Resumen 2020. Reflexiones personales

Algunos de nuestros colaboradores han querido dejar un comentario libre sobre el año cinematográfico. Listas alternativas, denuncias del estado de las cosas y en definitiva, lo que les ha salido del… alma.

Luis Fernández (Miradas de Cine)

Decir a estas alturas que el 2020 ha sido un año extraño suena a fatigoso, redundante y hasta ofensivo, y sin embargo no se me ocurre mejor adjetivo para calificar la doble circunstancia de haber visto más cine que nunca y de haberlo echado tanto de menos. Las películas han sido un valioso refugio y paliativo ante las medidas de confinamiento y distanciamiento social, esas mismas medidas que han limitado el acceso a salas y la celebración de festivales de cine en formato presencial, dejándonos casi huérfanos de liturgias ancestrales y muy queridas.
 
Por eso, mientras anhelo que la crisis de la exhibición cinematográfica sea una cuestión coyuntural y no existencial, quizás resulte apropiado compartir lo que más he disfrutado de entre lo visto en el santuario hogareño durante este año:
 
01. The Horse that Cried (Mark Donskoy, 1957)
02. Die Artisten in der Zirkuskuppel: Ratlos (Alexander Kluge, 1968)
03. Asya’s Happiness (Andrey Konchalovskiy, 1966)
04. La red (Emilio Fernández, 1953)
05. Popioły (Andrzej Wajda, 1965)
06. Le Révélateur (Philippe Garrel, 1968)
07. Three Poplars at Plyuschikha Street (Tatyana Lioznova, 1968)
08. Spring Night, Summer Night (Joseph L. Anderson, 1967)
09. El romance del Aniceto y la Francisca (Leonardo Favio, 1967)
10. As a Wife, As a Woman (Mikio Naruse, 1961)

Marla Jacarilla (Culturaca, Contrapicado)

No descubro nada si digo que ha sido un año raro, tirando a nihilista, apesadumbrado y con pocas perspectivas de futuro. Con los cines cerrados durante meses y las plataformas VOD como única tabla de salvación (nuestra y de la mayoría de festivales), al menos hemos tenido la suerte de ver algunas pequeñas joyas. Destaco estas cinco (vistas en festivales varios) y cruzo los dedos para que tengan un futuro estreno en un mundo libre de pandemias:

1.Dwelling in the Fuchun Mountains (Gu Xiaogang, China)
2.The Halt (Lav Díaz, Filipinas)
3.Last Words (Jonathan Nossiter, Italia)
4.Possessor (Brandon Cronenberg, Canada)
5.Honey Boy (Alma Har’el, EEUU)

Toni Junyent (Contrapicado, Culturaca)

No dispongo de certezas, ni en lo personal ni en lo tocante a lo que está ocurriendo estos días con el cine. Al menos, no tengo nada que decir que contradiga o enriquezca sensiblemente las cosas que unas y otros han dicho. Se espera de quienes escribimos sobre películas que seamos capaces de hacer diagnósticos y de delimitar en palabras (y vacíos) lo que vemos; yo, sin embargo, no dejo de toparme con lo inasible de la experiencia cinematográfica. Hay películas que te cambian y otras que no. Las hay que incluso pueden hacerte feliz. Sobre algunas escribes, dejando un vestigio del cruce, y sobre otras no. Rechazo, porque no me sirven de mucho, las letanías que anuncian la pobreza insoslayable e irremediable del actual panorama cinematográfico. Se me antoja una posición perezosa; la historia del cine todavía está por escribir y hay infinidad de lugares donde no estamos acostumbrados a mirar. Además, no se puede decir que este año tan extraño no se hayan estrenado unas cuantas buenas películas. En fin. Pasé la mayor parte del primer confinamiento, el que empezó en marzo del año pasado, en un piso del barrio barcelonés de la Sagrera junto a mi amigo Genís. Casi todas las noches veíamos una película al término del día, antes de irnos a la cama. Solía proponerlas yo y él rara vez tumbaba mi candidata, lo cual llegó a volverse aburrido por momentos. Muchas las vimos en plataformas de VOD; otras procedían del ingente y generoso caudal de material audiovisual que muchas instituciones liberaron gratuitamente durante los meses de encierro; un par o tres las tuvimos que descargar. Se me ha ocurrido que en vez de destacar los descubrimientos hechos en festivales (total, mis pesquisas no le importan a nadie) podría dejar aquí un top 10+4 de las películas vistas en el salón de la Sagrera, a veces acompañadas por suculentos manjares; sin orden de preferencia y no necesariamente las mejores en términos estrictamente cinematográficos sino aquellas de las que, por las razones que sean, guardo recuerdos más gratos.

