Interestellar (2014)

Desde las estrellas

InterstellarDa la impresión de que, a tan sólo unas semanas del estreno del nuevo trabajo de Christopher Nolan, este no se está viendo acompañado del alboroto mediático generado por sus predecesoras. Lo que sumado a la desigual recepción —más comercial que crítica— de dos obras tan exigentes para el espectador medio como Dunkerque (Dunkirk, 2017) y Tenet (íd., 2020) pudiera apuntar al inicio del fin de su idilio con las grandes audiencias. Las mismas que jaleaban cada película del director británico como el no va más en cine comercial con fundamento. Y sí, qué duda cabe que el concepto clever entertainment no le resulta en absoluto ajeno al firmante de Interstellar (íd., 2014), pero su evolución como cineasta le ha llevado, de manera progresiva desde que su vinculación contractual con el Caballero Oscuro finalizó rubricando un marchamo de excelencia plenamente vigente hoy día, a radicalizar la apuesta: tanto desde el punto de vista narrativo como, no lo pasemos por alto, técnico y estilístico. En unos años en los que el fast food superheroico ha devenido viral, anulando el juicio crítico de un espectador reconvertido, por pura saciación, en indolente consumidor de estímulos audio-visuales, no parece que términos como rigor y auto-exigencia garanticen la afluencia masiva a las salas de cine.

A este respecto Oppenheimer (íd., 2023) se nos presenta como una incógnita dispuesta a ser desvelada: ¿Constituye un biopic de tres horas de duración dedicado al controvertido inventor de la bomba atómica el proyecto propicio dado el momento creativo en que se encuentra la carrera de Nolan? En unas declaraciones suyas, en las que afirmaba que pretende visualizar la explosión atómica como nunca se ha mostrado antes en una pantalla de cine, nos reencontramos con el técnico talentoso y seguramente el esteta. Un reparto apabullante, como resulta habitual en sus filmes, y el empeño de que, contra viento y marea, su exhibición se lleve a cabo en salas comerciales dotadas de las mejores condiciones de imagen y sonido debería ser suficiente, a priori, para que volvamos a disfrutar de una ración, bien colmada, de experiencias cinematográficas: la unidad de medida elemental de su cine, en la que confluyen maestría técnica y sentido del espectáculo. Ambición formal y densidad conceptual sin desdeñar, pues no estamos precisamente ante obras de cámara, convenciones dramáticas y emociones puras.

Interstellar

Quizá sea Interstellar la obra que mejor destila cada uno de estos componentes, con especial atención a alcanzar el punto de equilibrio entre concepto y emoción, logrando una alquimia sin parangón hasta entonces. Resulta pertinente destacar que, desde que con Batman Begins (íd, 2005) Christopher Nolan accede a la Liga de las Estrellas de los grandes estudios, cada uno de los espacios que le ha cedido la trilogía dedicada al Caballero Oscuro —autentica columna vertebral de su filmografía— ha sido ocupada por un título que le ha permitido probarse a si mismo como cineasta, aprovechando las infinitas posibilidades que ofrece Hollywood a los creadores inquietos, llevando a un nuevo nivel las destrezas implementadas en la entrega correspondiente de Batman para, tras elevar la apuesta en la película posterior, impregnar la entrega siguiente dedicada al Hombre Murciélago de dichos hallazgos. Sucedió con filmes tan brillantes como El truco final (The Prestige, 2006) y Origen (Inception, 2010) y, tras despedirse con honores del antihéroe de Gotham City, Interstellar.

Si la relatividad de las apariencias —o más específicamente su concreción fílmica— es uno de los grandes temas del corpus nolaniano, excelsamente explorado en los títulos mencionados, en su culterano homenaje al canon Sci-Fi se vuelve hacia la dimensión que mejor nos define como humanos, pues somos seres en el tiempo: y si el paso del tiempo nos influye aquí en la Tierra ¿estamos preparados para asumir las consecuencias de su alterno fluir en el espacio profundo? En Interstellar confluyen magistralmente los postulados de la ciencia ficción hard, tan del gusto de los Hermanos Nolan —Jonathan comparte créditos con Christopher como co-guionista— con la alteridad que genera, para los integrantes de la misión que pretende ofrecer un faro para una humanidad al borde de la extinción, tener que enfrentarse a los misterios que depara la última frontera. Hay épica en su hazaña, como no podía ser de otra manera, pero la proverbial óptica hiperrealista de su firmante nos aleja del escapismo inherente a la vertiente fabuladora del género para insertarnos, de manera dolorosa por verosímil, en un futuro que se adivina descorazonador.

