Aguas profundas, de Adrian Lyne

Aguas profundasEn los veinte años transcurridos entre Infiel (2002) y esta Aguas profundas (que guarda alguna similitud argumental con aquella), Adrian Lyne no estuvo cruzado de brazos, aunque no tuvo suerte sacando adelante ninguno de los proyectos en los que estuvo involucrado. Tan extensa elipsis ha obligado a un director que rodaba en celuloide a pasar al digital, y a pesar de sus temores ha reconocido que ha salido ganando con la experiencia. Otra cosa es que los espectadores hayamos sido recompensados de alguna forma con un producto deudor de aquellos que le pusieron en el centro de las miradas hace treinta o treinta y cinco años, realizado en la actualidad.

La película, propiedad de la 20th Century Studios de Disney, que comenzó a gestarse en 2013, y que ahora estrena Hulu en EE.UU. (y Amazon Prime en España y otros países) tras haber sufrido varios retrasos en su última fase (presuntamente debido a la Covid) adapta Mar de fondo, una novela de 1957 de Patricia Highsmith. El guion de Zach Helm —Más extraño que la ficción (Stranger than Fiction, Marc Forster, 2006)— y Sam Levinson —alguien bastante interesado en las relaciones tóxicas en sus historias, como ejemplifican la película Malcolm y Marie (2021) y la serie Euphoria)— traslada la narración a la época actual con la consecuencia de algunos cambios lógicos y poco importantes (la ocupación de su protagonista y el origen de su posición más que acomodada) y otros de más entidad (aquí su esposa no se molesta en ocultarle sus infidelidades) de cara a desarrollar la extraña relación entre el matrimonio formado por Vic (Ben Affleck) y Melinda (Ana de Armas), vínculo que se prolongó más allá de la pantalla, aunque su amor no haya aguantado lo suficiente para llegar a la puesta de largo.

Aguas profundas

Salvando esos detalles se trata de una adaptación bastante fiel que replica, incluso con cierto humor negro, algunos diálogos clave que ejemplifican la relación de Vic con los «amigos» de su esposa (muy en particular aquel en que se inventa un crimen para atemorizar a uno de ellos o ese otro donde salva a los caracoles, que cría con fines recreacionales, de acabar en el estómago de otro, haciéndole creer que le salva a él), el vínculo de complicidad entre Vic y la hija del matrimonio (no deseada por Melinda) e incluso detalles anecdóticos como el estúpido juego de ir a cuatro patas con los cubatas a la espalda (aunque a Ben Affleck no le debió apetecer meterse en el ajo como ocurre en la novela con su personaje). Lyne es y será recordado por unos thrillers eróticos que dejaron huella en su momento —destacando el strip-tease de Nueve semanas y media (Nine 1/2 Weeks, 1986) y el polvo en el fregadero de Atracción fatal (Fatal Attraction, 1987)—. A día de hoy incluso el aroma a rancio que desprende un título como Una proposición indecente (Indecent Proposal, 1993) resulta de algún modo cautivador. Superada aquella época, y con la normalización del sexo en el cine mainstream a día de hoy, todo lo que había de provocador en aquellas escenas se desvanece, y aun así resultan más atractivas que cualquiera de los momentos «tórridos» de Aguas profundas. Puede que tengamos ya la mirada sucia y unas retinas taladradas o simplemente que para dejar una impronta en este tipo de thrillers destinados a grandes audiencias y mal llamados eróticos por inercia, lo que se requiere sea mostrar más pollas, como se hace en la ya citada Euphoria, o la interacción con objetos ajenos a los cuerpos: frutas chorreantes —Call me by Your Name (Luca Guadagnino, 2017), El sabor de la sandía (Tian bian yi duo yun, Tsai Ming-liang, 2005)…— o palancas de cambios —Titane (Julie Ducournau, 2021)—. Siendo que lo erótico no acaba de funcionar (dudo que lo haga incluso entre los adolescentes, pues ya no estamos en los ochenta y tienen multitud de estímulos en la red de redes), podríamos pensar en quedarnos con la parte del thriller. A este respecto hay una diferencia curiosa respecto a la novela, y es que se omite la comisión del primer crimen, que se revela más adelante en un miniflashback, para prolongar el suspense. Y esto solo confirma lo que vamos viendo: la puesta en escena por sí misma no es capaz de sostener algo que en la novela funciona a la perfección. El film de Lyne otorga más peso a la relación marcada por los celos, desatendiendo la intriga criminal y la incertidumbre sobre el destino de Vic y si será o no descubierto (Highsmith encontraba el punto de equilibrio entre ambas cosas), y es insuficiente para generar interés en el espectador a pesar del empeño de Ana de Armas. Affleck, que no carece de buenas interpretaciones, en esta ocasión parece haberse mimetizado con los caracoles.

Aguas profundas

En cualquier caso, el cambio más importante en el desarrollo de la historia respecto a su fuente original está en el desenlace. Algo que hay que reconocer que encaja con coherencia en el planteamiento de la figura femenina en la filmografía de Lyne (las mujeres son propiedad de los hombres y existen meramente para complacernos), a excepción quizá de Infiel, probablemente su mejor película, en la que se presentaba un retrato mucho menos hiriente de su personaje femenino con una excelente interpretación de Diane Lane. Tampoco resulta sorprendente viniendo de alguien que se lamenta de que los actores ya no pueden tomarse unas copitas antes de rodar ciertas escenas (como hacían Michael Douglas y Glenn Close) por temor a denuncias y de que haya un coordinador de intimidad supervisando esas tomas. El final de la película, docilizando y banalizando al personaje de Melinda, se da de bruces con el que Highsmith le dio a su historia, victimizándola. No hay términos medios entre ambas versiones. En la novela se empatiza también con Vic, un tipo cornudo y vulnerable con toda la comunidad de su parte (pobre hombre, su mujer es una borracha que le engaña cada mes con uno distinto). Como en la película, todo es narrado desde su punto de vista, y que ella se presente como su única adversaria, junto con Don (el vecino con ínfulas de detective), es lo que le da personalidad e independencia, no es un mero juguete al servicio de un protagonista que plantea si ella es esquizofrénica haciendo válido aquello de ver la paja en el ojo ajeno e ignorar la viga en el propio, algo que también está en el texto de 1957, siendo pues la diferencia en la conclusión la que aporta una visión totalmente diferente del personaje, tan misógina como la que se daba en las encarnaciones de Kim Bassinger o Demi Moore en manos de mansplainers y seductores babosos y pollaviejas (pero con buen corazón) en los citados hits de videoclub (y de taquilla) pretéritos. El final circular no deja de tener cierta gracia maquillando un poco las sensaciones que nos ha dejado la película, aunque reconforta saber que siempre nos quedarán las Lunas de hiel (Bitter Moon, 1992) de Roman Polanski o las intrigas maritales y criminales de Chabrol.