All that jazz (Bob Fosse, 1979)
MobyDick (David Fernández y Jordi Vera, 2002)
El infierno del whisky (The moonshine war, Richard Quine, 1970)
+Un extraño en mi vida (Strangers when we meet, Richard Quine, 1960)
¿Y si nos comemos a Raúl? (Eating Raoul, Paul Bartel, 1982)
Trenes rigurosamente vigilados (Ostre sledované vlaky, Jiri Menzel, 1966)
La estación de la bruja (Season of the witch, George A. Romero, 1972)
Carretera asfaltada en dos direcciones (Two-lane blacktop, Monte Hellman, 1971)
+Punto límite: cero (Vanishing point, Richard C. Sarafian, 1971)
Faster, pussycat! Kill! Kill! (Russ Meyer, 1965)
+Spider Baby (Jack Hill, 1968)
Un dessert pour Constance (Sarah Maldoror, 1980)
El invisible Harvey (Harvey, Henry Koster, 1950)

José Luis Losa (La Voz de Galicia, Cineuropa)

EL CINE EN FESTIVALES:

1) DAU, de Ilya Khrzhanovskyi. Y aquí hablo no solo de DAU: Natasha y de DAU: Degeneratsia, vistas en la Berlinale. Sino de la totalidad del proyecto, o de las otras siete películas a las que se ha tenido acceso en 2020: DAU: Newman; DAU: Nikita Tanya; DAU: Brave People, DAU: Katya Tanya, DAU: Three Days; DAU: Nora MOther; DAU: String Theory. A falta de ver aun cinco obras mas de este alucinado y colosal mosaico de Ilya Khrzhanovskyi, ya se puede hablar de que estamos ante una filmografía de autor mayúsculo. Porque, por separado, cada una de las 9 peliculas ya vistas, sería digna de selección en Cannes o Venecia. Y el cojunto se perfila como una inabarcable galaxia fílmica en torno al totalitarismo. al miedo pánico que éste produce. Que Khrzhanovskyi haya sido capaz de crear este corpus en solo 3 años da una idea de sus dimensiones: solo estas 9 peliculas -a la espera de las otras seis tambien finalizadas- situan al ruso entre los cineurgos poseedores de una de las cosmogonías más poderosas de este siglo o aún más atrás. Y cabe pensar que Khrzhnovskyi y su opera magna es el gran damnificado cinematográfico de la pandemia. No me cabe duda de que, en un año normal. sus películas habrían poblado -y  se harían apoderado- del mapa de los grandes festivales.

La gran incógnita es qué cauce de distribución conocerá DAU a partir de ahora. En 2020 en nuestro país solo se pudo ver DAU: Natasha en los festivales de Sevilla y Cineuropa (salvo que se me escape alguna otra exhibición). Y surge la inquietud de cómo podrá ver la la luz, en esta situación de excepcionalidad y ausencia de salas este caleidoscopico proyecto que atrapa en 14 películas la atmósfera del miedo que produce el poder absoluto y cuya grandeza transita por los territorios reconocibles de Bergman, Fassbinder, Von Trier o Resnais para erigirse como la obra de más personal e insólita capacidad creativa no ya de este año ni de lo que va de siglo.

2) NOMADLAND. Alberto Barbera lo ha vuelto a hacer. Después de asociar en los últimos años a la Mostra de Venecia como plataforma del gran cine americano artístico y mainstream ( The Master,Gravity, Birdman, Spotlight, La La Land, The Sisters Brothers, Joker…) el pasado año se sacó de la manga el último día de la competición en Venecia la que debería ser la gran película del Hollywood más noble. La película de Chloe Zhao es -mucho más allá del buenismo de cierto cine social- una obra de lucidez política abrumadora. Su poética, que es también puro músculo, da una vuelta de tuerca a la white trash -supuestamente trumpista- para elevar la lucha de los irredentos sin tierra, en una enmienda áurea que subvierte la lógica fundacional de su pais, la epopeya de la colonizacion, para encarrilar su lucha en lo opuesto: la huida de la tierra que se tuvo, la negacion a poseer o colonizar. La trashumancia como elegía de la resistencia.

