Más heroínas, animación y sonrisas

El western, forever

Y cuando el western parecía desahuciado, reaparece, de nuevo, bajo otras formas. Varias películas lucieron sus códigos.

La eficaz Wind River (Jim Sheridan,2017) contempla, en una mezcla de tensión y serenidad narrativas, el enfrentamiento entre una inexperta agente del FBI y un veterano cazador con un asesino y violador, en el nevado contexto de una reserva india. La precisión en los diálogos (de quien fuera guionista de Sicario y Comanchería) y el uso de los paisajes nevados (como si fueran un personaje más) no pueden, sin embargo, disimular una planificación demasiado próxima al telefilme.

Brimstone (Martin Koolhoven, 2017) a diferencia de la anterior, aprovecha muy bien los entornos del western. Asentamientos aislados en áreas salvajes, grandes paisajes, aserraderos, pueblos en desarrollo en los que la violencia es cotidiana, tiroteos, las chicas del salón… se entremezclan con terror gótico. Brimstone destaca por la minuciosa construcción de Liz, un personaje acosado que se va definiendo mediante sucesivos flashbacks que abren diversas posibilidades argumentales. Así pasaremos de la cinta de terror más gore, al western más violento, a la violencia cotidiana de una familia religiosa (aún más temible que la de Thelma) y, finalmente, regresamos al terror. Desafortunadamente, pese a la excelente construcción de un personaje fuerte, inteligente y honesto, abusado por su condición de mujer en un contexto machista, pese a su puesta en escena y a la bella fotografía, Brimstone, acaba pesando en la retina del espectador por su alargada duración y, especialmente, por el prolongado enfrentamiento final de la heroína con una suerte de serial killer.

Marlina the Murderer in Four Acts (Marlina Si Pembunuh dalam Empat Babak, Mouly Surya, 2017) es otra versión de western, menos ambicioso tal vez que Brimstone, aunque mucho más redondo. En este caso la protagonista, una viuda indonesia que posee un pequeño rebaño de cabras, es asaltada y violada en su propio domicilio. por una banda criminal. Marlina, en un alarde de serenidad, consigue matar al grueso de los delincuentes para, a continuación, ir a la ciudad con la cabeza del jefe de la banda para denunciar los hechos y recuperar el ganado arrebatado por los dos restantes miembros de la banda. Marlina se configura no tanto como una road movie sino como un western feminista en el que, tras el asalto, la protagonista, una vecina y otra valiente granjera emprenden un viaje en camión que emula a la diligencia fordiana. Mouly Surya retrata sin subrayados (y con muy adecuados toques de un humor distanciador) la situación de la mujer en un país machista y corrupto, dónde sólo las más fuertes pueden sobrevivir. A medio camino entre el cine de Monte Hellman y Lav Diaz (específicamente The Woman Who Left / Ang babaeng humayo, 2016), Marlina fue una de esas pequeñas joyas que merece la pena encontrar entre la gran oferta festivalera.

The Bad Batch, de Ana Lily Amirpour

Pero no acaban aquí la lista de heroínas. A Marlina, a Liz, a Thelma, a la Ilana de Closeness, a la Elisa de La forma del agua, al dúo de As boas maneiras o a las trágicas heroínas de Hagazussa y November, hay que añadir a Arlen la insólita protagonista de la insólita The Bad Batch. Segundo largo de Ana Lily Amirpour, es una opción tan discutible como brillante que oscila entre el gore y el western, pero que paradójicamente evita el exceso de sangre y los tiroteos. Arrancando con el destierro de una supuesta delincuente (representante de esta mala remesa a la que alude el título) al otro lado de un muro que separa la “civilización” de un mundo postapocalíptico, no tardamos en situarnos ante el cautiverio de la joven en un enclave caníbal. Tras su esforzada fuga, alcanzará el pueblo de Confort, dominado por una suerte de patrón hedonista (The Dream, alias Keanu Reeves, que parece disfrutar en pequeños papeles en películas alternativas) que vive en una mansión fabricando droga para su población y fabricando hijos con las jóvenes más atractivas. Arlen entenderá que vive en un mundo insuficiente, injusto y desequilibrado y tratará con poca fortuna vengarse de todos hasta que un destino tan azaroso como el guion de la película la lleve, muy irónicamente, hacia un distópico grupo familiar. Amirpour domina el espacio y la pantalla amplia, así como el cromatismo que le permiten las festivas noches de Confort, con un Diego Luna en plan DJ de una sorprendente disco móvil en forma de radio. Y lo hace con tanta destreza como dominó el blanco y negro nocturno, claustrofóbico, en Una chica vuelve a casa sola de noche, su vampírico debut. Goza también de un buen casting, con un eficaz Jason Momoa y un muy acertado Jim Carrey, pero la peregrinación de la protagonista en el desierto parece más producto de una falta de ideas de guion que de un vorágine de propuestas. Tuvimos oportunidad de hablar con la directora para comentar con ella su visión de una obra que se exhibe en Netflix como Amor carnal y podéis ver sus respuestas en la entrevista que publicamos.

