Los tampones no son asquerosos. Las mujeres sangran y eso es algo bonito. ¿Sabes que la mayoría de hombres nunca han visto un tampón usado?

The Love Witch (íd., Anna Biller, 2016)

The Love Witch es una sátira extrema sobre el rol histórico de la mujer en el amor heterosexual. Su protagonista, la joven Elaine, está obsesionada con encontrar al hombre perfecto, al que poder servir y amar hasta que la muerte los separe. Su incesante búsqueda del amor le lleva a descubrir la magia negra como instrumento (no tan) infalible para cazar a su príncipe azul.

Tras una premisa que puede parecer convencional —y ultrarrecurrente en historias sobre brujas como Una disparatada bruja en la universidad (Teen Witch, Dorian Walker, 1989) o la serie Embrujadas (Charmed, Constance M. Burge, 1998-2006)—, se esconde una de las propuestas más estéticamente radicales de los últimos meses. Su directora, guionista y productora, Anna Biller, sigue con fidelidad el imaginario kitsch y algo cutre de películas de sexploitation de los años 60, films eróticos de bajo presupuesto donde la trama es una excusa para mostrar desnudos femeninos, como Faster, Pussycat! Kill! Kill! (íd., Russ Meyer, 1965)—.

La artificiosidad en su aspecto formal sirve para alejar al espectador de la trama y de los objetivos y decisiones de Elaine y ponerlo en una posición incómoda, confusa, de no saber si la película está intentando criticar el machismo imperante en la sociedad o defenderlo a capa y espada. La atmósfera de plástico pasteloso que construye Biller es contundente a la hora de evidenciar el rol que se le impone a la mujer en la sociedad, que incluye una figura estilizada, maquillaje y habilidades domésticas. Y es que —en un principio, al menos— parece que con sus pócimas de amor Elaine quiere ser Samantha Stephens, la cándida bruja que renunciaba a todo para ser la esposa perfecta en la serie Embrujada (Bewitched, Sol Saks, 1964-1972), con la que, por cierto, comparte época, valores y poderes sobrenaturales.

El ferviente enaltecimiento que realiza Elaine de la mujer objeto no hace, sin embargo, otra cosa que obligar al espectador a mirarse a un espejo caricaturizado de sus propios convencionalismos. Entre hechizo y contoneo, Biller aprovecha para colar algunos ingeniosos discursos feministas: son para el recuerdo las escenas relacionadas con la “botella de bruja”, fabricada con un tampón usado, con la que Biller se mofa del tabú construido alrededor de la menstruación. La directora difumina de paso la sexualidad de las protagonistas. A pesar de la obsesión claramente heterosexual que padecen las mujeres del universo de The Love Witch, es irónico que la escena inicial, en la que Elaine y Trish se conocen, esté cargada de tensión sexual. Tampoco es coincidencia que Biller escoja para la primera conversación relevante entre las vecinas —que gira en torno a cómo amar al hombre—, un concurrido salón de té solo para mujeres que parece escenario contemporáneo de la leyenda de Lesbos. La fina ironía de The Love Witch, construida sobre escenas exageradas y aparentemente vulgares, recuerdan a la estridente sátira sobre la vida residencial republicana Mujeres Desesperadas (Desperate Housewives, Marc Cherry, 2004-2012). En ambos casos, las protagonistas defienden un modo de vida de sacrificio de la individualidad para servir al hombre y a la familia, y en ambos casos hay una doble lectura.

La doble lectura en The Love Witch se hace evidente en la escena final. Biller propone un giro de guion que sugiere que, pese a todo, Elaine no es tan esclava de los hombres como nos ha hecho creer. Hasta entonces, se nos cuenta que la joven bruja ha fracasado siempre en el intento de atrapar al hombre perfecto, pues sus pócimas de amor acababan intoxicando a su presa, que se vuelve blanda, llorona y “femenina”, es decir, no se ajusta a los roles de género definidos para el amor heterosexual. Sin embargo, el agente de policía Griff, su última víctima, no sucumbe a sus encantamientos y permanece impasible en su masculinidad y en su indiferencia hacia Elaine, se tumba en la cama y espera. Por primera vez, la realidad devora a la fantasía en la que vive Elaine, el efecto “príncipe Disney” se desintegra y la protagonista debe enfrentarse a sus propios monstruos: Elaine no está dispuesta a sacrificar su vida de bruja —su libertad— para compartir su vida con ese hombre que, por primera vez, permanece entero a pesar de sus encantos. Así que, cumpliendo con la profecía en forma de cuadro que ella misma pinta, Elaine se libera y se sumerge en el maravilloso mundo de los sueños, donde está con Griff, pero con la idea de Griff que ella quiere y el tiempo y la forma que su imaginación establece. Fuera la música y fuera los fuegos artificiales. Sonrisa plácida. Fundido a negro.