3) BEGINNING. Inundó el festival de San Sebastián como un premio gordo  cuyo destino natural habría sido apabullar a la Croisette. Y su irrupción natural e imparable se llevó por delante  el populismo rancio y autoritario del Donald Trump de la critica española.

4)SIBERIA. Abel Ferrara en su más puro estado de ferocidad indomeñable.

5)ONE OF THESE DAYS. O cómo Bastian Günther reinventa Danzad, danzad, malditos pasando de la coreografía del movimiento perpetuo al agonismo de la inmovilidad.

6. NEVER RARELY SOMETINES ALWAYS, de Eliza Hitman. Más allá de la sororidad, de la violencia de género como vía crucis, un film lacerante, que se te queda grabado a fuego. Y una actriz debutante tardía, Sidney Flanigan, miracular.

6. PIECES OF A WOMAN. La otra gran película de la Mostra de Venecia. En general, detesto el cine del húngaro Kornel Mundruczó. Por eso me pilló con el pie cambiado esta película de insólito coraje, una kermesse del mal rollo que destila azufre. no en vano Ellen Burstyn estalla aquí en una secuencia que remite a El exorcista. Y Vanessa Kirby, perturbadora conductora de esta escuela del dolor. Una lástima que se la engullese una plataforma y de ella no se hablase más.

7.HOPPER/WELLES. Como un Sálvame Tomate pero con Orson Welles sacudiendo dialécticamente a  Dennis Hopper, que venía de dirigir Easy Rider y se pretendía nuevo enfant terrible. Memorable como una misa pagana uncut.

8. NARCISO EM FERIAS. Caetano Veloso habla. Y solo con su palabra construye una memoria del confinamiento, un drama carcelario con sensibilidades palpitantes cincuenta años después. Y Caetano se derrumba. Y se recompone para dejar en su lugar -sin citarlo nunca, con elegancia infinita- al prefascismo que quiere blanquear la dictadura militar brasileña.

9: 16 PRINTEMPS. Cómo no caer fascinado ante Suzanne Lindon. Interpreta a una nínfula, la dirige, compone ella misma las coreografías de esta su educacion sentimental que hizo volar alto la seccion Nuevos Realizadores de Donostia.

10. MES CHERS SPIONS. Vladimir León reconstruye la memoria familiar a través de unos abuelos que fueron espías comunistas expulsados de Francia a la Unión Soviética. La veo en el maarco virtualdel Festival de Mar del Plata. Solo un par de días antes de que desaparezca John Le Carré.

LA ASIGNATURA PENDIENTE: También casual. En el largo (o no tanto) tiempo del confinamiento recuperé una de las series de televisión que es parte de la clave de bóveda de la golden age de la ficción televisiva: la formidable The Americans. Y no solo se fue Le Carré. Una semana después desaparecía George Blake, el topo que fue capaz de protagonizar una fuga de las cárceles británicas que deja escuálido al Chapo Guzman. Lo honraron en un Moscú que ya no tiene nada que ver con aquel por el cual se fajaron Blake, los Cinco de Cambridge, Keri Russell y Matthew Rhys.

Enrique Pérez (Miradas de Cine)

El año de inicio de la pandemia ha obligado a hacer virtud de la necesidad. Más tiempo en casa y menos cine de estreno ha ayudado a pensar en el buen cine que dejamos pasar y en el imprescindible que todavía no habíamos visto. Comparto con los lectores lo mejor de mi experiencia, que sin duda ha sido también de lo mejor de 2020. Lo divido en varias categorías en función del tipo de película/serie, y elijo el mejor visionado en cada una de ellas.

 

* Mejor clásico mudo visto por primera vez: «El hombre de la cámara».

 

Dejada a un lado porque me obligaban a verla en la carrera, es una de las delicias con las que más he disfrutado este año. Impresionante el dominio del montaje, la brillantez en la composición de las imágenes y, sobre todo, la capacidad profética en torno al dominio de la cultura de masas. Véase en versión restaurada y con la música de la Alloy Orchestra.

* Mejor clásico visto por primera vez en una nueva versión: «Metrópolis».

Aún no había visto el metraje «completo» de la copia hallada en Buenos Aires en 2008, que sin duda es deslumbrante. Más allá de recuperar todo su esplendor visual y musical, el filme adquiere nuevos significados para comprender el periodo previo al ascenso del nazismo en Alemania.

