Pocas películas se atreven con una premisa tan disparatada y maravillosa como Colossal (íd., Nacho Vigalondo, 2016). En algún pueblo remoto del sur de EE.UU., la joven periodista en paro Gloria (Anne Hathaway) descubre que cada vez que se emborracha se convierte en un lagarto monstruoso que devasta la ciudad de Seúl. Hasta aquí las referencias a Godzilla (ゴジラ- Gojira, Ishiro Honda, 1954), porque aunque el film sea ante todo las ganas de Nacho Vigalondo de hacer una kaiju movie, lo verdaderamente colosal de la película es otra cosa; algo mucho más oscuro encerrado en las tramas personales de los dos protagonistas.

Colossal es un film de metáforas. Pretende hacer más hincapié en las nubes que asolan el pueblo de Gloria que en el festín de efectos especiales: unas nubes negras que nunca se van, que ensombrecen un pueblo deprimido por la crisis y estancado en el tiempo. La aparición de Gloria es la primera metáfora, una especie de profecía de lo que está por venir, y es que su llegada al pueblo donde creció supone un golpe para sus habitantes comparable al que el monstruo dará más tarde en Seúl. Para los excompañeros de clase de Gloria, el regreso de la joven es el recordatorio de todo lo que ellos no han logrado en esos años: la confirmación de su propio fracaso.

Es este conflicto desde donde parten los dos temas centrales de la película: el alcoholismo y las relaciones abusivas. La única forma que tienen los protagonistas de ahogar sus frustraciones es emborrachándose en la taberna que regenta Oscar (Jason Suidekis). El alcohol es un elemento que Vigalondo introduce de manera sutil, con la misma cotidianeidad con la que lo consumimos en nuestra sociedad, pero que poco a poco va dejando su poso hasta convertirse en el centro de la trama y el detonante de los acontecimientos por venir. Los seres humanos bebemos, perdemos el control, y por muy divertida que sea la noche y por muy arrepentidos que nos mostremos a la mañana siguiente, la resaca no es purgatorio de nada y nuestros actos no dejan de tener consecuencias en nuestro entorno.

En Colossal, los daños colaterales del alcoholismo toman la forma de un monstruo físico que destruye vidas ajenas. De pronto, lo que a priori parecía una divertida peli kaiju, adquiere tintes transcendentales pero sin perder una pizca de gamberrismo en el camino. Vigalondo quiere expresar sus propias obsesiones siempre desde la comedia, sin lecciones morales o imágenes traumáticas. Los fuegos artificiales de blockbuster hollywoodiense son distracciones, pero distracciones imprescindibles para captar el mensaje en todo su esplendor. Es gracias al espectacular choque de un helicóptero contra la cabeza del reptil —“con piloto y todo”— que Gloria descubrirá que ser Godzilla no es un juego, una revelación que cambiará su rol en la historia. CGI y desarrollo de personajes comulgan así en total armonía, imposible entender uno sin el otro. A uno no le queda más que preguntarse si el film sería igual de efectivo si hubiera tenido un presupuesto reducido.

Después de tratar la dependencia de substancias a través del alter ego agigantado de Gloria, Vigalondo da un paso más en la construcción de su particular universo e introduce un nuevo monstruo, más grande, más terrorífico y mucho más oscuro: el maltrato machista y las relaciones abusivas en forma de robot de luces. Se trata de un ser que lleva gestándose desde el inicio, con las frustraciones de Oscar, las inseguridades de Gloria y todas esas cervezas que vician el ambiente. Poco a poco, el alcoholismo deja de ser tema central para dar paso a algo mucho mayor, por lo que Gloria tendrá que asumir de una vez por todas su identidad como monstruo, aceptando los aspectos de ella que son oscuras y autodestructivas, y derrotar así al verdadero horror, a Oscar. El triunfo contra el abuso en el desenlace es tan contundente como el propio título de la película y una metáfora de la liberación feminista ante el patriarcado, que será de raíz o no será.

Colossal pretende pues ser una suerte de alegato feminista. De hecho, así fue retratada por los medios especializados tras su estreno en EE.UU. Sin embargo y pese a sus nobles intenciones, la película pierde valiosas oportunidades para aspirar a ser uno de los grandes films feministas del año. El juego de monstruos y el apoteósico final juegan a su favor, pero no puede obviarse que cuenta con solo un único personaje femenino relevante, por lo que incumple la regla básica del test de Bechdel para medir la brecha de género en el cine. En efecto, el personaje de Hathaway no hace amigas en su llegada al pueblo y pasa todo el tiempo entre hombres: del ex novio al amigo de la infancia, del amigo de la infancia al ligue y del ligue de nuevo al ex. Su rol de Gloria en la trama roza muchas veces la pasividad y su espectro de toma de decisiones es limitado: o se queda en el pueblo con Oscar o vuelve a la ciudad con Tim, su ex. No importa qué decida; siempre hay un hombre esperándola al otro lado. En esto, Colossal no dista mucho de obras clásicas pasadas de rosca en cuánto a perspectiva de género como Sabrina (íd., Billy Wilder, 1954). En ambos casos los hombres toman decisiones que afectan a la mujer sin consultarla. En la película de 1954, el personaje de Audrey Hepburn volvía de París convertido en una mujer independiente, pero al final su rol se reducía a ser presa de los juegos de críos de los hermanos Larrabee. En Colossal, Vigalondo propone un esquema muy parecido, un triángulo amoroso ultraconvencional que llega a su clímax cuando Oscar le dice al ex de Gloria, con ella delante, que no importa lo violento que sea, ella nunca volverá con él. Se trata de un diálogo visitado una y otra vez en la gran pantalla, al igual que la decisión de ella de volver con Tim cuando descubre la naturaleza abusiva de Oscar. Lo verdaderamente feminista del film no llega, por tanto, hasta el desenlace, en el que el machismo salta literalmente por los aires y el destino de Gloria parece escribirse sin un hombre a su lado. Al final, el único elemento del que el ser humano no puede escapar es el alcohol. Al menos en el universo de Nacho Vigalondo.