Padre e hija

El inicio de la película es prodigioso: la secuencia en que Cooper (Matthew McConaughey) persigue junto a sus hijos, cruzando inabarcables extensiones de campos de cultivo al volante de su camioneta, a un dron indio extraviado ilustra a las mil maravillas, desde la ruptura del marco cotidiano en el que se enmarca su existencia, el trasfondo catastrófico con el que convive la familia del protagonista, insuflando sense of wonder a una peripecia que remite, una vez más, al magisterio ejercido por Steven Spielberg cuando de situar la cámara a la altura de la mirada juvenil se trata: la magia del suceso que alivia un presente mortecino, que en los siguientes minutos se nos irá rebelando, meticulosamente, ponderando el impacto que la inevitable degradación medio-ambiental sobrevenida aflige a la comunidad rural donde tienen lugar estos primeros minutos de metraje; la sinécdoque que permite atisbar, sin estridencias, el inicio del fin de la raza humana: cosechas perdidas, nieblas tóxicas, enfermedades respiratorias… las hogueras que consumen los cultivos, hasta donde alcanza el fondo del plano, rubrican el componente milenarista del fin de los tiempos, pero la catástrofe que exhorta al astronauta Cooper a volar nuevamente hacia las estrellas, en pos de planetas habitables, no tiene nada de espectacular: si en 2014 podía verse como un trasunto verosímil del daño infligido a nuestra malquerida Tierra ¿Qué decir en 2023?

La inolvidable encarnación de Matthew McConaughey, la verdad que trasmiten su mirada y su marcado acento terruñero, dota de rostro, cuerpo —y alma— al pionero, el héroe a su pesar que se embarca en una misión imposible, sin ticket de vuelta, porque no le queda más remedio. Alguien tiene que ocuparse mientras que exista una posibilidad, por mínima que sea, de sobrevivir al mañana. En una de las obras contemporáneas que mejor ha sintonizado con el ideal humanista clásico de la confianza en un devenir para la humanidad, apoyado en el progreso tecnológico y la ampliación de la línea del horizonte, resulta reconfortante encontrarse con un personaje tan autoconsciente de su papel en la Historia: la épica, macerada en poesía, la pone el Profesor Brand (Michael Caine). El simplemente pilota la nave espacial. Y para poder hacer su trabajo debe ausentarse, seguramente para siempre, de su hogar ¿Podemos entender el drama al que aboca con su partida a su adorada hija Murph (Mackenzie Foy)? Lo entendemos y lo vemos, porque gran parte del metraje inicial se ha dedicado a mostrarnos hasta qué punto es significativa, para ambos, su relación paterno-filial.

Interstellar

Quizá la reacción visceral de Murph pueda tacharse de egoísta, pero su renuncia a despedirse de su apesadumbrado padre no puede resultar más humana: los ojos bañados en lágrimas de Cooper, mientras al son atronador del corte de Hans Zimmer su imagen se diluye en el despegue de la misión que le aleja de sus seres queridos, constituye el magistral colofón para un primer bloque magistral. Claro que cuando la aventura espacial tenga lugar, rebajada por las premisas —hasta donde lo permite la ficción— de rigor científico e hiperrealismo estilístico, la dimensión humana, emotiva, seguirá sustentando el relato: ¿estamos las personas psicológicamente preparadas para los viajes interestelares? Puede que en algún momento del futuro la técnica lo permita, pero mucho tendremos que evolucionar para que no nos pase factura. La respuesta que ofrece Interstellar deviene inapelable: olas de decenas de metros y yermos helados, ecosistemas hostiles a la vida que conllevan la reclusión forzosa en hábitats carentes de la más elemental calidez, y el paso del tiempo: el regreso de la tripulación de su primera misión de exploración, que se ha cobrado la vida de un compañero, para comprobar que el que permaneció en el Endurance ha envejecido varios años de golpe, filmado con lucida contención expresiva, resulta desolador. El caprichoso fluir del tiempo, constatable igualmente en los testimonios que llegan desde la lejana Tierra.

Como sucediera con la menos fundamental Origen, el pulso entre la prosa de la escrupulosa recreación del viaje espacial y la poesía del anhelo por lo que se ha dejado atrás se resuelve finamente a favor de la segunda, y tras el cúmulo de decepciones que pone en entredicho el sentido último de la misión, la pirueta argumental final coloca al alucinado espectador ante la revelación de una realidad inaprensible —la que aguarda más allá del Horizonte de Sucesos— que en la mente de Christopher Nolan se substancia —prosa y poesía una vez más— en un teseracto pergeñado, se deduce, por seres del futuro, con la única función de posibilitar la trasmisión de un mensaje: una comunicación entre padre e hija que, merced a un vínculo afectivo mantenido a través del espacio-tiempo, hará posible la salvación de la humanidad. Todo el metraje previo, generoso en hallazgos narrativos y audiovisuales, nos ha conducido hasta este memorable climax que cabe calificar de trascendente: una trascendencia laica que emparenta Interstellar con las obras mayores del género, hermanadas en su condición de faros que iluminan, desde la ficción, la condición de posibilidad del mañana que nos espera. Si habrá un horizonte, más allá de la última frontera, para la humanidad.