* Mejor clásico visto por segunda vez: «Un condenado a muerte se ha escapado».

En realidad no era la segunda, sino la cuarta. Una de esas películas prácticamente perfecta, donde la deshumanización de su mecanicismo cinematográfico coincide exactamente con el discurso de la narración. Quizá lo mejor de Bresson, aunque esta decisión no sea sencilla.

* Mejor clásico visto por primera vez: «Playtime».

Una obra de arte sin paliativos que es incomprensible que no aparezca en casi ninguna antología. No solo muestra un absoluto dominio de todos los matices del arte cinematográfico y un sentido estético asombroso, sino que además se adelanta a la deshumanización del maquinismo y de la sociedad de consumo.

* Mejor clásico contemporáneo visto por segunda vez: «4 meses, 3 semanas y 2 días».

La mejor película que se ha hecho y que, probablemente, pueda hacerse, sobre la realidad del aborto en su conjunto. Una de esas obras donde no sobra ni falta un solo plano (y eso aquí adquiere una especial significación). Rigurosa en su ejecución, emocionalmente trepidante, durísima y veraz.

* Mejor película contemporánea poco conocida: «Koktebel».

Bellísima película rusa, premiada en festivales menores, que aúna magníficamente la relación emocional de un padre y un hijo, el realismo crudo de unas condiciones sociales desfavorables y el hálito poético de una expresión cinematográfica al nivel de lo mejor del cine contemporáneo.

* Mejor película española clásica vista por segunda vez: «El puente».

En ocasiones despreciada por su aparente relación con el destape, es una de las mejores películas de Bardem, no solo por representar mejor que ninguna otra el cine de la Transición (con conciencia de clase incluida), sino también por su perfecto equilibrio entre comedia y drama. Modélico mensaje autocrítico y autoreferencial sobre el landismo.

* Mejor capítulo de serie clásica: «The Young One (Alfred Hitchcock presenta)». Episodio 9º de la 3ª (87º en total).

Dirigido magistralmente por Robert Altman, presenta una interesante mixtura de lenguaje cinematográfico y televisivo. Adelantándose unos años a la «Lolita» de Kubrick, el capítulo representa a la perfección la audacia de Altman y el sentido moral de la serie hitchcockiana.

* Mejor capítulo de serie clásica contemporánea: «Irregular Around the Margins (Los Soprano)». Episodio 5º de la 5ª temporada (57º en total).

El mejor episodio de una de las series más populares de la historia, donde culminan todas sus líneas narrativas, emergiendo con fuerza la gigantesca corrupción moral que reina durante todo el relato.

* Mejor capítulo de serie europea clásica contemporánea: «Decálogo 4: Honrarás a tu padre y a tu madre».

El más redondo de los episodios de la excelente serie de Kieslowski, que se centra en uno de sus temas preferidos, la mezcla de toxicidad y confortabilidad de la familia, con un lenguaje limpio, riguroso, emotivo y sereno. Quizá lo mejor de toda su filmografía.

Paula A. Ruiz (Sensacine)

Además de estos títulos de 2020 estrenados en salas de cine este año que por una razón u otra me han gustado (y sin haber logrado ver ‘Tenet’, de Christopher Nolan, o ‘La mort de Guillem’, de Carlos Marques-Marcet, ‘Corpus Christi’, de Jan Komasa, o ‘Kajillonaire’, de Miranda July, entre otras), me gustaría citar tres películas documentales de 2020 que me han impactado por varios motivos: ‘Il n’y aura plus de nuit’ (2020), de Eléonore Weber, ‘Responsabilidad empresarial’ (2020), de Jonathan Perel, y ‘The Exit of the Trains’ (2020), de Radu Jude y Adrian Cioflâncă. Son tres trabajos que he visto en plataformas virtuales y los tres reflexionan desde distintas aproximaciones teóricas a la cuestión de la sociedad de control, vigilancia, castigo y muerte.

