El voyeurismo como arte total

Salía de ver en Rotterdam una excelente copia de La ventana indiscreta (Rear Window; Alfred Hitchcock, 1954), esa biblia de neón del voyeurismo del cual se inocularon Antonioni, Chantal Akerman e tutti quianti, y pensaba que ese arte de observar con delectación y de ser observado, de espiar y de ser vigilado, es el leit-motiv interactivo central de la 48ª edición del festival de Rotterdam. Espion lève-toi, o sea, que dirían Yves Boisset y Michel Audiard, autores de aquella pieza maestra del cine del género de agentes secretos que interpretaban unos irrepetibles Lino Ventura, Michel Piccoli y Bruno Cremer. Y que muy bien podría (o debería haber estado presente en la sección del festival holandés The Spying Thing, que  recogió una estimulante elección de clásicos clásicos: el citado de Hitchcock, Los espías (Spione, 1928), de Fritz Lang, Fatalidad (Dishonored, 1931) de Josef Von Sternberg, El agente británico (British Agent, 1934) de Michael Curtiz, Uno, dos, tres (One, Two, Three, 1961), de Wilder, Ninotchka (1939) de Lubitsch, Mi hijo John (My Son John, 1952) de Leo McCarey o El hombre de Mackintosh (The MacKintosh Man, 1973), de John Huston, éste último en una feliz reivindicación por parte de Rotterdam de un filme que, revisado hoy, es cuasimagistral y en su momento sufrió baqueteado por la crítica como tantas grandes obras falsamente mercenarias de Huston.

Esa  profesión de fe del espía, celebrada en ese ciclo temático, se hizo porosa y fuimos viéndola extenderse por las mejores citas de este Rotterdam 2019 en una ósmosis que no sé si tenía algo que ver con el hecho de que La Flor —y, en concreto, su Parte II, esa formidable opera magna, enciclopedia del metaespionaje de Mariano Llinás— tuviese en este festival una nueva celebración como acontecimiento mayúsculo de la temporada cinéfila que nació hace casi un año en su puesta de largo en el bonaerense Bafici y que ha ido recorriendo triunfal el panorama de festivales internacionales más pacientes y sabios, dispuestos a hacer un espacio de catorce horas a este todos los cines, el cine de Llinás.

Rotterdam celebraba este año a los espías. Y tal vez por ello la película que rescató de la irrelevancia la que debería ser sección de mayor relieve del festival pero que sigue mostrando graves problemas para asumirlo —la competición oficial de los Tigers— es la china Present. Perfect. Su autora, Zhu Shengze ofrece una muy bien medida sesión de voyeurismo a modo de mosaico de una sociedad en la que conviven el papel de gran censor del estado autoritario con una población que es la que con mayor voracidad del mundo consume la producción exhibicionista y pedigüeña de youtubers de la más diversa naturaleza ,pero allí con una querencia más inclinada hacia lo bizarro que la ya de por si bastante insana producción internacional de yoismos en la red.

Present. Perfect (Zhu Shengze)

Present. Perfect, que ganó con absoluto merecimiento el —teóricamente— premio principal de Rotterdam, el Tigers Award, está conformado por Zhu Shengze —documentalista que ya había  dejado asomar su talento hace tres años por Nyon-Visions du Réel con Another Year— a partir de más de ochocientas horas de found footage de esa feria de las vanidades o de los desesperos que es el streaming youtuber de una China que se devora a sí misma. De todo ese volumen de miserias fieramente humana, Zhu Shengze selecciona a sus doce del patíbulo: un hombre danzante a lo Village People de inaudita descoordinación rítmica, un travesti de mediana edad, un tipo con el rostro llagado a lo Vincent Price en Los crímenes del museo de cera… Lo que Shengze nos ofrece, con pulso y acerado aciero en la selección de freaks y en el montaje de las secuencias, es una corte de los milagros on-line. Un espejo cóncavo de una generación que ha nacido después de Tiananmen y que considera —un poco como aquella plaga de langosta del Hollywood de la Gran Depresión de Nathaniel West y de John Schlesinger— que su desesperada oportunidad en la vida puede estar en una de esas performances impúdicas, una audición con público contado por millones en el canal de las almas perdidas.