Y el vaciamiento del guion fue, de hecho, la razón de ser de Laissez bronzer les cadavres. Esta es un brillantísimo divertimento, un ejercicio de estilo, un juego visual con la temática y la estética del spaguetti–western. Tomando como pretexto una trama de cine negro (una banda se refugia en un peculiar hostal rural dónde acabarán luchando contra la policía y entre sí), Hélène Cattet & Bruno Forzani desarrollan un catálogo de lugares comunes del género. Laissez bronzer les cadavres arranca con un guiño burlón que combina insertos de la boca de un cañón, el sonido del disparo y los títulos de crédito, para culminar con una referencia a Pierrot le fou. A partir de ello, la obra encadena un conjunto de planos propios del género (primeros planos de labios y barbas sin afeitar, primeros planos de cigarrillos apagándose, muecas, armas de fuego, botellas de whisky) con un montaje cortante, sincopado, que juega alegremente con los tiempos y la banda sonora. Aunque de modo distinto, con mucha más alegría de la que luciera El extraño color de las lágrimas de tu cuerpo los directores juegan con el código genérico (tiroteos, sonido de disparos, sangre, sexploitation) y las hacen suyas en una obra tan divertida como enérgica.

Anima’t

Sin duda uno de los años con mejor representación del género de animación, que saltó de su sección también a la de competición, mostrando diversas maneras de utilizar la animación para desarrollar historias, reales o fantásticas.

Tuvimos, por encima de todas, las excelentes fantasías de Big Fish and Begonia (Da Hai, Liang Xuan, Zhang Chun, 2016) y Lu Over the Wall (Yoake tsugeru Rû no uta, Masaaki Yuasa, 2017). La primera, diseñada para semejar acuarelas, es una aventura mística, habitada por unos seres que, desde una suerte de inframundo feliz, tutelan el mundo humano que flota, literalmente, en un océano sobre sus cabezas. En un rito de paso, los adolescentes ascienden, transformados en delfines, por un vórtice que les permitirá observar a los humanos durante una semana, antes de su retorno al mundo inferior. La aventura se precipita cuándo la protagonista decide rescatar el alma del pescador que la salvó de la muerte dando su vida y debe ocultar a su pueblo el intruso que crece en forma de gran pez. Una desbordante gama de colores, una fluidez impresionante en los trazos que definen cielo y agua, nubes y olas, lluvias y torbellinos, evocan con una abrumadora belleza a múltiples autores aunque muy especialmente a los tonos de las aventuras creadas, dibujadas y compartidas por Moebius y Jodorowsky. Y aunque la obra tenía personajes que parecían escapados de El viaje de Chihiro o El castillo ambulante, fue Lu Over the Wall la que nos acercó al mundo de Ghibli y Miyazaki, muy concretamente a la festiva Ponyo en el acantilado, a la que esta nueva obra se refiere en su personaje central: Lu, una suerte de sirena diminuta, de aspecto patoso y pasión por la canción y el baile. Lu Over the Wall renuncia a la sofisticación estética o a los aires místicos de la anterior, pero lo compensa con un ritmo y un sentido del humor envidiables, en una historia de amistad entre jóvenes y entre el mundo humano y el acuático. Los bailes de Lu a ritmo pop, la aparición de su padre (un tiburón gigantesco, con sombrero y bigote que surge de las aguas para hacer negocios) y el clímax durante la inundación bastan para hacer enteramente disfrutable una obra de altos vuelos.

Lu Over the Wall, de Masaaki Yuasa

Ambas fueron claramente superiores a obras de tendencia más realista. Have a Nice Day (Hao ji le, Jian Liu, 2017), renuncia al movimiento naturalista de los personajes y se basa en la descripción de ambientes y el uso de fondos realistas. Compitiendo en la sección oficial, estructura su historia en torno a un maletín de dinero, codiciado por delincuentes y advenedizos, que pasa de mano en mano dejando tras de sí un largo rastro de sangre. Una mirada cáustica a la codiciosa China actual. Junto a ellas la ganadora de la sección Anima’t, Tehran Taboo (Ali Soozandeh, 2017), quedó un tanto desdibujada. Esta espléndida obra de denuncia de la opresión de la mujer en el Irán contemporáneo, basada en dibujos realistas sobre fondos originales de fotografías o filmaciones, se antojó un deja vu. Evidentemente, el dibujo permitía llegar allá dónde los actores de Asghar Farhadi o de Samira Makhmalbaf no pudieron, limitados por la censura. Por supuesto, lució un guion, basado en cuatro o cinco historias cruzadas, con tres caracteres femeninos principales que evidenciaba la injusticia de un sistema que fuerza a la prostitución a una mujer cuyo marido yonqui, encerrado, niega el divorcio, a una universitaria de clase media que ve limitada su libertad y a una joven embarazada presuntamente tras una fiesta. Sin embargo, Tehran Taboo se limitaba a la denuncia sin llegar a la originalidad de obras de textura semejante

La comedia

Y, para acabar con una sonrisa tras todas las luchas, reivindicaciones y enfrentamientos mostrados en las películas vistas, comentar las pocas comedias que pudieron disfrutarse.

