Frankenstein de Guillermo del Toro

Venecia 2025. Volumen 2

Frankenstein, de Guillermo del Toro

La novela de Mary Shelley vuelve a adaptarse a la gran pantalla, en esta ocasión con Guillermo del Toro en la dirección, y con los actores Oscar Isaac y Jacob Elordi en el papel del Dr. Victor Frankenstein y la criatura a la que este da vida respectivamente. La propuesta del director mejicano lleva la historia a la espectacularidad grandilocuente de una obra operística, buscando un dispositivo muy efectivo cinematográficamente que cuenta su propia historia, pero sin alejarse demasiado de la obra literaria. El apartado artístico de Frankenstein aumenta los excesos del director en su barroquismo, dotando a la película de una de sus mejores virtudes, que es la fuerza visual de sus planos, que en conjunto con la banda sonora enfatiza una carga emocional de gran peso en el filme. En las partes emotivas es donde se encuentran más ejemplos de los excesos en la adaptación del director mejicano, que explora la historia de Frankenstein con actitud melodramática, en ocasiones un poco pasada de rosca, especialmente en aquellas situaciones que más se desvían de la obra de Shelley. Sin embargo, esta búsqueda de identidad propia funciona más en lo formal que en el guion, ya que cuando del Toro toma un rumbo propio, se siente atado y no llega demasiado lejos, como si fuera del argumento se debatiera por incluir otros elementos a la historia del libro, pero finalmente optara por desecharlos. Dicho esto, la película captura la esencia de la relación entre Frankenstein y su creación, con sus complejidades y reflexiones, y lo hace a lo grande de forma hipnótica y emotiva, salvaje y efectista por momentos, que sin duda merece ser vista en una sala de cine.

Jay Kelly, de Noah Baumbach

Es realmente difícil ser tú mismo. Estas palabras, citadas al comienzo de Jay Kelly, se repiten a lo largo del filme, si bien cada ocasión aporta su propio punto de vista respecto al mismo tema. La conmovedora tragicomedia de Noah Baumbach explora la compleja cuestión de la identidad en base a la vida de un actor de cine, el que da nombre a la película, Jay Kelly, superestrella aclamada por el público, interpretado por nada menos que George Clooney. Viviendo en los rodajes centenares de vidas, todas ellas falsas, Kelly se enfrenta a una crisis existencial que pone en duda toda su vida: aunque le vayan a hacer un homenaje en honor a su carrera, no puede evitar verse completamente aislado y ausente de relaciones reales. Los recuerdos que le asaltan invaden las escenas anteponiéndose a la realidad, como si Kelly entrara en un rodaje y observara el mundo de otro tiempo en tercera persona, hundiéndose en una retrospección llena de arrepentimiento. Baumbach se aproxima con una empatía que resulta imprescindible para conseguir que la historia de Kelly pueda extrapolarse, dotando, pese a su situación excepcional, una cierta generalización a su dilema, una que se puede detectar en el resto de los personajes que le rodean, cada cual con su propia aproximación. Especialmente su manager y, supuestamente, mejor amigo, Ron, interpretado por un sosegado, pero aún así carismático, Adam Sandler, cuyo peso en la película es tan imprescindible como el trabajo que ejerce para Kelly. A las anécdotas del viaje del protagonista, tanto el físico como el emocional, no le faltan clichés habituales de este tipo de comedias, pero funcionan en su eficacia narrativa cargada de humor, optando por un argumento sin demasiadas complicaciones, pero rico en detalles. La memoria fragmentada del actor, como un collage de escenas de diferentes películas que, a simple vista, no forman una vida concreta, desde otra perspectiva cobran el tono nostálgico que despierta el deseo de volver a repetirlo todo. Un nuevo intento para volver a vivir la toma, una oportunidad de retomar esa vida y hacerlo mejor.

Broken English, de Jane Pollard, Iain Forsyth

Broken English es una de esas rarezas que convierte su individualidad en su principal virtud y, a su vez, la radicaliza. Este curioso documental se propone recorrer la vida de Marianne Faithfull, no con la pretensión de recordar, si no más bien para no olvidar. Si en la mencionada Jay Kelly los recuerdos de una vida volvían a la mente del protagonista, que los presenciaba como si de una peli se tratara, Broken English opta por una idea similar pero que difiere en concepto y ejecución. Aquí, la propia Marianne Faithfull revisita el material de archivo que le muestra que ha quedado registrado en torno a su persona, acompañada por el “Record Keeper”, interpretado por George MacKay, que ejerce de una mezcla de investigador y fantasma del pasado que mantiene una conversación con la artista para guiarla por la complicada retrospección y escuchar todo lo que tenga que decir. De este modo, MacKay y Faithfull ven entrevistas, escuchan canciones y leen periódicos que narran los momentos puntuales de la vida de la artista. A su vez, la ficción a la que pertenece el personaje de MacKay envuelve al documental para crear una narrativa sobre la que construir el filme, en el cual una organización se encarga de revisar la memoria para, como mencionaba antes, no olvidar. Tilda Swinton, la “Overseer” que organiza esta suerte de investigación sobre Faithfull, dirige a MacKay en la entrevista, pide la recreación de números musicales y en general, analiza los datos obtenidos en el proceso para reconstruir la imagen de Faithfull. La experiencia crea una atmósfera saturada de estímulos visuales y sonoros, alternando entre ficción, entrevista y metraje de archivo en un montaje frenético y efectista, por momentos performática y en ocasiones confusa en la parquedad de sus explicaciones. Todo este conglomerado sirve para expandir el conocimiento alrededor de Marianne Faithfull más allá de ser el gran amor de Mick Jagger, exponiendo su prolífica carrera como artista y su controvertida presencia mediática desde su propia perspectiva para dar una visión a través de las sensibilidades actuales. Como explica la “Overseer”, los recuerdos fluyen como el agua, pero los de Faithfull se grabaron en piedra. Las grabaciones, noticias de la prensa y fotografías crearon uno puntos cardinales insuficientes para una interpolación acertada de la vida de una persona.