Un diario, un detonante… y una solución. De destrucción, de intereses, de vida. De filosofía, denuncia, y amarga esperanza

                                                                                  “—God loves you. You’re God’s child.

—God ain’t my fucking daddy, my daddy was a cunt. He knew he was a cunt. God still thinks he’s God. No-one’s told him otherwise.

Redención (Tyrannousaur, Paddy Considine, 2011)

Cuando El reverendo inicia su proyección, lo hace con unos títulos de crédito cuya tipografía, blanco sobre negro, se presenta amigable, evocadora de una lejana época. La expectación crece en un espectador que acude a la sala confiado, deseoso de conocer al reverendo Toller y a su iglesia, First Reformed.

First Reformed. La primera reformada

Pero esos títulos dan paso a un travelling inusual: nos aproximamos muy poco a poco a una sencilla pero imponente iglesia, desde el inicio de un camino que nos lleva a ella en lo alto de una colina, con la mirada, con la cámara, situada casi a pie de la calzada. Así que un acercamiento que originalmente puede parecer desde el respeto, desde la adoración… se torna, en escasos segundos, a ser percibido desde el miedo.

El miedo a adivinar qué habrá tras las puertas en las que la cámara/nuestra mirada se ha detenido. Un miedo que da paso a la inquietud de desear descubrirlo, mezclada con la intimidación de un encuadre que permanecerá cerrado, y no exclusivamente a consecuencia del formato 4:3.

First Reformed. Primero, reformado. Primero, reformarse.

Reformarse.

Y en ese preciso instante, cuando aún no se nos han abierto las puertas, no se ha iniciado la historia… nos damos cuenta de que los títulos de crédito no son evocadores de una época mejor. No son acogedores, ni inocentes. Los títulos hablan de la vejez. De lo rancio. De no saber avanzar. De no querer hacerlo.

Porque avanzar… ¿significaría culparse?

Tres planos definen el film de Schrader. Tres planos que esconden filosofía, denuncia… y amarga esperanza.

1. El padre Toller sentado ante su diario

La puerta de la iglesia se torna una invitación a conocer, y reconocer, el mundo interior del reverendo Toller.

Toller, un ex militar que perdió un hijo en la guerra de Irak y se culpa por haberle empujado a defender la patria, refugiándose en la fe, en la Iglesia, para superar su dolor, es la figura escogida por el guionista como representante del individuo, y también de toda una sociedad, y de sus mecanismos de defensa para evitar la confrontación, el sufrimiento personal. Esos mecanismos empleados de forma consciente por cada uno de nosotros, pero diseñados por una sociedad a cuyos dirigentes le importa más tenernos controlados mediante el dinero, el falso reconocimiento, o la fe.

Control. Qué es sino la Iglesia. Qué es sino el ejército. Qué es sino un gobierno, una empresa.

Un representante que evolucionará, y nos invitará a evolucionar. No será fácil y, no obstante, Schrader encuentra de forma rápida la manera de conseguir que empaticemos con el reverendo en crisis: le hará escribir un diario. Un diario en el que volcará sus verdaderos pensamientos (reprimidos, tal y como le han enseñado desde pequeño, o en el ejército, o en la propia Iglesia) y consecuentes sentimientos, y que conoceremos gracias a la voz en off del que los recita.

Un diario, un experimento. Una vía de escape

A partir de aquí, el guionista y director nos baja a su particular infierno, compartiendo unas dudas que no son más que las grandes preguntas del ser humano, a través de la trama de la feligresa embarazada preocupada por la radicalización de su ecologista marido:

¿Cómo negar la profunda herida que la pérdida deja en nosotros? ¿Cómo seguir animando a otros a “reformarse”, a avanzar, cuando uno mismo se considera incapaz de hacerlo? ¿Cómo convencerse de que la vida en este mundo es un regalo? ¿Cómo obviar que estamos destrozando la Tierra, y el futuro de nuestros descendientes?

El pesimismo se apodera de la pantalla, sólo aumentando su colorido cuando aparece la joven e inocente futura madre… Pero el director no tiene la intención de dejarnos sólo con las preguntas. Es más, considera necesaria una respuesta positiva, una que nos cale, para llevarnos a la decisión más humana y realista posible (por muy desconcertante que se nos pueda antojar el cierre del film). Eso sí: previamente, es necesario confinarnos. Cegarnos. Manipularnos. Schrader… sabe obcecarnos desde el inicio.

¿Cómo lo consigue? Volvemos a la técnica, al encuadre escogido, tan sobrecogedor como acertado: el director fuerza una perspectiva que sin dejar de ser natural (plano medio frontal), se ofrece extraña por el ángulo de la cámara. Y es que desde que se nos permite entrar a la iglesia, se nos confina en espacios reducidos, se nos atrapa en el mundo de un sacerdote que debe contentar no únicamente a feligreses, sino también a instituciones que a su vez “deben” rendir pleitesía a políticos y empresarios, aunque sólo sea por mantener abiertas sus puertas, sus enseñanzas, a un público más interesado (y al menos eso) por comprarse una camiseta que por atender a la historia de una Iglesia que no nos representa desde hace años.

Resulta curioso que sin modificar el formato 4:3, acabemos acostumbrándonos rápidamente a ese encuadre. Igual que lo hemos hecho en nuestra vida: no preguntar, no rebelarse, se traduce aquí en una pérdida de la panorámica, de la profundidad de campo. Sin un atisbo de permitirnos ver más allá de las anchas espaldas de los personajes… Schrader también consigue que nos dé miedo imaginar el fuera de campo. Porque la historia es demasiado real, porque nos recuerda que no vemos más allá de las manipuladas noticias, de los discursos políticos o del dinero generado por las grandes multinacionales que consigue acallarnos. Y porque no queremos indagar en sus mentiras.

