La Grazia, de Paolo Sorrentino
La inauguración de la edición 82° del festival de Venecia viene de manos de uno de los directores italianos más reconocidos del momento, Paolo Sorrentino. En La Grazia, el realizador busca el calor humano dentro de la frialdad implícita en la burocracia de las legislaciones y la presidencia. El filme da comienzo con una serie de textos que informan al espectador del poder que recae sobre el presidente de la república italiana. Acto seguido, La Grazia presenta a un melancólico y desapasionado Toni Servillo, colaborador recurrente de Sorrentino, que se pone en el papel del presidente ficticio Mariano di Santis. Ya en la recta final de un mandato en el que Mariano había evitado decisiones arriesgadas, las dudas le bombardean cuando se enfrenta a la eutanasia, siendo el principal responsable para su aprobación o rechazo. Sorrentino nos sumerge así en un viaje de preguntas que no tienen respuestas, de problemas sin una solución, pero sobretodo, un viaje de introspección al duelo de Mariano, donde la lírica de Sorrentino recurre a la repetición de una imagen onírica, estancada en los recuerdos del protagonista. De este modo, el carácter emocional que La Grazia irradia en la gran belleza de sus planos hace que ese calor humano que mencionaba no sea una contradicción en la política, si no un punto de apoyo sobre el que tomar decisiones.
Ghost Elephants, de Werner Herzog
Herzog dijo que los humanos debíamos articular nuestros sueños, de no hacerlo, solo seríamos vacas en el campo. En Ghost Elephants, el nuevo documental que ha tenido su premiere en la presente edición de Venecia, se embarca en un viaje que busca precisamente articular un sueño, el de Steve Boyes, que ha dedicado su vida a buscar a los descendientes de Henry, el elefante más grande del mundo registrado por la humanidad. Un personaje herzogiano donde los haya. El director alemán, que ha sido además galardonado con el león de oro honorífico por su carrera cinematográfica (entregado por Francis Ford Coppola), siempre ha dado visibilidad a historias extraordinarias desde la admiración consciente de la falta de sentido, una fascinación no sin falta de una cierta ironía de aquellos que lo dan todo por un objetivo fútil. La icónica voz en off de Herzog narra la odisea en su particular estilo, con su tono grandilocuente con un tinte de cierta socarronería crítica, aunque el viaje acaba derivando en un aspecto más secundario ante las historias de aquellos que acompañan a Boyes, su cultura y tradiciones, su lenguaje, sus habilidades para rastrear y su relación espiritual con la naturaleza. En ocasiones se desvía del tema, prendido de detalles perimetrales, como una mujer ensimismada en reparar su instrumento, imagen que Herzog torna en un retrato poético de lo mínimo: “Sé que no debería romantizar esto, pero rodeada de gallinas, esto no podría ponerse mejor”, nos cuenta el siempre presente director. El carácter contemplativo del documental se construye sin prisas, fuertemente enfatizado por la fuerza de la música, parándose a observar aquellos detalles del viaje que resultan llamativos, como la araña que se encuentran una noche de acampada, imagen que alimentará las pesadillas de cualquiera con fobia a los arácnidos, remarcando el carácter surrealista que surge de la naturaleza. La mirada siempre punzante del director alemán no desaprovecha para reflexionar sobre la odisea de Boyes, aunque sea de forma puntual, y lo que podrían implicar los descubrimientos que haga. Cuando, más que un sueño, este es un objetivo vital para Boyes, ¿vale la pena resolver el misterio? ¿Es mejor descubrir que los elefantes fantasmas son reales, dándole un final satisfactorio al sueño, o que permanezcan como un arcoíris inalcanzable, como una motivación eterna? Una paradoja cargada de poesía a la que solo los resultados del viaje pueden responder.
Bugonia, de Yorgos Lánthimos
Lánthimos trae a Venecia un remake de la película surcoreana Salvar el planeta tierra (Save the Green Planet!, Jang Joon-hwan, 2003), que plantea un argumento de lo más adecuado para el director griego y sus temáticas habituales, consiguiendo implantar inequívocamente su voz autoral. La paronoia conspiranoide de su protagonista, Teddy (Jesse Plemons), introduce a través de sus delirios ese elemento de extrañeza que suele manifestarse en el cine de Lánthimos, convencido de que vivimos bajo el dominio de extraterrestres. Estas convicciones son el resultado de su oposición al sistema corrompido que asegura está destruyendo a la humanidad. Cuando expone su lucha en un manipulador discurso en el inicio de la película, sonando en voz en off sobre un montaje que alterna entre la impecable rutina de la empresaria Michelle (Emma Stone) y el torpe intento de entrenamiento de Teddy y su primo, este convierte a la inquebrantable empresaria en un terrible enemigo y al corporativismo en una forma de esclavitud. La comedia acida de Lánthimos no pierde oportunidad para mofarse de la crueldad de las empresas, si bien son Teddy y sus convicciones los que reciben la mayor parte de la crítica. Los planos generalmente abiertos característicos de la filmografía del director, precisos en su composición, capturan la crueldad del mundo de Teddy, construido mediante teorías de internet y estudios propios, quien fabula lo que sea necesario para buscar culpables para las injusticias a los que toca enfrentarse en la vida, y muestra el secuestro de Michelle como lo que es: el equivalente a una caza de brujas. Las relaciones de poder se invierten en interrogatorios que buscan una respuesta predicha en lugar de una verdad, con lo que Lánthimos establece el toque macabro de crueldad que se excede hasta el disparate, logrando ese humor turbio que hará las delicias de sus seguidores.


