Todos a una

La propia lógica del cine de superhéroes, que a estas alturas del siglo XXI presenta réditos suficientes para ser considerado un género en sí mismo, determina inundar las pantallas de todo el mundo con sucesivas entregas de los personajes en nómina, pues en su génesis está presente, como elemento irrenunciable, la obtención de estratosféricos beneficios en taquilla, que son los que a la postre posibilitan la expansión, en irresistible progresión geométrica, del modelo. El culmen de este plan de marketing se materializa en las periódicas reuniones de estos campeones para enfrentarse a toda suerte de villanos (aún más) bigger than life, con el consiguiente regocijo por parte de las legiones de fans que ven periódicamente satisfechos sus sueños más húmedos, pura sublimación estruendosa de nuestro atavismo más profundo. Si bien es justo reconocer que estos monumentos al exceso emulan la propia estructura nodular de las grandes sagas de comic books, no está de más preguntarse si el resultado final justifica, en términos creativos, su sobreabundancia actual (y venidera).

Apelando a lo ya visto en la seminal saga X-Men y, en unas coordenadas estilísticas diferentes, el conglomerado de primeras figuras de Marvel orquestado a partir de Los Vengadores (The Avengers; Josh Whedon, 2012) y sus diversas líneas de fuga —en forma de secuelas o derivaciones más o menos deudoras del original— resulta evidente que la obra resultante atesorará mayor valor en la medida en que la acumulación de pirotecnia heroica no se lleve por delante el desarrollo de caracteres, su trasfondo y motivaciones; por no hablar de la tipología de relaciones que mantienen entre ellos, y el mundo que les rodea. A este respecto considero merecido elogiar, entre otras cosas porque se ha escuchado/leído poco, la labor homogeneizadora llevada a cabo por Josh Whedon en Los Vengadores, que pese a cierta irregularidad en el acabado final seguramente derivada de la propia naturaleza de la propuesta, posibilita que durante el grueso del metraje se sigan con interés los diversos desencuentros de todos estos roles potencialmente conflictivos, poseedores de la consistencia dramática suficiente para no ser meros sparring de Iron Man y el Capitán América —no por casualidad, los agraciados con las mejores adaptaciones cinematográficas de sus correrías dentro del ya extenso MCU—. Estaba claro que ante el descomunal éxito de la apuesta, los mandamases de DC no se iban a quedar de brazos cruzados.

Con unos cuantos años de retraso respecto a sus grandes competidores del sector, pero la lección bien aprendida, en su asalto al pódium del nuevo ciclo heroico convirtieron al emblemático Superman en su Iron Man particular, asignando por añadidura al mismísimo Zack Snyder similar papel unificador que el desempeñado por Josh Whedon… al menos, hasta que el todopoderoso Kevin Feige se hartó de sus veleidades creativas. El producto resultante, El hombre de acero (Man of Steel, 2013) es una espléndida relectura del mito fundacional del superhéroe por antonomasia, al que su particular narrativa caleidoscópica, tan denostada en su momento, confiere una inesperada textura emotiva, elegiaca. Toda vez que la férrea égida impuesta por Christopher Nolan apela insistentemente a la dimensión ética del heroísmo, el firmante de 300 (íd., 2006) se permite ser fiel a sí mismo en los contados momentos en que fluye libremente su torrencial concepción de la imagen-espectáculo: el prólogo-compendio en Krypton trufado de imágenes deudoras de la sci-fi clásica, un operístico encadenado de finales cuyo climax, el combate entre Kal-El y Zod, sublima de manera apoteósica, terminal, la ceremonia de la destrucción masiva.

Esta conceptualización de Superman, trasmutado en deidad apolínea que, en plenitud de sus poderes, es capaz de arrasar sin pestañear ciudades enteras, conecta con el interés que ha venido mostrando Snyder hacia el mesianismo inherente a la figura canónica del héroe, plasmada con toda la potencia iconográfica de que es capaz el audiovisual contemporáneo. Una vez libre del corsé impuesto por Nolan, su siguiente aproximación al DCEU es un abigarrado ejercicio de maniqueísmo formal en el que la parte del león recae esta vez en el justiciero dionisíaco por excelencia, aquel que mora en la oscuridad de las bajas pasiones: Batman vs Superman: el amanecer de la justicia (Batman vs Superman: Dawn of Justice, 2016) se articula a partir de la inevitable confrontación, de naturaleza arquetípica, entre Luz y Oscuridad, y dedica lo más meritorio de su descomunal aparato estético a plasmarla con (obsesiva) meticulosidad, renunciando de manera tan coherente como temeraria a desarrollar mínimamente el resto de hilos narrativos, que se superponen a la contienda sin orden ni concierto. Zack Snyder ni es, ni pretende ser, un cineasta sutil, como buen predicador del poder movilizador de la imagen cinematográfica; priorizándola sobre todo lo demás, el combate a muerte entre Superman y Batman se convierte en un hiperbólico homenaje al antagonismo primordial.

