Pervivencia televisiva

Por increíble que pueda parecer, el porvenir de las Hermanas Wachowski pinta en bastos. No hay más que entrar en filmaffinity y comprobarlo de primera mano: de la (muy esperada) continuación de su saga de cabecera no hay nada concretado tras más de un año de rumorología, y las últimas noticias apuntan a que sus creadoras no estarán en el proyecto, pese al apoyo expresado por Keanu Reeves, que ha condicionado su propia participación a la incorporación de las Wachowski en labores de dirección y escritura de guion… todo un detalle por parte del intérprete, pero mucho nos tememos que baldío; tras sus sonoros fracasos en taquilla, especialmente de un título tan injustamente menospreciado como El destino de Jupiter (Jupiter Ascending, 2015) las hermanas se han convertido en veneno para la taquilla, y en el contexto de espantada general que viven los grandes estudios en la actualidad un acto de fe como el que llevó a Warner Bros Pictures a producir El atlas de las nubes (Cloud Atlas, 2012) sería, pues eso, El Acto de Fe. Y Hollywood ha dejado de creer en los milagros.

Resulta paradójico, pero en el descomunal impacto de Matrix (The Matrix, 1999) se halla el germen de su descorazonadora situación actual: el magisterio ejercido por la obra que nos arrojó de lleno a las fauces del siglo XXI ha devenido con los años en listón imposible de alcanzar, algo se diría que perfectamente asumido por sus propias creadoras pero no así por crítica y público, que siguen afeándoles el no haber sabido —¿querido?— retornar a la senda marcada por el magistral capítulo inaugural de su distopía hitech; de la que ya se alejaron, dejémoslo claro, en sus dos asilvestradas secuelas. Toda vez que a Matrix aluden más machaconamente los representantes patrios de la, ejem, Nueva Política que las Wachowski Sisters, convendremos que sus intereses creativos han ido fluyendo libremente por otros derroteros, mucho menos acomodaticios de lo que una valoración a vuela pluma pudiera apuntar.

La clave es, precisamente, el ejercicio de la libertad, con todas sus consecuencias: ahí es nada encadenar un sesgado (e incomprendido… por un servidor el primero) homenaje al anime clásico con la puesta en imágenes de una novela con el marchamo de inadaptable, para terminar de liarla —apuntalando el ataúd en el que ellas mismas se han enterrado— en una bizarra space opera que juega en la misma liga que Flash Gordon (íd.; Mike Hodges, 1980) y demás glorificación del kitsch. El progresivo desinterés mostrado hacia la narrativa canónica ha contribuido, como no podía ser de otra manera, a que el grueso de crítica y público haya terminado por ningunearlas, haciendo gala de su incapacidad para valorar el generoso caudal audiovisual surgido del marasmo narrativo a que parecen abocadas sus últimas ficciones, tan quebradas como estimulantes, revulsivas. El problema, en último término, no es de Lilly y Lana. Incluso para los que nos lo estamos trabajando, resulta costoso asumir que el cine ha entrado también en el siglo XXI, y las herramientas críticas del siglo pasado han dejado de tener validez. No digamos ya las del siglo XIX.

Así las cosas, tiene todo el sentido que de la vía muerta a la que les había conducido la pésima recepción crítica y comercial de El destino de Jupiter les haya rescatado Netflix y su modelo globalizador de producción televisiva, al menos hasta que los números han vuelto, lamentablemente, a descuadrarse: Sense8 (íd.; 2015-18) constituye un sentido homenaje a la ficción como agente del cambio, vulneradora de nuestra percepción del mundo que nos rodea. Siendo este un leit motiv en absoluto ajeno a la filmografía previa de las Wachowski, el hecho es que nunca hasta ahora se había plasmado con tanto énfasis en su impronta propiamente emocional, lo que da la medida del óptimo aprovechamiento obtenido de la estructura serial, dada su potencialidad para amplificar exponencialmente los vínculos establecidos entre los diversos personajes en liza, que son los que a fin de cuentas generan la narración: en las vivencias interconectadas de sus ocho protagonistas principales encuentra Sense8 su razón última de ser.

Oda a lo transpersonal

Interconexión en un sentido estricto, pues todos son integrantes de una especie idéntica en apariencia a la nuestra, pero con la capacidad de vivenciar aquello que está experimentando su alma gemela del otro lado del mundo: ocho sensate que residen a su vez en ocho ciudades diferentes, lo que convierte a la primera temporada de la serie en un canto a favor de la transnacionalidad; la acción va saltando de un continente a otro en la medida en que vamos adentrándonos en su cotidianeidad, que capítulo tras capítulo acabará siendo compartida por todos y cada uno —de ellos, y nosotros— hasta cerrar el círculo de su (finalmente asumida) vinculación. Este contexto de descubrimiento compartido apela al sentido de la maravilla del espectador, y en la medida en que este se sienta impelido el goce audiovisual está asegurado; de lo contrario, y sus responsables creativos apenas dejan asideros de dramaturgia digamos convencional a los que agarrarse, será expulsado de la celebración a las primeras de cambio.

