God Knows I Love America

Tomo prestada esta frase irónica de una canción de Peter Perret (How the West Was Won) para hablar del rostro más conservador y recalcitrante de los Estados Unidos, presente en Venecia mediante dos documentales: Monrovia, Indiana (íd., 2018) de Frederick Wiseman, y American Dharma (íd., 2018) de Errol Morris.

Wiseman se sirve de su habitual capacidad de observación para ofrecer un retrato de la pequeña localidad de Monrovia, en el estado norteamericano de Indiana. Sus largas tomas, arraigadas en la consideración atenta de la vida cotidiana, tienen que ser de lo más cercano a la objetividad que el cine es capaz de ofrecer.

Como de costumbre, el documentalista no busca las glorias ni las miserias de la comunidad: solamente filma y deja que afloren. Se suceden las reuniones de concejales, las clases de instituto, las conversaciones en el bar, los funerales. En este observar sostenido, insistente, queda solamente la vida, despojada de toda distracción; la rutina abierta en canal, mostrando los engranajes de todo un sistema. Al convertir estas estampas cotidianas en el centro de atención, y absteniéndose de imprimir en ellas cualquier rastro de su presencia, Wiseman descubre los viejos automatismos y las inercias vacías que se escudan bajo el sentimentalismo de la tradición para acabar confundiéndose con un sentido, con un propósito, con un ideal.

Bajo esta luz, la solemnidad de según qué rituales parece de pronto ridícula. El fraseo virtuoso del párroco que preside el funeral suena terriblemente cercano a los monólogos de un late night show. Las reuniones de la logia local, torpes y pomposas, se asemejan a un juego de niños. Los cánticos de la subasta resuenan entre el público como una oración religiosa. Y también sucede al revés: se hace evidente la necesidad de algo a lo que agarrarse, sistemas capaces de ordenar la existencia y dotarla de alguna clase de sentido.

Monrovia, Indiana (íd., Frederick Wiseman, 2018)

¿Cuál es la particularidad, pues, de este documental? Resulta que Indiana se cuenta entre los estados que se decantaron sólidamente por Donald Trump en las últimas elecciones norteamericanas, y aunque el nombre del magnate no aparece ni una sola vez, su sombra se proyecta de forma inequívoca sobre la localidad rural de Monrovia. Los rasgos de su discurso afloran una y otra vez en las inercias cotidianas de la pequeña comunidad, mostrando la profundidad de las raíces de su pensamiento.

Si Frederick Wiseman nos muestra la posibilidad de realizar un documental político desde la simple observación, Errol Morris propone un modelo muy distinto en su American Dharma. Se trata de un retrato de Steve Bannon, estratega responsable de la campaña electoral de Donald Trump y figura clave en la organización y crecimiento de varios partidos populistas europeos, incluyendo Vox.

Filmado desde una épica dudosa, el documental empieza planteándose como un debate entre Bannon y Morris, aunque pronto abandona este formato. Bannon se impone con un dominio abrumador de la retórica y, frente a la insuficiencia del contrapunto crítico de Morris, a ratos consigue transformar la película en un altavoz para sus ideas. Surge la pregunta: ¿cuáles son las responsabilidades del cineasta? ¿No es tarea suya proveer al espectador de las herramientas críticas necesarias para afrontar un discurso peligroso y hábilmente manipulador?

Un rostro totalmente distinto de los Estados Unidos nos llega a través de otro documental, el único presente este año en la competición oficial: What You Gonna Do When the World’s on Fire (íd., 2018), de Roberto Minervini. El cineasta italiano explora las distintas formas de vida de la comunidad afroamericana en este retrato sureño que a veces adopta un tono delicado e intimista y otras veces se abre como una herida ante el espectador. Asistimos al nacimiento de distintas formas de unión y resistencia frente a un contexto sociopolítico dominado por el racismo y la violencia: la ternura en la relación entre dos hermanos, la lucha persistente de los Black Panthers, la esperanza de una mujer rota y recompuesta, voz de la regeneración. Puede que no haya grandes respuestas en este documental contemplativo, pero sí mucha humanidad.

Márgenes

Los pasillos de un hospital psiquiátrico siempre invitan a reflexionar sobre la delgada línea que traza los límites entre el delirio y la cordura. Me vienen a la cabeza las Canciones del segundo piso (Sånger från andra våningen, 2000): uno de los magníficos tableaux vivants de Roy Andersson nos traslada al corredor blanco y austero de un manicomio, donde un supuesto doctor es despojado de pronto de su bata y su cuaderno de notas y devuelto así a su verdadera condición de paciente.

The Mountain (íd., 2018) nos sumerge también en la ambigüedad de las instituciones psiquiátricas para mostrarnos la fragilidad de esta clase de categorizaciones. La nueva película de Rick Alverson contrapone, desde un estatismo que recuerda precisamente al cine de Andersson, un mundo de una lógica glacial con otra visión más bien sensible del mundo, articulada desde una extraña lucidez poética.

The Mountain (íd., Rick Alverson, 2018)

La normatividad encuentra su representante en la figura de Wallace Fiennes (Jeff Goldblum), un doctor especializado en lobotomías —una práctica que aparece como símbolo de la voluntad de crear una sociedad homogeneizada, arrinconando y neutralizando toda disidencia—. Frente a la dureza de este mundo rígido, pasivo y despersonalizado, la única esperanza parece surgir de los márgenes, germinando de forma austera en pequeños gestos de complicidad y ternura, y en los discursos tan imprevisibles como sugerente del viejo lunático interpretado por Denis Lavant.

También por los márgenes transita Veysel, el solitario protagonista de Yuva (íd., 2018). La película del turco Emre Yeksan, desarrollada dentro del programa Biennale College, es una exploración de la vida en los bosques y de las posibilidades de comunión con la naturaleza en nuestros tiempos. El proyecto de Veysel, lejos de las experiencias intelectuales o espirituales de grandes modelos como Henry David Thoreau o John Muir, radica en el despertar del lado más primitivo y animal del ser humano, pero varios problemas surgen a su encuentro: desde las súplicas insistentes de su hermano para que vuelva con su familia hasta las amenazas de una entidad incierta que quiere edificar en los terrenos y llena el bosque de soldados. Sencilla en su puesta en escena, la película plantea demasiados caminos (abriéndose incluso a la presencia del elemento sobrenatural, que nos brinda el mayor acierto de la cinta) y acaba siendo incapaz de concretarse en una propuesta sólida y orgánica.

Bêtes Blondes (íd., Alexia Walther y Maxime Matray, 2018)

La inclasificable Bêtes Blondes (íd., 2018), del dúo francés Alexia Walther y Maxime Matray, fue uno de los grandes hallazgos del festival. La película recoge algunos elementos de la tradición picaresca para relatar las peripecias de una vieja gloria televisiva sumida en el olvido: Fabien ha terminado por convertirse en un cleptómano amnésico adicto al salmón, y ahora el azar, la desmemoria y una gran habilidad para meterse en problemas llevan el timón de su vida. Se trata de otro habitante de los márgenes, una figura que surge más allá de las normas y las convenciones y proyecta sobre las cosas una mirada única, extrañamente coherente en su excentricidad. Hay algo en Fabien de locura quijotesca, pero sobre todo una profunda incapacidad para afrontar el dolor de la pérdida y sobreponerse el recuerdo de todo aquello que quedó confinado para siempre en el pasado. Conviven en él el delirio, la risotada caricaturesca, y una profunda sensibilidad.