Más allá de mis intereses personales, creo que este 2020 ha supuesto un punto de inflexión en el consumo del audiovisual, tanto para el profesional de la imagen como para el espectador estándar. Las restricciones físicas provocadas por la pandemia y la emergencia sanitaria han abierto la puerta a la idea de poder atender de manera virtual un elevado número de estrenos, festivales, congresos, webinars, etc. Si la cultura analógica exigía de un índice (un lugar y un tiempo), la cultura digital, por el contrario, nos arroja la idea (imposible) de ubicuidad, de poder estar en cualquier sitio desde el salón de casa sincrónica y simultáneamente. Creo que en este 2020 se ha transformado de modo copernicano nuestra relación con los ejes tradicionales de lo visual, aunque las consecuencias de este giro, algunas dramáticas, sin duda, están todavía por ver.

Carlos Losilla (Caiman)

Odio las listas de mejores películas del año. Bueno, dicho así eso no es verdad. Las listas me gustan, pero las que son infinitas, las que no me obligan a escoger, las que no terminan nunca, aquellas en las que siempre puedo ir añadiendo algo. Odio, por lo tanto, las listas cerradas, las que dictan un número, a veces incluso un orden. Y en realidad, entonces, lo que odio es escoger, al contrario que Catherine Deneuve en Tristana, que
establecía jerarquías incluso entre columnas o garbanzos. Me gusta el amontonamiento, el exceso, lo que siendo abundante no puede ordenarse. Por eso esta lista no es representativa de nada, ni de mí ni de lo que he visto este año. Ni siquiera de lo que no he visto, que quizá sea lo mejor. Pues ¿quién me dice que esa película que todo el
mundo ha despellejado no hubiera podido ser mi preferida? ¿Por qué no hacer una lista de lo que no hemos visto? Una lista de la ausencia, de lo que nos falta, de nuestras carencias. Y así no podríamos presumir de nada.

Álvaro Peña (Perros Verdes, Miradas de Cine)

2020 ha sido un año que nos ha convulsionado a todos. Aunque en teoría ello habría de notarse en nuestras listas de lo mejor del año, lo más normal es que ocurra lo contrario, y disimulemos con alardes de buen gusto y criterio cinéfilo la zozobra existencial (o la inconsciencia palmaria, en el caso de algunos) que hemos sufrido durante estos meses de pandemia.

Todos los años serían estupendos para el cine de juzgarlos solo por las obras que superan nuestro exquisito filtro, las cuales reflejan inquietudes más elevadas que las de nuestra mera supervivencia física y psicológica. No es cuestión de hipocresía, sino de generosidad recíproca: la del cine, de ofrecernos imágenes que trascienden la realidad sensible que fingen registrar; la del espectador, de reconocer que, por mal que vayan las cosas, en el mundo también hay cabida para los grandes valores cifrados en ese puñado de horas escogidas frente a la pantalla. 

Ahora bien, en ningún año como este he visto tanto contraste entre dichos filmes selectos y el panorama audiovisual contra el que se recortan. Durante meses las plataformas de streaming y los festivales online se han postulado como alternativa a la dieta habitual de estrenos en salas, y el balance es desmoralizador. No recuerdo haber contemplado en tan poco tiempo una colección semejante de encuadres funcionariales, montajes que apilan imágenes en vez de conectarlas, metrajes desfondados a la media hora de arrancar o imágenes sacrificadas en el altar de visiones átonas, coyunturales, de un mundo que no parece inspirar lo suficiente a sus autores. Todo ello bendecido por los aplausos o el silencio de cierta crítica, que se suponía aliada de la cinefilia. 

Al margen de la diferencia de gustos que pueda haber entre nosotros, me gustaría que el cinéfilo que lee estas líneas me considerara de su lado, que supiera que estoy con él o ella en esperar algo más del cine —sin olvidarnos de cumplir nuestra parte del pacto, que es esa mínima generosidad hacia la vida que nos permite disfrutarlo—. Por eso el propósito detrás de mi top 2020 no es descubrir títulos al lector que le hayan podido pasar desapercibidos (seguro que va a encontrarlos en muchas otras listas), sino invitarle a apreciarlos como ejemplos de resistencia ante ese otro cine derrotado, capitulador ante los algoritmos del streaming, los ejecutivos de los grandes estudios y las tendencias al alza en el circuito de festivales. Son películas en las que el virtuosismo cede su espacio otrora autoral, ahora conquistado por escuelas de cine, a ejecuciones viscerales de ideas bellas.