Carcasa (super)heróica

El problema surge cuando esta estimulante temática, germen como vimos de toda una tradición del relato épico, ha de ser conciliada, por imperativos de producción, con la pulsión palomitera; y derivada de tal imposición, la yuxtaposición de roles de modo arbitrario, con la vista puesta en futuribles secuelas. Así, la generosa porción de metraje dedicada en Batman vs Superman: el amanecer de la justicia a servir de puente para La Liga de la Justicia (Justice League, 2017) no aporta nada a una duración ya de por si desmedida, relativizando merced a su hipertrofia digital los logros del planteamiento de base, que quedan difuminados, adulterados por el recurso a un compañerismo impostado. Visto lo visto todo parecía presagiar, como finalmente ha sucedido, que la ligereza de tono estaba llamada a apoderarse de la proverbial reunión de figuras DC, quien sabe si por hastío del firmante de Watchmen (íd., 2009), o “convenientemente aconsejado”. Sea como fuere, en calidad de ideólogo de marca su visión trascendental del heroísmo, rayana en la exaltación de la iconografía crística, ha seguido impregnando obras ajenas como esa deliciosa epopeya démodé que es Wonder Woman (íd.; Patty Jenkins, 2017).

Por todo ello resulta sorprendente la falta de ambición, de ímpetu creativo, que ostenta La Liga de la Justicia; que esto sea considerado un defecto o una virtud dependerá de las expectativas que cada cual trajera de casa, pero lo que es indudable es que el nonsense pasado de rosca que se apodera de la propuesta la acerca mucho más, en intenciones y resultados, a ese desconcertante cortocircuito denominado Escuadrón Suicida (Suicide Squad; David Ayer, 2016) que a los títulos antes mencionados. Visto el resultado final, no puedo evitar pensar que el pobre Snyder —tras la sucesión de inmisericordes críticas— ha sucumbido a la presión, tirando por el camino fácil: facturar un espectáculo de ampulosas hechuras digitales y acrítico trazo grueso; sin atisbo de trascendencia y/o trasfondo mítico, pero ciertamente entretenido. A este respecto, la fluidez con que se suceden encuentros, escaramuzas y batallas campales resulta sumamente agradecible, así como, pese a su carácter epidérmico, el cuidado estético conferido a algunos de los pasajes que atañen a Batman y Superman, reincidiendo en esa cualidad iconográfica deudora de tiempos mejores.

De hecho, el momento culminante de la película no es, como cabría esperar, la agotadora batalla final, sino la “resurrección” del Hombre de Acero, planteada como gran vértice narrativo y audiovisual en el que, entre otras filigranas, las acciones de los diferentes superhéroes en liza se plasman en un encadenado de imágenes al ralentí que homenajean a la propia estructura de las viñetas del comic original. Un guiño elegante a sus lectores que, dada la fuerza que cobra en el contexto dramático en que tiene lugar, adquiere idéntica relevancia al célebre plano secuencia, de similares intenciones, en Los Vengadores. Por alusiones: si lo que pretendían los productores de La Liga de la Justicia era “humanizar” al plantel de luminarias convocado apelando a la comicidad soft, el jocoso gag visual sin escatimar en toneladas de autorreferencialidad han encontrado en Joss Whedon al hombre adecuado; que da sobradas muestras, una vez liberado del abrazo del oso de Kevin Feige, de sentirse en su salsa. Quizá demasiado.

Así, transcurridos tan sólo 4 años del estreno de El Hombre de Acero, y considerablemente más quemado, Zack Snyder vuelve a verse cuestionado como cabeza visible de su propia obra. De la seriedad nolaniana al desparpajo whedoniano, el arrinconamiento a que se ve sometido saca en esta ocasión su peor cara: la oscuridad formal, reflejo de un mundo carente de luz; el mesianismo como aproximación suprematista a la figura del héroe quedan relegados en el cómputo global del filme por la hipertrofia y el efectismo, dolorosamente patentes en una amalgama de set pieces estridentes, carentes de épica y tensión —a lo que no resulta en absoluto ajena la nula relevancia de un villano de cartón-piedra digital y su legión de horrorosos moscones—. La Liga de la Justicia aporta, en definitiva, una evidencia incontestable de la conveniencia de revisar el modelo de reuniones periódicas de supercolegas, jaleado por aquellos que defienden que el cine de evasión debe ser, ante todo, festivo e intrascendente. Parece claro que, mientras contribuya a cuadrar el balance de resultados de la major de turno seguirá siendo hegemónico, sin importar el peaje que obliga a pagar a cineastas tan estimulantes como este tipo de Wisconsin al que, en su mirada culterana hacia la epopeya, no le duelen prendas en remitirse a Campbell, a Jung. A Nietzsche.