Si les comentaba que Present. Perfect es la joya de la corona que salva la cara a la Tigers Competition es porque en las restantes siete películas del ya de por sí bien aligerado concurso oficial están muy por debajo del film chino. Y en algunos casos no son sino pura ganga. Posee cierto interés Take Me Somewhere Nice, en la que la bosnia Ena Sendijarevic desarrolla dos elementos ya presentes en uno de sus cortos vistos en la Quincena de la Crítica de Cannes: el extrañamiento de la población bosnia posterior a la guerra de los Balcanes y una devoción mostrada bien a las claras por el Jarmusch de la primera etapa, en este film de modo muy obvio por Strangers than Paradise, con ese personaje de la adolescente disruptiva que aterriza en un mundo ajeno, en viaje desde Holanda a la Bosnia de sus raíces, para conocer a su padre enfermo. Hay en Sendijarevic apuntes de brío más visual que narrativo, de una facilidad para construir seres a la fuga de la ortodoxia. Pero también se resiente Take Me Somewhere Nice de un excesivo mimetismo del sello Jarmusch, un tono reverencial que —por momentos— te expulsa de su film por inauténtico. De cualquier forma, el reconocimiento del film de Sendijarevic como la otra obra con elementos estimables del fondo de armario de los Tigers, en forma de Premio Especial del Jurado, se ve razonable a tenor del resto de filmes postulados.

La endeblez de las otras seis películas propuestas en la Competición Oficial  de premieres mundiales de cineastas emergentes nos devuelven a un problema que viene de lejos, de una etapa anterior ya a la de actual director del certamen: es la sensación heredada, pero que parece perpetuarse, de que esta sección vive en la devaluación permanente. Y en una indefinición programática muy ostensible. No entiendo qué contextos pueden hacer aliñables los otros seis films  en el concurso, de Brasil, España, Chile, Suecia, España y Dinamarca.

No coraçao do mundo, de Gabriel y Maurílio Martins se pretende un fresco de un grupo de personajes de la working class de Contagem, población en el entorno de Belo Horizonte, y su convivencia liminar con otros que habitan la marginalidad: la combinación del drama social con el cine explicativo de la criminalidad y una historieta de romance feble nunca logra cohesionarse.  Es artificiosa, enfática y pagada de sí misma, tanto como esa banda sonora de rap impostado, inarmónico. Y te irrita que, mientras Brasil cruje, de ahí nos llegue una obra tan inane y alejada de la realidad..

La catalana Els dies que vindran certifica una cierta deriva de su director Carlos Marqués-Marcet, en 2014 devenido director revelación con la sobrevalorada 10.000 km., que le supuso un Goya y un triunfo absoluto en el Festival de Málaga. Y si Anchor and Hope era ya proyecto errático y algo caprichoso, por mucho que intento nunca termino de conectar con lo que supongo que debe ser una montaña rusa de emociones hormonales que propone Els dies que vindran. El sube y baja de una pareja con embarazo no buscado —la situación real de los actores María Rodríguez y David Verdaguer— no funciona como retrato verité de los dientes de sierra de una relación ni como inmersión en la fuente de la vida como pulsión incontrolable. Su crónica de nueve meses asociada a la pasión y el (des)equilibrio me hace añorar la tan poderosa La jungla interior y, de paso, me invita al deseo de volver a tener noticias de su director, Juan Barrero.

