El regreso de Tim Burton… o su adiós definitivo

Que vivimos en la era de los remakes de clásicos de animación Disney es un hecho. Desde la versión de acción real de Alicia en el país de las maravillas en 2010, el desfile de producciones ha sido una constante en esa línea: Maléfica (Maleficient, Robert Stromberg, 2014), Cenicienta (Cinderella, Kenneth Branagh, 2015), El libro de la selva (The Jungle Book, Jon Favreau, 2016), La Bella y la Bestia (Beauty and the Beast, Bill Condon, 2017)… Ahora, Dumbo llega a nuestras pantallas mientras esperamos títulos como El Rey León, Aladdin o Mulán que, por lo pronto, llevan meses generando expectación. Tim Burton, quien dio el pistoletazo de salida a la fiebre por revisar la colección de clásicos tras la historia de Lewis Carroll vuelve a la actualidad cinematográfica dirigiendo lo que, más que un remake, podría ser una secuela sobre el cuento del elefante más famoso de la historia del cine. La versión de Disney estrenada en 1941 termina justo cuando Dumbo muestra ante el atónito público del circo Casey Jr. que es capaz de volar con sus desproporcionadas orejas. Burton, en su versión actualizada, desvela la asombrosa capacidad del pequeño paquidermo al inicio del filme, edificando toda una historia que va más allá del “The End” que propone la versión animada.

Disney ha sabido cómo jugar sus cartas en su apuesta por estos  remakes y ha solido contar siempre con alguna figura que captase la atención del público y lo guiase hacia las salas: tras el adictivo misterio que siempre ha suscitado Burton, se sumaron a las siguientes propuestas actrices tan potentes —sobretodo mediáticamente hablando— como Angelina Jolie o Emma Watson y ahora, de nuevo, la masa de seguidores del que fue uno de los grandes directores de culto de los noventa se suma a la marabunta de espectadores esperanzados por ver si el universo burtoniano tiene, por fin, algo burtoniano que ofrecer.

Hace ya unos cuantos años que las películas del director han visto difuminado su tenebroso sello, y son muchos los seguidores ansiosos por encontrar en las propuestas más recientes del de Burbank (California) ese elemento que remita al espíritu transgresor que impregnó trabajos tan emblemáticos como Bitelchús (Beetlejuice, 1988), Eduardo Manostijeras (Edward Scissorhands, 1990), Ed Wood (íd., 1994), Big Fish (2003) o La novia cadáver (Corpse Bride, 2005). A priori, Dumbo comparte características clave con algunas de las películas más aclamadas del director: el protagonista es nuevamente un personaje marginal, distinto a lo que el resto del mundo espera de él — como es, cada vez más, el propio Burton—; la historia contiene los ingredientes más comunes en las obras del director: melancolía, tristeza, pérdida y abandono, pero también singularidad, rareza y un talento prodigioso, y sucede en un ambiente especialmente apto para extravagancias formales como lo es un circo del siglo pasado.

Ocurre que, quizás, el factor Disney no sea el terreno más fértil para un director como Tim Burton si lo que se pretende es que se dé rienda suelta a la mirada que lo caracteriza, pues una producción Disney no deja de ser, al final, un cuento para niños. Cabe recordar, sin embargo, escenas presentes en el metraje de la película de 1941 que posiblemente hoy serían censuradas, precisamente, por dirigirse a un público infantil, como la secuencia en la que Dumbo y su mejor amigo, el pequeño ratón Timothy, se emborrachan por error y alucinan con una coreografía surrealista y más bien espeluznante de elefantes rosas —escena más que dulcificada en la versión de Burton aunque, sin duda, una de las mejores de esta última versión—; el maltrato que sufren los animales del circo en la película de hace ya 78 años  tampoco tiene lugar de forma demasiado explícita en el remake de acción real.

En relación a la dicotomía Disney versus autoría creativa es interesante recordar que fue precisamente Burton quien, cuando apenas estaba iniciando su carrera como animador en la compañía, se refirió a ella como un lugar que buscaba, además de artistas, obreros de fábrica, “zombies sin personalidad”: este fue uno de los motivos por los que decidió seguir trabajando en su estrambótico cine por cuenta propia. Ahora, tras su reincorporación en el universo Disney hace ya 9 años adaptando el cuento de Alicia y su país maravilloso por partida doble, el director ha decidido seguir apostando por aquello que un día le trajo de cabeza y mermó su creatividad.

Burton dirige en esta ocasión un reparto repleto de rostros familiares tanto para quien nunca haya visto antes una película bajo su batuta como para los seguidores más acérrimos del director: aunque el mítico Johnny Depp no se encuentre esta vez entre los excéntricos personajes sí hay otros que repiten con Burton, como Eva Green, a quien pudimos ver desplegando su magia —literal y metafóricamente— en El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares (Miss Peregrine’s Home for Peculiar Children, 2011) y en Sombras Tenebrosas (Dark Shadows, 2012) o Danny DeVito, que firma ya su cuarta colaboración con el director tras Batman vuelve (Batman Returns, 1992), Mars Attacks! (1996) y Big Fish (íd., 2003), película en la que, igual que ocurre en Dumbo, interpretaba el papel de dueño y señor del circo. Caras nuevas se suman al elenco, como las de los pequeños amigos del elefante, esta vez de carne y hueso, interpretados por Finley Hobbins y Nico Parker, siendo ésta última, junto a DeVito y al déspota interpretado por Michael Keaton, quien eleva un nivel interpretativo, en líneas generales, bastante descafeinado — especialmente teniendo en cuenta el prescindible papel de Collin Farrell como padre de los pequeños, justificado únicamente para dotar de mayor envergadura el espíritu familiar del filme—.

Tras visionar esta última adaptación, uno puede salir del cine con sentimientos encontrados: si se esperaba el retorno de Burton a sus más oscuros orígenes —al menos, en parte— la decepción acompañará al espectador durante el trayecto de vuelta a casa mientras escucha una voz, susurrándole desde la conciencia, que “se veía venir”; si quien abandona la butaca tras los títulos de crédito es un niño o un adulto nostálgico que creció con las historias de Disney, el resultado diferirá: tras haberse secado alguna lagrimilla, volverá a su hogar tal vez más pleno de lo que salió gracias a una historia dulce, formalmente bella y con un ritmo narrativo que sabe jugar con las más de dos horas de metraje.

Burton apuesta por una historia renovada y adaptada a nuestra era llevando el feminismo y el animalismo por bandera, así como lanzando lo que podría considerarse un dardo envenenado a la compañía que le ha financiado la película, mediante una crítica feroz al capitalismo que devora en masa todo aquello que se hace de forma pequeñita y desde el corazón. Estamos, quizá, ante el nuevo despertar de Tim Burton o, definitivamente, habremos de recordar tiempos pasados estrictamente como lo que son: algo que jamás volverá a suceder de nuevo.