Pese a que la proverbial trama de inspiración mesiánica —por haber tenemos hasta un nuevo Morfeo, Jonas (Naveen Andrews), constituido en guía propiciatorio por esta nueva, resbaladiza realidad— va aflorando, paulatinamente, hasta hacerse mucho más presente en una segunda entrega abiertamente derivativa, lo cierto es que Las Wachowski abogan en esta ocasión por mostrarnos que lo real-maravilloso reside en nuestro propio mundo; no hace falta buscarlo en otras galaxias o futuros imperfectos, con tal de que seamos capaces de expandir nuestra conciencia al igual que Capheus (Aml Ameen/Toby Onwumere), Sun (Doona Bae), Wolfgang (Max Riemelt), Nomi (Jamie Clayton), Will (Brian J. Smith), Kala (Tina Desai), Lito (Miguel Ángel Silvestre) y Riley (Tuppence Middleton). Lejos de quedarse en el enunciado, es el deslumbrante apartado audiovisual generado el que posibilita que este limbo se despliegue ante nuestros ojos, completando el tránsito que va de lo transnacional —el punto de partida— a lo transpersonal: desde el momento en que las interacciones entre los diversos protagonistas se vuelven más impredecibles, inclusive intrusivas, al haber alcanzado un hermanamiento emocional que derriba las barreras físicas, culturales, que aún les separaban. La sucesión de collages visuales a los que da lugar, con capítulos francamente memorables, constituye un homenaje al poder movilizador de la imagen pura, sin coartada intelectualista que valga.

Toda una declaración de intenciones que conduce a que los pasajes más potentes de la serie sean, sin excepción, aquellos en que los sensate comparten sus sentimientos en carne viva, cortocircuitando con valentía las diferentes líneas argumentales. Me viene a la cabeza, de entre decenas de momentos similares, aquel del especial navideño en que los restantes integrantes del clan de Sun, confinada en una celda, la arrastran para celebrar en comunión sus cumpleaños —pues todos nacieron el mismo día— a un frenesí de música y luces sincopadas, terminando en una gozosa orgía de cuerpos entrelazados, que ella experimenta en plenitud sensorial, pese a languidecer físicamente entre rejas. La valentía de mostrar, abiertamente, el cuerpo como territorio último de libertad, anclando la vivencia del amor, conceptualizado como energía movilizadora, al disfrute de la piel deseada obedece a la férrea voluntad de las Hermanas Wachowski de trasmitir un mensaje inequívoco ligado a un momento histórico concreto, en el que el retroceso del libre albedrío en todos los frentes comienza a hacerse peligrosamente evidente. Pero siendo honestos el mérito ha de ser necesariamente compartido con Tom Tykwer y James McTeigue, correligionarios que confieren a los capítulos dirigidos la necesaria continuidad estilística… y John Toll, operador de cabecera que insufla a las imágenes su arrebatado sentido del cromatismo. Sin su magisterio estético y la labor de raccord más compleja que imaginarse pueda, Sense8 no sería el espectáculo visual que generosamente se nos ofrece.

Echaremos de menos volver a experimentar la plenitud atávica de un alumbramiento compartido mientras Riley asiste a un concierto de música clásica, que elicita el acceso al más traumático de los recuerdos —desde ya, uno de los hitos del audiovisual contemporáneo—, y no tanto las derivas visuales y narrativas que han dado al traste, prematuramente, con un proyecto que sobre el papel estaba destinado a seguir expandiendo tan sugestivo universo ficcional. Pero la realidad, pese a los denodados esfuerzos de sus creadoras por moldearla a su antojo, es la que es: tras una segunda temporada que no ha estado a la altura de las expectativas generadas, la lógica de mercado ha terminado por imponerse. Al menos, la despedida adquiere la forma de un emotivo, cálido abrazo: Sense8: Amor Vincit Omnia (Sense8: Together Until The End, 2018) aúna vacaciones, toneladas de ligereza e hiperbólicas secuencias de acción marca de la casa con un sentido homenaje a la legión de fans que, a fin de cuentas, han posibilitado con su activismo en rrss este a la fuerza desequilibrado, pero no por ello menos estimulante, gran fin de fiesta. Haciendo bandera de la ausencia total de sutileza —una forma tan válida como cualquier otra de ejercer su libertad— tras la boda parisina de Nomi y Amanita (Freema Agyeman) que sirve de coartada para unir fraternalmente a todos los personajes en el marco incomparable de la Torre Eiffel, nuestros queridos sensate amalgaman sus cuerpos —y conciencias— en un postrero, definitivo orgasmo. La cámara, que recorre la geografía que componen sus cuerpos satisfechos, enfoca durante unos segundos un dildo humedecido: «Para nuestros fans», leemos sobre el fundido en negro final. Si este fuera el epitafio de las Wachowski, Lana y Lilly, pueden descansar en paz.