«Yo siempre he sido famosa, solo que vosotros aún no lo sabíais». Se lo dijo Lady Gaga al diario británico The Telegraph en 2010 tras petarlo en todas las discotecas con Just Dance (2008) y reafirmarse como diva de la extravagancia gracias a Poker Face (2008). La frase le viene al pego a alguien que se presentó al mundo con un trabajo discográfico llamado The Fame (2008), que contiene canciones enteras dedicadas a las ansias de emborracharse en un barco con licores caros. En este contexto y después de ver Ha nacido una estrella (A Star is Born, 2018) parece que su director, Bradley Cooper, no podía haber encontrado a nadie más adecuado para protagonizar esta historia de amor contra los focos. Y más teniendo en cuenta que la cantante dijo aquello no durante la promoción de su debut de 2008, sino a raíz de una ampliación llamada The Fame Monster (2009) que deconstruía aquella idealización inicial de ser una estrella y destilaba oscuridad, madurez y mucha, mucha mala leche.

Ha nacido una estrella podría llamarse perfectamente El monstruo de la fama. En la película, el icono del rock Jackson Maine irrumpe por accidente en un garito de drags, se queda prendado —artística y sexualmente— de la actuación de la artista amateur Ally y la invita a su mundo de música, dinero y masas enloquecidas. La experiencia les ofrecerá amor verdadero pero también mucho sufrimiento causado por las cínicas exigencias de la industria —en el caso de ella— y las devastadoras secuelas del consumo de drogas —en el caso de él—. La idea no es original, no solo porque se trata de un enésimo remake de un film de los años 30 con Janet Gaynor —reinterpretado por las divas Judy Garland en 1954 y Barbara Streisand en 1974—, sino también porque Hollywood se está autodiagnosticando constantemente: la tierna bipolaridad de Cantando bajo la lluvia (Singin’ in the Rain, Gene Kelly y Stanley Donen, 1952); la cruel esquizofrenia de Mulholland Drive (Mullholland Dr., David Lynch, 2001); la dulce depresión de La ciudad de las estrellas: La La Land (La La Land, Damien Chazelle, 2016). Tampoco sirve per se como continuación de esa disección del éxito que nos había brindado Gaga con sus primeros trabajos, pues el proyecto ya estaba encaminado cuando Bradley Cooper fichó a la cantante. Sin embargo, ella es lo más fascinante que tiene la película: una intérprete sincera que en su primera incursión en el mundo del cine se libera de todos sus excesos estilísticos; toda una revelación que, aunque llegó tarde al rol de Ally, parece haber nacido para él.

El ejemplo perfecto de todo lo que aporta Lady Gaga al film es cómo su prominente nariz es un elemento principal en la trama, alrededor del cual se construye un gag recurrente en el que Ally/Gaga —que a estas alturas ya son un mismo ente de difusas fronteras entre ficción y realidad— se repasa el perfil de la cara con el dedo, exprimiendo las inseguridades reales de la intérprete al servicio de la fantasía. En otro momento, un manager sugiere a Ally que si quiere triunfar tendrá que teñirse el pelo castaño. Estos detalles retrotraen a esa Gaga guerrera de 2010 que ligaba la fama a la propia existencia y que en una actuación (el especial para la HBO de la gira The Monster Ball Tour) improvisó una carta de admiración a su referente Liza Minnelli, presente entre el público: «En la escuela de arte los profesores me decían, bueno, tu voz es demasiado pop pero cuando cantas pop tu voz es demasiado teatral, y nunca vas a hacer de heroína y nunca vas a hacer de rubia o de ingenua. Nunca vas a tener el papel principal. Nunca vas a ser la estrella. Porque tienes pelo oscuro. Y eres demasiado étnica. Y yo solía decir, bueno, y qué me dices de Liza».

Lo cierto es que tanto en la realidad como en el film, la artista demasiado étnica no duda en camuflar su pelo —¿por el dinero, por la fama, por el arte?—. Hasta hoy. Y es que, discursos pasionales aparte, ni Lady Gaga en sus conciertos ni Ally en el universo de Cooper parecen tener pretensión alguna de retratar la verdad detrás del precio de la fama. «Cuando miro atrás en mi vida, no es que no quiera ver las cosas tal y como sucedieron, es solo que prefiero recordarlas de manera artística», afirmaba Gaga en un videoclip autorreferencial y pseudobiográfico que dirigió en 2011 para su single Marry The Night. «Y, sinceramente, la mentira es mucho más honesta porque yo la inventé», sentenciaba. Ha nacido una estrella es una mentira perfecta. Puede ser disfrutada por todos los públicos y funciona en todos los niveles, pues es una bellísima historia de amor. Amor eterno, sin concesiones. Y, a la vez, puede ser devorada como un reflejo sobrenatural de la vida de Lady Gaga, aunque en realidad no lo sea, o de todas las estrellas/víctimas del pop y, por qué no, también de todas las camareras de Nueva York o Los Ángeles o donde quiera que sea que sueñan con ser estrellas y jamás lo lograrán.

Esa es la magia del cine. Y de la cultura popular. Contar mentiras basándose en conflictos universales. Es una bonita coincidencia que I’ll never love again sea la canción con la que cierra el film (No quiero ofrecer mi corazón a otro extraño ni dejar que empiece otro día; no dejaré siquiera que entre la luz del sol, no, nunca volveré a amar) y también la letra del tema que Gaga interrumpió para reivindicar ante Liza Minnelli y otras decenas de miles de personas lo cuesta arriba que se le había hecho el camino a la fama (era la canción Speechless, que termina así: Nunca volveré a hablar, nunca volveré a amar, oh, chico, me has dejado sin palabras). Ambas son éxitos comerciales —al igual que Ha nacido una estrella y todas las Ha nacido una estrella que la preceden—, porque utilizan el arte de masas para hablar de algo mundano, auténtico. De lo jodido que es querer.