The Little Hours (Jeff Baena, 2017) es otra producción televisiva, como Okja o The Bad Batch, aunque a nivel estético carece de las ambiciones y el acabado de aquellas y se remite a la pequeña pantalla. Basada en cuentos del Decamerón es una entretenida comedia de enredos entre monjas libertinas y pícaros criados… Y poco más se puede decir de ella. Sin embargo, hay un interesante punto en común entre las restantes comedias, la pasión y la necesidad por la creación.

Brigsby Bear (Dave McCary, 2017) es una propuesta tierna y muy divertida. Posiblemente no satisfaga a los espectadores más encallecidos; pero, hacia el final del festival, recibió un gran aplauso. Una pareja abduce a un niño, James, y le retiene durante años convenciéndole de que él es su hijo y de que no puede salir a un exterior que está intoxicado. Durante toda su infancia y juventud, le educan mediante una serie televisiva de muñecos (el Brigsby del titulo) elaborada por ellos mismos. En el momento en que es rescatado y devuelto a su familia original, la mayor preocupación de James es recuperar los capítulos que faltan de la serie. Brigsby Bear podía dar de sí a una historia muy compleja, tomando el hilo de La habitación (Room, Lenny Abrahamson, 2015). La película de McCary evita el estéril melodrama en que aquella se perdía; pero se limita a las peripecias del joven y sus nuevos amigos para recrear (con artefactos, efectos digitales y disfraces caseros) los capítulos restantes de las aventuras del oso. Hay mucha imaginación, muy buen humor y mucho cariño por los personajes. ¿Demasiado blanda? Quizás, pero en los tiempos que corren hay que dar crédito a la calidez y al placer de la creación. Y si algún nombre, alguna referencia, flotaba en el aire, se materializó en otra propuesta, también a medio camino, también ácida y agradable. En Dave Made a Maze (Bill Waterson, 2017) un artista en crisis construye con cartones un laberinto en su sala de estar. La construcción, de unos pocos metros, revela ser sin embargo un laberinto casi infinito lleno de sorpresas y trampas para los amigos que tratan de rescatar a Dave de su interior. La película, muy resonante del universo de Michel Gondry, se queda en la forma (una forma muy divertida) pero revela ser sólo un juego sin demasiada ambición argumental. Por su parte, The Disaster Artist (James Franco, 2017), avalada por diversos premios, es una de esas películas (ahora de moda) que revisa la creación… ¿de una obra de arte?… Si creíamos que Plan 9 From Outer Space era la peor película de la historia, The Room (Tommy Wiseau, 2003) le quiere arrebatar el podio (no confundir con la antes mencionada película de Abrahamson). The Disaster Artist es a ella lo que Ed Wood de Tim Burton fuera a la anterior. Crónica de un fracaso anunciado, epopeya de un personaje imposible, The Disaster Artist es tan hilarante como sorprendente habida cuenta de que la historia es real y reciente y de que Wiseau vive ahora de los pases de su obra en sesiones como cult movie. Tan crítica con un personaje imposible como es Wiseau (que rodó su película en celuloide y en digital para decidir al final qué metraje era más adecuado, que exhibió su culo en primer plano en varias escenas, que interpretó su personaje con desatino total) como admirada por su determinación de acabar The Room, la película de James Franco oscila entre la burla y el respeto por un “artista” contemporáneo.

How to Talk to Girls at Parties, de John Cameron Mitchell

Y dejo para el final la más cinematográfica de las comedias vistas, la que desarrolla más la voluntad de crear un ambiente, de expresar una intención, mediante la historia; pero especialmente mediante la puesta en escena, el vestuario y la banda sonora. A pesar de limitar la trama a una pequeña anécdota. How to Talk to Girls at Parties (John Cameron Mitchell, 2017) es tan divertida como las anteriores comedias mencionadas, respeta a sus personajes (sin la excesiva suavidad de Brigsby Bear) y hurga en el espíritu punk de destrucción–creación. Sin alcanzar el gran nivel de Hedwig, the angry inch, utiliza el punk como aquella utilizara el glam. En esta ocasión un trio de amigos en el Londres de finales de los setenta se tropieza (sin comprenderlo) con una colonia alienígena. Atraídos por la diferencia (¡considerando que la música extraterrestre pueda ser kraut rock!) y buscando ligue, cada uno de ellos obtendrá un resultado final del intercambio de experiencias… y de fluidos. Sin duda alguna la obra es irregular y sufre un bajón de ritmo imperdonable para una obra de espíritu rompedor pero el ambiente post pop de la época, la evolución hacia la comercialización de un movimiento que quería ser libre (rematadas tan irónica como irreversiblemente en la secuencia final), las pinceladas burlonas hacia el arte y el aburguesamiento y unas cuantas escenas desmadradas de fiestas alien hacen de ella una pieza que brilla por su ritmo y su frescura.