Els dies que vindran (Carlos Marqués-Marcet)

La rusa Sheena 667, de Grigory Dobrigin, tiene en común con la triunfadora Present. Perfect el ubicarse en el territorio de las comunicaciones personales a través de la red. Pero si el film chino era una radiografía lúcida y cruel de la exhibición de seres muy reales, Sheena 667 ofrece la bien delirante trama de enamoramiento virtual de un hombre ruso que habita una tierra en la Rusia profunda con una profesional de la webcam que emite desde Georgia. Todo lo que Grigory Dobrigin quiere simbolizar sobre la deshumanización de las relaciones, el miedo a la globalización y toda una serie de graves elucubraciones a partir de una pasión onanista se vuelve masturbación mental del propio director en una serie de catastróficas decisiones narrativas y de estilo que quieren ser surrealistas y sarcásticas pero abocan a Sheena 667 a la necedad.

Tampoco se apea de la febril y desmotivada irrealidad la chilena Nona: Si me mojan yo los quemo. No me cabe duda de que la directora Camila José Donoso filma con fascinación devota a lo que se supone que es personalidad carismática y saturnal de su abuela en la vida real, Josefina Ramirez. Pero ese trazo de nona literalmente incendiaria te hace sufrir mucho por la radical falta de empatía que rodea al personaje. Y las tomas de decisión “autorales” de alteraciones de formato, de home videos o imágenes digitales hacen todavía más indigesto este cóctel  pseudo experimental de revenge con abuela matona y elitista.

Tambien termina siendo un revenge en pura regla Sons of Danmark, de Ulaa Salim. Arranca con un ataque de terrorismo islámico en Copenhague. Y de ahí da el salto al thriller político ante la nada distópica situación de un triunfo electoral de la más violenta extrema derecha. Lo doloso de Sons of Danmark es que aborde esa situación aterradora trufada con la relativa frivolidad de una trama de suspense con infiltrados de brocha gorda. Que carezca de la menor sutileza narrativa y explicite cada paso infantilizando la historia. Y —lo dicho— que concluya al más puro estilo setentero bronsoniano, con un brazo ejecutor como inmoral recurso ético para devolver el ojo por ojo al demonio ultra.

No vale la pena hablar mucho de la sueca Koko-di Koko-da,de Johannes Nyholm. Es un dislate criminógeno en el que una pareja en crisis acampada en lo más profundo de un bosque recibe el ataque de un circo de freaks y gnomos en una secuencia que se repite una y otra vez, con Nyholm atrapándonos en el tiempo sin Bill Murray ni Sonny and Cher, sin una sola idea cabal de guion. Es una creación más creible como procedente de una  sobredosis de peyote que considerada como propuesta fílmica seria.

Gran narcisismo impúdico: Directoras delante y tras de la cámara

De vuelta a la idea inicial del voyeurismo como denominador común de buena parte del cine más sugestivo visto en Rotterdam,  dos premieres mundiales dirigidas por mujeres alumbran títulos sobre los que seguramente habrá que volver porque tendrán recorrido.

La francesa Marina de Van es una autora tan desigual como digna de atención. Su debut en el largo, Dans ma peau, me sobrecogió en su estreno el el festival de San Sebastián en 2002. Trataba de la patológica personalidad de una mujer —encarnada por la propia Marina de Van— que pasaba de la dermatofagia a un empeño gore en ir carcomiendo ya no la piel de sus dedos sino su propia carne. Esta película extrema denotaba una personalidad seguramente perturbadora de su firmante pero también un talento innato para indagar en el narcisismo más literalmente autodestructivo. Tras dos films de terror fallidos —uno de ellos, Ne te retourne pas, con Sophie Marceau y Monica Bellucci— Marina de Van retorna en Rotterdam en Ma nudité ne sert à rien a ese territorio de la impudicia y el exhibicionismo que podrían resultar ombliguistas de no ser por el magnetismo y la inquietante lucidez que intuyes detrás de una obra del Yo tan radical: la cámara la filma en el solipsismo de su apartamento, totalmente desnuda, encerrada con su gato como penúltimo juguete. Y con sus reflexiones sobre la belleza, sobre el deterioro de su propio cuerpo, de sus senos y su piel. De su búsqueda de relaciones con hombres a través de aplicaciones de la red. No teman, no hay grasa egotista en esta propuesta. O solo hay la justa, la que conviene para que podamos apreciar este desnudo integral que es mucho más que físico, esta exploración serena de la edad como lento proceso de demolición.