Termino con dos ejemplos de mi lista para ilustrar la idea, extensible a las películas que nos depare el 2021. En Vida oculta Terrence Malick lleva al límite su visión espiritual basada en su creencia en el Bien y la belleza de este mundo, lo que le anima a proseguir las meditaciones estéticas de su filmografía previa desafiando el terrible contraplano de la expansión nazi de 1938. Una anticipación del Reino de Dios sin que medie iglesia alguna; tan solo una poesía visual segura de sí misma, que no pierde el tiempo en echar más paladas de tierra a un régimen de por sí condenado por la Historia como el del Anschluss. Por el contrario, Bajo el silencio de Iñaki Arteta es cine atrapado en la contemplación de los restos vivos en la sociedad actual de otro totalitarismo; un freak show de la amoralidad que conduce a una puesta en escena nerviosa, de montaje brusco y tiros de cámara tan frágiles como el discurso de su joven protagonista, que antepone su racionalismo titubeante a una abyección cimentada a lo largo de décadas.

Quizá hace tiempo tales defectos me hubieran llevado a excluir la obra de Arteta de la lista, pero ningún año como este me ha hecho valorar algo que comparte con la película de Malick: una necesidad de filmar que nace de la emoción y madura en convicción en la propia mirada, cerrándose a negociar con modas y consensos coyunturales, debilitadores del discurso, y creando imágenes que sacuden el ánimo del espectador y resucitan su pacto con el cine. En uno de los años más grises que nos ha tocado vivir, lo último que deberíamos esperar del cine es que se autoconfinara en sus propios límites arbitrarios. El mundo sigue ahí fuera, dando imágenes a quienes se atreven a tomarlas por sí mismos. 

Antoni Peris (Miradas de Cine)

Aún en un año en el que los estrenos han sido escasos, tengo dificultades en seleccionar una decena de entre películas que he disfrutado. Como todos los años quedan en el tintero medio docena que podría poner en el top (lo siento, Landes, Nolan, Waititi) pero este año tiene la particularidad de contener una serie de estrenos fugaces, algunos en plataformas directamente y otros llegados de 2013 y finalmente estrenados comercialmente. Para hacer hueco a las diez seleccionadas, he dejado de lado obras ahora estrenadas y comentadas en 2019 como Zombi Child (B. Bonello, 2019) y Bliss (J. Begos, 2019). Pero no quiero dejar de referirme, también como cada año, a obras que merecen ser vistas por más espectadores, más allá de las pantallas de festivales, por su calidad cinematográfica pero también por su visión humanista y nada complaciente de la sociedad en que vivimos, sea cuál sea el continente: Bait (M. Jenkin, 2019), This is not a burial, it’s a resurrection (L.J. Mosese, 2019), Ghost tropic (B. Devos, 2019), Give me liberty (K. Mikhanovsky, 2019) o The halt (L. Diaz, 2019).
En este año duro de pandemia deberíamos valorar muy atentamente la lección de historia que nos da, sin aparentarlo, El año del descubrimiento, para mí una de las más interesantes películas del cine español que ya comentamos en las páginas de Miradas de Cine. Pero también las reflexiones sobre cómo afrontar la vida y cómo decidir qué hacemos con ella que se presentan tres obras que merecerían el podio, Dwelling under the Fuchun Mountains (Chun Jiang Shui Nuan, Xiaogang Gu, 2019 ), First cow (K. Reichardt, 2019) y Last words (J. Nossiter, 2020). En las tres los personajes toman una u otra opción reafirmando su identidad y sus creencias aun a riesgo de permanecer en una vida menos próspera pero más rica e intensa. Hay en todas ellas cierto aire elegíaco que no deja de rondarnos más allá de sus conclusiones. Un aire elegíaco que continúa después de que la pantalla se oscurezca.
Resulta interesante, por otro lado, ver como el cine ha reaccionado con rapidez ante el coronavirus y el confinamiento. El género de terror se adapta al zoom, la plataforma de moda durante la pandemia en Host (R.Savage, 2020). Pero la ansiedad, el malestar, que virus y encierro nos han transmitido se reflejan perfectamente en pantalla en dos obras como Un efecto óptico (An optical illusion, J. Cavestany, 2020) y She dies tomorrow (A. Seimetz, 2020), fuera o no un planteamiento realizado por sus autores durante la producción de la película.
En definitiva, un año de desconcierto vital para todos los amantes del cine. Un año catastrófico que se ha llevado por delante numerosas salas de proyección, en el que los exhibidores supervivientes han revelado muy poca fuerza para relanzar la cartelera (matando estrenos a la semana, recuperando películas ya quemadas por internet, yendo de la mano de plataformas) y dónde las major se han pasado a la virtualidad. No hay, ciertamente, más monopolios de los que previamente había, aunque puedan haber cambiado los nombres. Fox, Paramount, Universal, Columbia, Metro, United Artists… están ahora en HBO, Netflix, AppleTV, Amazon, Disney y todas sus derivadas. Todas ellas buscan producción propia y tratan de seducir a los autores más rebeldes (sería el caso de Charlie Kaufman, entre otros). El problema no está, pues, en la producción, sino en el escaso margen que queda para el cine realmente independiente y su exhibición.
Quizás veamos en un muy próximo futuro cómo las salas de cine se instalan en los parques temáticos y las películas independientes se contemplan en galerías de arte.

