Vilipendiable Sr. Von Trier:

He escaneado con atención sus últimas líneas a mí referidas sobre los fenómenos de hype y de rebote. Ciertamente me admira su perspicacia ante la cual no querría oponer resistencia. No obstante, considero oportuno reflejar su opinión en un espejo cristalino puesto que no hace en ellas referencia al Efecto Hater.

Aclaremos primero que el denominado Efecto Hater no tiene relación con los hateful del amigo Quentin (éste más bien está en fase hype). El Efecto Hater, del que se ha escrito amplia bibliografía tanto en medios profesionales como en revistas de tendencias —recomendamos muy especialmente el texto “Acabemos con todo” (M. Warren, J. Ruth. En: Tiempos duros, Domergue Publishing, Wyoming, USA, 2015)—,  se define por la postura de un grupo de envidiosos de limitada imaginación y dudosa catadura que se agrupan, tras un llamado anónimo, en contra de un personaje, una opinión o un fenómeno previos. El Efecto Hater tiene lugar en sociedades ricas y en segmentos de población desprovistos de orientación cultural adecuada y con necesidades vitales bien cubiertas. Es decir, que no suelen preocuparse por llegar a final de mes y pueden entretenerse en actividades como ésta.

Los haters no desaprovechan ocasión por desacreditar al que consideran contrario, como si en ello les fuera la vida. Son una masa informe, centrada en torno a determinadas redes sociales, medios de comunicación o páginas web. Y, en el ambiente del cine, no son excepción sino regla. Hay haters de géneros determinados y haters contra producciones españolas. Pero los conglomerados más sólidos se constituyen en medios críticos o periodísticos y en torno, en contra mejor dicho, a directores previamente reputados.

¿Qué le voy a decir precisamente a usted, estimado Von Trier? A usted, que ha padecido en sus carnes digitales el odio de esta masa inculta.  A usted, que fascinó con El elemento del crimen o Europa, que emuló a Lynch en El reino y que inventó el Dogma. Fascinó primero cuando torturó con abierta misoginia a Emily Watson, a Bjork y a Nicole Kidman… Pero ahora nadie le perdona sus desvíos cinematográficos de la pauta por usted pergeñada, sus desvaríos sadomaso con  Charlotte Gainsbourg o sus comentarios comprensivos sobre la incomprensión sufrida por Adolf. Ahora dicen que por su culpa Cannes no es lo mismo, que Emily se quedó en secundaria tras revolcarse en las olas, que Bjork ya no interesa… Cómo nos hemos de ver…

Y no querría personalizar el Efecto Hater sólo en usted, dolido Von Trier. Descabezaron al amigo Peter Greenaway. El otrora fascinante Hype de El contrato del dibujante, Zoo o El cocinero, el ladrón… (y todos los demás) pasó a ser víctima del Hate tras unos comentarios duros contra unos periodistas a raíz de Las maletas de Tulse Luper. Los periodistas pueden ser petulantes en sus preguntas a los directores, pero a éstos no se les permite ser arrogantes con los primeros. Greenaway ya no ha levantado la cabeza en taquilla ni en prestigio. No sirvieron de nada su largo ni su docu sobre Rembrandt, de tanta calidad como sus más famosas obras. El Efecto Hater le borró del imaginario colectivo.

Ahora los haters van a por Christopher Nolan. Es como si ellos mismos quieran enterrar su pasado. Tal vez olvidar las novias con las que vacilaron explicándoles Memento. Quizás se han pasado a Ben Affleck (DC se pone de Hype) y la trilogía de Batman no fue tan buena como parecía. Quizás sufrieron efectos secundarios tratando de aplicar lógica racional a los textos sobre Origen o Interestelar en lugar de dejarse llevar por la imaginación (y las novias de ahora son más formales y todo es más triste). La amargura trata de cebarse con Dunkerque.

¿Acabará todo aquí? Me temo que no. Como usted decía todo el mundo busca la fama, aunque sea momentánea, aunque sea por decir que se ha descubierto un genio. ¿Por què no hacerse famoso destruyendo a uno? ¿Quién será el siguiente? ¿Kiyoshi Kurosawa, Tim Burton? … Ay, Sr. Von Trier, veamos qué sucede cuándo el Efecto Hater alcance a JLG.