Pero Schrader nos obliga a hacerlo.

Para Toller el diario se convierte en confesión y redención, en expiación, fuerza y decisión. Aunque su escritura conlleve autodestrucción, física o metafórica. Por ejemplo, una de las grandes escenas del film es en la que el padre espeta un sentido “te odio” a la beata que reclama su atención, su amor. Tras toda la reflexión sobre el mundo y su deriva, sobre el hombre y su cobardía, encontrarse de cara con alguien que le recuerda que “no debe salirse del encuadre”, de lo que se espera de un “hombre reformado”, supera su paciencia. Y está listo para hacerse oír.

Ethan Hawke otorga inicialmente miradas, silencios, sutiles expresiones faciales que revelan lo que el padre piensa, lo que todos pensamos, pero no decimos abiertamente. Y al espectador le pilla desprevenido la evolución de su desesperación interior, desde la autoconcesión a profundizar en la evidencia científica que denuncia la destrucción del clima, y que al contrario que pueda parecer no es, ni mucho menos, la temática/denuncia principal que quiere poner de manifiesto Schrader (más bien lo es la necesidad de no conformarse con la información, de cualquier tipo, que nos llega), hasta su particular acción final, alcanzada al vivir en propias carnes el elegante desprecio de sus superiores cuando intenta poner encima de la mesa la destrucción que ellos mismos están apoyando. Schrader arremete contra la Iglesia y sus métodos, pero por encima de todo lo hace contra gobiernos, sus leyes y acuerdos (¿empresas que ayudan a redactar normativas que les benefician?). Gobiernos que crean opositores, activistas pacíficos… y terroristas. Suicidas. Por una buena causa.

Y aquí, de nuevo, el guionista/director demuestra su maestría: mezcla ideología religiosa con política y economía, pero es capaz de destilar su simbiosis, succionando de la trama la excusa religiosa para llevarla exclusivamente a los hábitos, a la superficial apariencia… demostrando que cualquiera puede verse abocado a la violencia.

Equiparar ecologistas con terroristas, sacerdotes con terroristas, empresarios con terroristas… ¿Es exagerado, producto de una mente hastiada de un día a día que se nos ha ido de las manos, o es uno de los mensajes morales más sutiles que podemos encontrar en films recientes?  Sinceramente, parece lo segundo.

El ser humano, terrorista para sí mismo. Terrorista para el Mundo. Terrorista para Dios.

Y claro, no es difícil plantearse la pregunta que propone repetidamente Schrader: ¿es que todo se reduce a… nos perdonará Dios?

¿O en verdad es él mismo el que ha decidido destruirnos?  Schrader tampoco se olvida de plantear la dicotómica reflexión: “Dios destruyó su creación durante cuarenta días y cuarenta noches”, le recuerda Jeffers, el responsable del movimiento religioso Vida Abundante en Nueva York, a Toller.

Vida Abundante. Ahora entramos. Segundo plano.

2. La imagen invertida de Abundant Life (Vida Abundante)

“El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.” (Juan 10:10)

Una vida mejor. Eso prometía Jesucristo, y eso promete la organización que se hace cargo de la iglesia del padre Toller.

A Toller le piden que sepa atraer ya no a más feligreses, sino a más turistas. Que ceda su tiempo en la iglesia para que puedan hablar empresarios y alcaldes. Que venda, y que se venda. Siempre siguiendo las instrucciones.

Schrader arremete contra la “industria” eclesiástica, mofándose de los objetivos de Abundant Life con este plano invertido: todo lo que vende es humo. Todo es negocio, o lavado de cerebro a jóvenes. Todo es mentira. La fe se encuentra en un segundo plano. Lo importante es vivir. Y vivir bien. Con dinero, y con el futuro resuelto.

Si fuese tan fácil….

Schrader nos lo mostrará de varias formas: haciendo que Toller se siente de forma humillante cuando va a visitar a Jeffers; mostrándonos una sesión de jóvenes hablando de su futuro, intentando que Toller haga una reflexión para animarles, y descubriéndonos  su frustración al no poder contestar de forma coherente; mostrándonos una conversación entre Toller, Jeffers y el directivo de una empresa energética, enfrentándose este último al reverendo por haber seguido la voluntad del ecologista fallecido y realizar la misa de defunción en un vertedero…

Los intereses de las instituciones nos han llevado al caos. Podemos rebelarnos (“Bueno, ¡alguien tiene que hacer algo!”, clama Toller en un momento de desesperación), podemos sufrir y mutilarnos, o mutilar a otros, a veces tan inocentes como nosotros mismos, por lo que consideremos es una causa legítima.

O podemos conectar con nosotros mismo, y los demás.

3. Dos cuerpos unidos

Empaticemos. Indaguemos. Y descubramos qué es lo que realmente nos mueve, lo que nos une a todos…

Conectemos con la Tierra. Con nuestros cuerpos. Abracémonos, sintamos lo que nos une, sin olvidar las injusticias que nos rodean. Desesperémonos juntos. Pero avancemos. Descubramos qué podemos hacer los unos por los otros. Y hagámoslo.

Que no nos dé miedo mostrarnos tal y como somos. Que no nos dé miedo compartir. Aunque sea con nosotros mismos, y con un diario.

Al final, ahora sí, todo se reduce a:

Historia. Tierra. Universo.

Enlace.

Una mirada cómplice. Un abrazo. Un beso apasionado.

Vida.