Jordi Revert (L’Atalante, Miradas de Cine)

2020 ha sido, a su manera, Jessie Buckley. Si en la película de Kaufman el relato se deshace entre los dedos, los recuerdos se diluyen y nos perdemos sin esperanza en un laberíntico fallo en cascada de conexiones sinápticas, el año que hemos vivido nos ha obligado a asistir a un derrumbamiento de certezas. El cine, en particular, y las industrias culturales, en general, no escapan a ese golpe casi mortal, que tanto radica en la naturaleza económica de la crisis mundial generada por la pandemia del Covid-19, como en la marea de imágenes vertebradas
en torno al miedo: dictadores apenas enmascarados, bolsas de cadáveres y persianas cerradas han radicado bajo las pieles el pánico al futuro. Queda, pues, refugiarse en el gesto creativo que sobrevive, en las imágenes que siguen siendo imágenes pese a todo, resistiéndose a ser mercancía del terror: el fuego de Ema, los interiores del Hollywood de Welles y Mankiewicz según Fincher, el plano secuencia imposible de Mendes, las prestidigitaciones de Nolan o la
desventura de Martin Eden.

Jorge Mauro de Pedro (Culturaca)

Cinéfilos en sus cuarteles de invierno. Esperar, esperar, esperar. Cartelera huérfana de padre y madre, empujón final de las plataformas de streaming para conquistar nuevos nichos de mercado. Precipicio, ficción en retirada, triunfo y abuso del sensacionalismo necrófilo quintaesenciado en telediarios cuenta muertos. Malos tiempos para aquellos a los que la realidad siempre se nos quedó demasiado grande. La sirena de otra ambulancia que se pierde calle abajo. El cine no es sólo un lugar, pero es sobre todo ese lugar. Ese al que vamos a olvidar sin tirar de licor, pero también a repetir una rutina salvadora. Su categoría de refugio -¿atávicos recuerdos de cavernas,
vaguadas, luego ermitas, sacristías y murallas medievales protectoras?- se nos hizo patente en este 2020,
el año que nunca estuvo ahí. Volveremos a esos espacios en desuso, a ese sucederse de butacas que ya solo denotan vetustez y melancolía adolescente. Y no lo haremos por una cuestión de inmadurez crónica -que también- sino porque estaremos sedientos de caras y lugares, del afónico grito vital que se sobrepone al enésimo
desencanto con la humanidad.

Carles Matamoros (Transit)

La pandemia ha condicionado totalmente los estrenos en salas (y plataformas) de 2020 y los efectos han sido notorios a todos los niveles de la distribución. No solo se han pospuesto la mayoría de blockbusters procedentes de Hollywood, sino que el circuito del cine de autor se ha visto muy afectado por la cancelación de Cannes y solo ha sobrevivido gracias a la buena cosecha de la Berlinale. Pese a todo, varias películas notables han logrado abrirse camino en nuestras salas y otras han destacado entre el exceso de contenido olvidable de las plataformas. Mención especial merecen algunos grandes títulos no estrenados de 2020, que sí han estado disponibles brevemente en las ediciones online de festivales españoles, como son First Cow (Kelly Reichardt), Point And Line To Plane (Sofia Bohdanowicz), To The Ends Of The Earth (Kiyoshi Kurosawa), Victoria (Sofie Benoot, Isabelle Tollenaere y Liesbeth De Ceulaer) o Her Socialist Smile (John Gianvito). No sabemos, desde luego, si el cine sobrevivirá, tal y como lo conocemos, al 2021, pero nos consuela saber que todavía hay películas que nos permiten albergar esperanzas cinéfilas.