La leyenda de las tres Parcas consiste en tres hilanderas que tejen la vida de cada mortal, desde el nacimiento hasta la muerte, con ayuda de un hilo que la primera hila, la segunda enrolla y la tercera corta cuando la correspondiente existencia llega a su término.

Kedi (íd., Ceyda Torun, 2016) es una deliciosa reflexión sobre la necesidad de afecto del ser humano que resulta tener forma de documental sobre gatos. En el universo planteado por la debutante turca Ceyda Torun, los felinos callejeros son quienes tejen el hilo de la vida de los hombres y mujeres que pueblan la ciudad de Estambul. A través de ellos conocemos las aspiraciones y miedos de los individuos que los cuidan, los alimentan, los miman o simplemente los toleran. La historia de cada gato ambulante es también la historia de la persona que lo acompaña. Y es que en Kedi, la relación entre gatos y humanos es de igual a igual.

Por el tema que trata, la película enternecerá de buenas a primeras a todo amante del mundo animal —y de los gatos en particular—. Sin embargo, Kedi pretende ir más allá que limitarse a grabar a gatetes adorables. Torun se aproxima a la historia de cada criatura con mimo y ahonda en ellas hasta delimitar perfectamente la personalidad de cada una. Así, los animales que nos parecen iguales cuando los vemos cada día en la calle pasan a ser personajes principales sin falta de personificaciones a través de efectos especiales a lo La guerra del planeta de los simios (War of the Planet of the Apes, Matt Reeves, 2017): Bengü, la cariñosa; Deniz, la sociable; y Duman, el elegante son solo algunos de los protagonistas de la historia.

La cámara inquieta de Alp Korfali y Charlie Wuppermann (directores de fotografía) se desliza a la altura de los felinos y Estambul se nos presenta inmensa y aterradora y a la vez dulce y eterna. Kedi logra así sacar a relucir una ciudad que vibra con la vida que se esconde detrás de las puertas, entre las cajas de una pescadería ambulante o en las barquitas de un puerto; una vida que no por no ser humana es menos apasionante. Ese es sin duda el mayor logro de Torun: contar la historia de una ciudad y transmitir su espíritu al foráneo, y todo a través de las siete vidas de un gato. Las historias personales, relatadas a través de los primerísimos planos de los felinos, se intercalan con espectaculares panorámicas de la ciudad grabadas con drones desde el cielo, en las que la realizadora deja fluir el sonido de la urbe como banda sonora imperecedera. La sensación final es la de haber estado un día en la vida de todos esos animales y de los humanos que los rodean, con un emotivo desenlace al atardecer que despide a los protagonistas más con un hasta luego que con un adiós definitivo.

Torun construye su fábula humanista sobre la existencia con la misma delicadeza con quien uno tejería su traje de boda. Como las hermanas Parcas, Kedi forma un hilo que recorre Estambul de historia en historia y que a veces es del color dorado de la felicidad, y otras del negro de la decadencia, pero que siempre busca una salida optimista al enredo. Tal vez un mayor riesgo a la hora de relacionar las vidas gatunas entre sí hubiera ayudado a incrementar el interés durante sus ochenta minutos de duración. Y es que, aunque Torun juegue con una estructura circular que une principio y fin con un cálido atardecer, el film puede dejar la sensación de ser una serie de cortos inconexos a lo Relatos salvajes (íd., Damián Szifrón, 2014).