Ma nudité ne sert à rien (Marina de Van)

La sueca Anna Odell propone en X & Y un complejo ejercicio de metaficción en la línea del film que la prestigió en 2013, The Reunion. Lo que ahora desarrolla es un encuentro de la propia directora con un actor sueco de muy marcado rol sexual. No hay guion sino improvisaciones puras en un duelo que se amplia y deviene círculo con otros actores y actrices que confrontan, discuten, van generando fricciones. Y una tensión que se respira como genuina batalla donde no crees que se pueda parar el choque de trenes porque no hay claqueta a la vista sino química de las pasiones y los géneros, en una obra exigente que te deja exhausto como una experiencia VR pero sin trampantojo.

Y otra profunda obra de introspección, nuevamente femenina, es De nuevo otra vez, en la cual la actriz Romina Paula debuta como directora para, en una encrucijada de realidad y ficción, mostrarse a si misma en el presente, tras una crisis de pareja y un posible divorcio, con su hijo reciente y su madre.

El cine español: La Salomé de Luis Miñarro

La presencia española en Rotterdam, además de la citada Els dies que vindran, se ciñó a dos nombres ya habituales de este festival: Luis Miñarro y Andrés Duque.

Miñarro ha frecuentado el Doelen como productor con algunas de las obras que lo configuraron como nombre esencial del cine español de las vanguardias desde el 2000. Y como cineasta presentó aquí su segundo largo en 2014, Stella Cadente, aquel musical regio con un Amadeo de Saboya bailando muy en republicano. Miñarro trajo ahora Love Me Not, que es su libérrima adaptación del mito bíblico y literario de Salomé, escrito junto a Sergi Belbel. En un festival con un programa tan previsible y carente de corrientazos, una obra como Love Me Not se respira como cine felizmente desenbridado. Una relectura de la Salomé de Wilde —encarnada por Ingrid García-Jonsson—, con Oliver Laxe como un Juan Evangelista reconvertido en reo con estética de Guanatánamo, y Lola Dueñas en una Herodías descontrolada. En este filme de Miñarro que es Wilde pero también Pasolini, que se abre a un discurso de emergencia de las diversidades idiomáticas o de sexo, una Babel locoide e indomeñable donde un militarote habla catalán de payés, hay un climax memorable: una coda pansexual, transgenérica y con una genial boutade de guiño kitsch a Eurovisión con la cual Miñarro parece dar corte de mangas a ese cine español acartonado y pretencioso, que va —sin serlo— de cine político o liberador cuando en realidad es celuloide cobardón y amancebado. Político, ácrata, como fuera de este tiempo feo y preautoritario, es este excurso delicioso e iconoclasta llamado Love Me Not.

Love Me Not (Luis Miñarro)

Andrés Duque, tras más de tres años de silencio después de Oleg y las raras artes, reapareció en este festival con la premiere de su nueva obra documental, la muy notable Carelia: Internacional con monumento, que es un complejo excurso por la zona fronteriza entre Rusia y Finlandia. Por los bosques donde un padre juega con sus hijos en una atmosfera respirablemente malickiana. Por la zona de penumbra de un territorio sembrado de matanzas: de Ivan el Terrible en el siglo XVI a Stalin en las purgas de los años 30 del pasado siglo. Un bosque de luto para el recuerdo de aquello que la sombra alargada de Putin quiere silenciar con un latigazo de veterano cazador de brujas.

