Únicas y auténticas

El debut en la dirección de largometrajes de Cory Finley no podía ser más oportuno. En un verano seco en cuanto a estrenos (familia Parr y Brad Bird aparte), Purasangre no podía ser más reconfortante. Una película bien planificada, bien interpretada y con una carga de mala leche muy medida. Demasiado medida tal vez.

Finley nos ofrece un trago corto y agridulce, más que amargo. La historia de una relación (una dudosa amistad) entre dos jóvenes menores de edad, de buena familia suburbial, que sufren, cada una por su lado, un trance del que plantean recuperarse de modo no sólo singular, sino un tanto traumático. Amanda (Olivia Cooke, antes de Ready Player One), sociópata y tal vez psicópata, afirma no tener sentimiento alguno. Hace poco ha matado a su caballo, que ya no podía correr, de un modo algo sangriento. “El control de calidad de los fármacos es una mierda”, comenta. Habiendo fallado la dosis letal que debía acabar con él, busca una herramienta con la que cortarle el cuello. Las fotos del macabro incidente han corrido por internet y Amanda está más aislada que nunca, precisando clases de repaso con Lily (Anya Taylor-Joy, más inquietante que en La bruja, menos sufrida que en Múltiple). Esta, por su parte, se siente asfixiada por la postura de un padrastro, maltratador con ella y con su madre, encerradas en una suerte de jaula de oro, y ansiosa por librarse de él. La necesidad de relacionarla con alguien lleva a la madre de Lily a pagarle a cambio que de horas de formación extraescolar a su antigua compañera de primaria.

La historia puede tener alguna resonancia de thriller como Lazos ardientes (Bound, The Wachowski Brothers, 1996) o cuentos morbosos como Criaturas celestiales (Heavenly Creatures, Peter Jackson, 1994), obras dónde la relación entre dos jóvenes se teñía de lesbianismo antes de virar hacia el asesinato. Finley consigue, de modo admirable para un director novel, darle vida propia y evitar imitación alguna. Sin dejar de referirse a algunos estándares del noir y planteando una relación de dependencia entre Amanda y Lily que más allá de la amistad, elabora una historia evidentemente mórbida que no se limita a una relación erótica. El lazo que establecen Amanda y Lily es el de dos personas heridas que se atraen precisamente por sus diferencias. Distintas a todo el mundo y únicas en su género, dos purasangres. El tono que Finley establece es el de perversa comedia de humor negro. En determinado momento, Amanda refiere a Lily que hay una técnica empleada por las actrices para lograr el llanto. Más adelante, consciente de la falta de empatía de Amanda, Lily le pregunta si usó dicha técnica cuando la abrazó llorando en el funeral de su padre. Amanda le responde: “Naturalmente, sí; pero, ¿no es cierto que funcionó muy bien?”. En el momento en que Lily se sincera (tras la ofensiva, agresiva declaración de Amanda) y admite que fue despedida de la escuela de categoría a la que asistía (por plagiar un trabajo) ambas se sitúan al mismo nivel y pueden considerarse (sólo hasta cierto punto) amigas.

Impregnada de cinismo, la película irá desarrollando el papel de Lily quien, a la sombra de Amanda, irá creciéndose y avanzando hacia sus intereses. Si es su amiga quien primero, sin ningún escrúpulo, manipula a Tim, un pobre camello de pocas luces (un espléndido papel para el malogrado Anton Yelchin), para facilitar los intereses de Lily, será más adelante la misma Lily quien aproveche la indiferencia emocional de Amanda para conseguir sus objetivos.

Una banda sonora de Erik Friedlander, basada en silencios, sonidos y ruidos (la máquina de fitness, el balneario, la voz imperiosa del padrastro en el silencio de la mansión), da pie a una sensación molesta de extrañeza que domina toda la cinta. No es maldad, como en las obras de Lynch, pero algo de la incomodidad de Terciopelo azul (Blue Velvet, David Lynch,1986) y otras de sus obras se percibe en Purasangre. No es ajeno a ello una cuidada puesta en escena que combina algunos travellings (que exploran el domicilio de Lily, visto ante la escrutadora mirada de Amanda) con abundantes planos generales o medios (que aproximan o alejan a sus dos singulares protagonistas según su estado de ánimo) y algunas muy acertadas elipsis. Finlay trabaja sabiamente el fuera de campo y obvia, con elegancia, dos de las escenas más necesarias y más violentas de la obra, otorgándole de este modo mucha más fuerza. Por otro lado, evita hábilmente el histrionismo en el que podrían caer las dos actrices llevando a cabo papeles de difícil equilibrio emocional y lo confronta con la descripción de personajes secundarios es muy acertada y sencilla. La capacidad de argumentación de la madre de Amanda frente a la tiranía de su pareja se refleja una representación de la ausencia más que de la presencia, encerrada en el ultravioleta, silenciosa frente a las frases tajantes de su amante o con los ojos cubiertos por las manos de éste. Tim, por su parte, es minimizado al presentarle, con el golpe en la cabeza, sentado en un profundo jacuzzi inactivo, asomando el rostro desorientado frente a las “dominatrix”.

Se echa en falta quizás que a nivel de guion se hubieran desarrollado más los personajes secundarios y la trama principal. Un recurso, tal vez, para evitar riesgos que da lugar a una obra contenida en exceso. Sin embargo, hay que reconocer los méritos de Finley como director y el final, basado en la supuesta narración de una Amanda plenamente satisfecha de su aislamiento, no deja lugar a dudas del cinismo que Purasangre destila ni de la capacidad de su director.