1946. Nace David Lynch. Cuando sus padres llegan a casa con el niño en brazos, el propio David les abre la puerta.

Efeméride encontrada en El Mundo Today

Lluvia dorada

No voy a hablar mucho de este retorno porque ya se ha hablado mucho en internet, que es donde se habla ahora de todo siempre y cuando no resulte ofensivo, y todo lo que yo dijese se iba a quedar corto aunque probablemente no ofendería a nadie. Si a David Lynch le hubiesen dejado convertir ese piloto televisivo que finalmente derivó en Mullholland Drive en lo que inicialmente iba a ser, esto es, una serie de TV, probablemente se parecería mucho a este retorno de Twin Peaks. Pero alguien decidió que aquello no tenía ni pies ni cabeza y, por ende (quizá erróneamente) que a nadie iba a gustar. La jugada salió bien pero siempre nos quedaría la duda de qué habría surgido de allí con algo más de… longitud. Hasta veinticinco años después, en este 2017. No diré que las sensaciones que me dejaron esos cuatro primeros capítulos que nos sirvieron de una vez a modo de aperitivo serían indescriptibles porque mucha gente intentó describirlos (en internet, sí) durante aquellos días en que para mí el mundo dejó de existir, andando como andaba inmerso, perdido, completamente ausente de la realidad en aquella pequeña localidad que allá por 1990 contaba con 51201 habitantes y cuyo universo se estaba expandiendo a otras regiones como Las Vegas o Dakota del Sur, Logias aparte. Nadie sabía qué podíamos esperar de esta nueva Twin Peaks, aunque casi todo el mundo sospechaba dos cosas: Que si David Lynch (y Mark Frost, venga) volvían con esto veinticinco años después no sería para exprimir una gallina de los huevos de oro que como mucho serían de bronce, porque aunque con el tiempo se haya convertido en una serie de culto, convendremos en que los índices de audiencia en su momento no fueron nada espectaculares (tampoco lo han sido esta vez), y segundo, que no era complicado que superase aquella segunda temporada a ratos divertida, con algún momento inquietante y/o terrorífico, pero también olvidable en gran parte y terminada con el piloto automático, aunque precisamente el desenlace sea bastante memorable. Aunque yo sospechaba esas dos cosas, no estaba preparado para algo así, algo que sobrepasó cualquier límite concebible de antemano. David Lynch se está meando en nosotros y me encanta, era todo lo que podía pensar después de ver el primer capítulo. Según avanzaba la serie… Qué hijo de puta. Será CABRÓN. Me cagüen sus muelas. No. No. No. No puede ser. Sí. Hostias. Qué hijo de puta. ¿En serio? Peroperoperoperoperopero… ¿de verdad? Me frotaba los ojos, pero era real, no lo estaba soñando. Dougie. Bravo. Aplausos. Esas actuaciones musicales al final de cada capítulo. O en la mitad del capítulo ocho, del… su puta madre el capítulo ocho… Tela… Creo que nunca he disfrutado tanto con una serie de televisión. ¿Quién coño mató a Laura Palmer? ¿Quién dice que está muerta? Yo la vi caminar por el bosque de la mano del agente Cooper. Y también lloré. Y conocí a Diane. La escena del atasco. Harry Dean Stanton. Los mafiosos. ¿He nombrado a Dougie, el mejor personaje de la historia de la televisión? Y por supuesto la abnegada Jane-E, claro. Y esos otros viejos personajes tan entrañables, veinticinco años después. Pero no, no es la nostalgia la que habla, de eso estoy bastante seguro. También podría decir que no he entendido ni la mitad, siendo generosos, y que me importa un carajo. Que he leído teorías en internet que me parecían brillantes aunque dudo que Lynch (y Frost) fuese(n) tan lejos cuando escribía(n). Estaban más preocupados intentando pensar como nos iban a mear en el siguiente capítulo. Ese último capítulo. Ese final. Qué cabrón. Méame, David, méame más, méame forever.