importancia a los silencios o al ruido de las calles. El sonido juega por tanto un papel primordial en la narración de la trama, no sólo potenciando su intensidad narrativa, sino sobre todo acercándonos a la realidad de Saroo y facilitando que empaticemos con él.

Precisamente su mayor logro es conseguir conectar al espectador con el protagonista y hacer que ambos vivan la odisea con el mismo interés. A pesar de las evidentes diferencias que nos separan del personaje principal, la identificación con él se vuelve inevitable y en ella interviene, además de los aspectos técnicos, el portentoso trabajo actoral. El actor Sunny Pawar, que encarna a Saroo en su infancia, es todo un descubrimiento y el enorme triunfo de la película. La capacidad de interpretación de este joven es deslumbrante, tanto y de tal forma que la película valdría la pena aunque sólo fuera por la primera parte en la que él aparece. Por su parte, Dev Patel también realiza una estupenda función dando vida al Saroo adulto. Entre ambos logran que vivamos en carne propia la tragedia del niño y suframos con la angustiante búsqueda de identidad del adulto. Los demás actores que les rodean mantienen el alto nivel, especialmente Nicole Kidman y Rooney Mara.

Lion es una de esas películas excepcionales en las que queda retratado que lo verdaderamente importante no es tanto la trama por sí sola, sino cómo se relata. A pesar de sus fallos y la irregularidad entre las dos partes que la componen, es una obra que lleva a la pantalla de forma admirable una problemática social que requiere visibilidad. En Saroo se pueden ver reflejados los millones de niños indios que malviven en condiciones tan precarias como injustas, careciendo de derechos básicos como el acceso a la educación o la sanidad, y amenazados por peligros como el tráfico de órganos o la explotación sexual. En definitiva, una cinta comprometida, brillante y emotiva; una joya cinematográfica y necesaria.