Times ain’t Changing

Tras un par de años en los que las celebraciones mediáticas de Hollywood sirvieron para la reivindicación del afroamericano en el cine, los Oscar premiaron un par de obras discretas. Figuras ocultas (Hidden Figures, Theodore Melfi, 2016) era acompañada por otra obra reivindicada también en muchas listas del año, Moonlight (íd., Barry Jenkins, 2016). El primer caso nos hablaba de las primeras afroamericanas, negras y mujeres, que habían aportado conocimientos relevantes a la NASA salvando el proyecto espacial… o al menos así se nos contaba. El segundo narraba, con grandes elipsis, la evolución de un negro gay en un entorno doblemente hostil, por racismo y por pobreza. El primer caso era cinematográficamente limitado. El segundo se orientaba más al individuo (historia de amor incluida) que a la colectividad.

El año nos ha traído otros títulos mucho más destacables en este contexto. Por una parte, la brillante Déjame salir (Get Out, Jordan Peele, 2017) y, por otra, el excelente documental I’m Not Your Negro (Raoul Peck, 2016). Déjame salir era una brillante fábula de humor negro, muy vinculado al gothic horror, que tras los toques de comedia y gore traslucía la hipocresía de una izquierda blanca en un proceso de cosificación, o de asimilación, de la cultura y la identidad negras. En tono inevitablemente más severo, Peck retomaba en su espléndido documental un proyecto inacabado de James Baldwin analizando las diversas ramas de la lucha negra en los Estados Unidos para dejar de ser niggers, humillados, marginados y despreciados. Imágenes de archivo, entrevistas televisivas, lectura de textos y comentarios actuales se entrecruzaban para dar pie a un panorama terrible de lo que fueron los Estados Unidos de los sesenta y el aplastamiento de todas las estrategias que reivindicaban la igualdad racial.

Conflictos raciales y sociales que, no casualmente, aparecieron con relevancia también este año en una obra fallida, American Pastoral (íd.,  Ewan McGregor, 2016) y en una obra literaria, 4321 (Paul Auster). Situaciones que surgen, una vez más, en la impactante Detroit (íd., Kathryn Bigelow, 2017). En ella, Bigelow se circunscribe a un contexto muy determinado (las revueltas que tuvieron lugar en esta ciudad en 1967) y a una noche muy determinada, en la que un grupo de policías retuvo y torturó a los huéspedes negros de un motel. El guion de Mark Boal, autor también de En tierra hostil (The Hurt Locker, Kathryn Bigelow, 2008) y La noche más oscura (Zero Dark Thirty, Kathryn Bigelow, 2012), es parecido a sus obras previas, por su capacidad de integrar pequeños detalles en un contexto más amplio, por su dureza y también por su frialdad. Una frialdad expositiva en la que Bigelow se siente muy cómoda, otorgando a su material un tono de documental. De este modo, el núcleo central de la película, las horas en las que los policías locales retienen a un variopinto grupo de prisioneros, cara a la pared, golpeándoles, humillándoles y apartándoles a diversas habitaciones del hotel para amenazarles y torturarles, se estira en pantalla con una tensión que se hace insoportable por la sensación de realismo que desprende. No obstante, la película se limitaría a un thriller si no fuera por la capacidad de ir más allá de tan prolongada secuencia (que, de hecho, ocupa el grueso de la cinta). Boal y Bigelow, sin necesidad de cargar las tintas, ponen en evidencia no sólo la brutalidad de la policía local, sino al gobernador y a todo el sistema que permiten llegar a esta situación, al sistema judicial (que favoreció la libertad de los culpables, pese a darse algunos asesinatos) y a la complicidad de los afroamericanos implicados, empujados por un miedo más que justificado o por la pobreza. Bigelow cierra la película con unas secuencias que sufren de la bajada de tensión del conjunto de la obra pero que resultan necesarias para entender que las consecuencias de aquel catastrófico periodo perviven hoy en día en la sociedad norteamericana, que sigue aun marginando al mismo grupo de ciudadanos.