 Querencia por el cine de terror

En los últimos años va mostrando este festival una interesante querencia por el terror: cine de genero en un sentido muy amplio que si en ediciones anteriores apostaba por la procedencia asiática, en esta 48ª edición se orientó hacia el cine brasileño y el norteamericano ajeno a los grandes estudios.

De Brasil procede Morto nao fala, de Denisson Ramalho, una variante del subgénero de morgues con cadáveres habladores con algunos hallazgos no desdeñables. Y también A noite amárela, de Ramón Porto Mota, un decepcionante pseudo-slasher adolescente al que le sobra carga metafórica.

Muy bizarra es la argentina danza distópica de zombis Soy tóxico, de Daniel de la Vega y Pablo Parés. Como un proteico a la par que dulcemente chapucero remix de La matanza de Texas y de los últimos filmes de George A. Romero, con un guiño en clave de muertos vivientes a los cuerpos arrojados al mar por la dictadura militar argentina de los 70.

El focus Edgar Pêra

Infalible en la programación de este festival es el rigor, el acierto y el sentido del riesgo a la hora de componer su anual foco retrospectivo centrado en un autor como acto de sabia reivindicación. Descubrir la obra de Edgar Pêra —algunos de cuyos trabajos se han podido ver en Locarno con cierta asiduidad— es acercarse a la obra de un cineasta portugués que ha desarrollado su mirada alternativa, seguramente cegada internacionalmente por esta edad de oro del cine del país lusitano presidida por Pedro Costa, Miguel Gomes, Joao Canijo y el último Manoel de Oliveira. La obra de Pêra no admite encasillamientos, más allá de sus querencias por autores como Pessoa, Lovecraft o Branquinho da Fonseca. Una adaptación de éste último, la reversión del mito del vampiro contenida en The Baron (2011),  es película de un sentido visual fastuoso y de una ideación tan libre que urge su rescate como clásico mayor del cine fantastique de lo que va de siglo.

Los innecesarios grandes éxitos

No es Rotterdam —ni de lejos— el único festival internacional que cae en la pleitesía al público local de programar una extensa lista de grandes éxitos procedentes de otros festivales. Si esto es —por ejemplo— el sustento de la Seminci se ve razonable porque hablamos de un festival localista, de corto alcance, destinado al consumo “de provincias”. Resulta poco justificable cuando un certamen concita prensa e industria procedente del exterior poner en el haz de luz filmes descubiertos en Venecia, San Sebastian, Locarno y hasta en Cannes.

Así, ver en el cartel de Rotterdam filmes como Lazzaro Felice, que tuvo su premier en mayo del pasado año, es anacrónico y muy contraproducente. Porque, de forma inevitable, el público  local va a convertir esos hits del pasado año en foco de atención primordial, en demérito de lo que Rotterdam presenta en primicia, y que debería de ser su materia esencial. Es doloroso que un film abominable como Cafarnaúm, desvergonzada pornografía emocional, reciba aquí, nueve meses después del bochorno de su paso por Cannes, un nuevo espaldarazo de popularidad. El Premio del Público para la película de la éticamente deshonesta Nadine Labaki hace daño a este festival y al cine en conjunto.

Cafarnaúm (Nadine Labaki)

Y así, esta lista interminable de títulos que han viajado ya por el mundo más que los baúles de la Piquer por aquí pasaron los films de Alice Rohrwacher, Bi Gan, Dominga Sotomayor, Radu Jude, Federico Veiroj, Isaki Lacuesta, Yann González, Rick Alverson, Roberto Minervini, Jia Zhangke, Julian Schnabel, Gaspar Noe, Sergei Loznitsa, Olivier Assayas, Ciro Guerra, Kirill Serebrennikov, Brady Corbet, Jean-Luc Godard, Albertina Carri, Carlos Reygadas o Tsai Ming-liang.

¿Y qué tal si con todo este cine valioso pero con fecha de caducidad como material de festival ya tan sobrepasada montan un ciclo municipal y espeso durante los fines de semana del resto del año? Es solo una idea.