Saturday Night

Saturday Night, de Jason Reitman – Americana 2025

11 de octubre de 1975; entre pasillos estrechos y platós bulliciosos, un joven Lorne Michaels (Gabriel LeBelle) intenta aguantar el tipo ante cualquier adversidad e imprevisto. Frente a la expectativa y la presión de los productores, el director del programa enfrenta un desafío que escapa a su control: el rodaje del primer Saturday Night Live (o SNL), el late-night de referencia que más adelante se convertiría en todo un estandarte de la cultura televisiva estadounidense. Para esta historia fundacional, el devenir incierto y accidentado de un equipo variopinto orquesta una pieza de espíritu free jazz a través de un movimiento perpetuo y nervioso, dando lugar a un relato a contrarreloj que monitoriza una película sobre el espectáculo y la hazaña de su propia ejecución.

El encargado de engrasar la maquinaria formal de este frenético tour de force es el director Jason ReitmanJuno (2007), Tully (2018)—, a su vez, hijo de Ivan Reitman —Los cazafantasmas (1984), Los gemelos golpean dos veces (1988)—, quien estuvo vinculado originalmente en la dirección de algunos sketches y producciones derivadas del show. En su visión del caos, Reitman hijo opta por la elección primordial de una serie de planos secuencia sumamente tendidos, donde una concatenación de rostros visiblemente inquietos desfilan en un festival caricaturesco y delirante. Por destacar algunos de los más importantes, son reconocibles Dan Aykroyd, interpretado por Dylan O’Brian; Chevy Chase por Cory Michael Smith, o Jim Henson y Andy Kaufman, ambos encarnados por Nicholas Braun. En otros roles, detrás de cámara, podemos localizar a Rachel Sennott como Rosie Shuster, quien fuera guionista del programa; Cooper Hoffman como Dick Ebersol, ejecutivo y mano derecha de Michaels; o Willem Dafoe como David Tebet, productor de la cadena.

En su ejecución, la relación entre esta serie de arquetipos estilizados y paródicos resalta en un magnífico ejercicio rotundamente actoral, permitiendo a cada uno brillar por igual y en consonancia con cada una de sus partes, ya sea mediante la réplica o la exageración de ciertos clichés asociados al mundo que retratan. En este aspecto, la película es capaz de encadenar una sucesión de circunstancias en constante evolución, sumando capas y capas de humor según van surgiendo más necesidades (y desvaríos) durante el rodaje. De esta manera, el conjunto se elabora como un gran monólogo perpetuado desde su progresiva digestión y la relación que establece con el espectador, en un discurso incisivo donde va sembrando una retahíla de bromas internas que va recuperando a medida que estas van rimando entre sí. No sería descabellado pensar todo esto desde el reduccionismo del retrato coral, es decir, dejando solo la raíz, a través de su propia fascinación exaltada por la dinámica entre los intérpretes y el juego de su filmación; uno resuelto con gran pericia técnica e ideas de lenguaje —memorable ese plano en multiescala donde David Tebet (Dafoe) permanece a oscuras tras el cristal, acompañado del reflejo de la multitud y el reloj dispuesto sobre la pared—. A pesar de esta vocación, totalmente válida, su director opta por conjugar la idea hacia otros derroteros.

Más allá del homenaje, Saturday Night (2024) también se comporta como una película sobre las dificultades del proceso creativo y la balanza ética de su ambición. Esta relación entre la trivialización de una nueva manera de hacer y el riesgo de su propuesta contracultural —entendiendo el contexto del momento— dialogan en su propia noción fílmica, destacándose fuera de la norma como una hibridación realmente particular e irregular que tampoco parece encontrar exactamente cuál es su cometido, de hecho, esta misma pregunta se verbaliza en numerosas ocasiones. ¿Cómo abordar este desafío? La película de Reitman se acoge a sus interrogantes para realizar una celebración del propio acto creativo, de la ambición desmedida de esas ideas que escapan a su control y reman contra la burocracia de una producción estancada en su mera validez comercial. En esa intríngulis de la duda frente el objeto cinematográfico, la propuesta destaca un último plano final, aquel donde aparecen las personas que están detrás de él, observando sus distintos departamentos y el trabajo y la suma de miradas que comporta como resultado esa pequeña ventana a otra dimensión.

Disparatada, errónea y brillante a partes iguales, Saturday Night es un ejercicio que examina su naturaleza y trabaja desde su evolución. Un particular documento sobre los primeros pasos que se detiene en un entramado de historias y personajes que no saben muy bien adónde ir o dónde meterse. Quizá sea en esta postura de desconcierto donde mejor haga funcionar su cometido: en la probabilidad de una película que puede, quiere y debe ser cuestionada, aunque sea con una sonrisa en la boca.