Pozos de ambición

Pozos de ambición (2007)

De batidos va la cosa

“¡Me bebo tu batido! ¡Me lo bebo!” —con estas palabras el histriónico Daniel Plainview (Daniel Day-Lewis en una interpretación maravillosa) elabora su metáfora en la última discusión con Eli Sunday (un Paul Dano que tampoco se queda atrás)—. La conversación, extendida en su vehemente burla sobre Eli, eleva el tono progresivamente desde una conversación ya de por sí incómoda hasta un asesinato nada menos, una escena que se torna una especie de sinécdoque de la tensa relación entre estos dos personajes tan particulares, con una violencia incipiente que no deja de aumentar desde el mismísimo instante en que se ven por primera vez. En este particular western que es Pozos de ambición, el duelo de miradas no se resuelve en un tiroteo inmediato, aquí se alarga en silencio hasta estallar en una bolera privada, batiéndose con bolos en lugar de revólveres.

Y es que los personajes de Anderson no suelen expresar sus atribuladas psiques de una forma directa. Si pensamos en el magistral inicio, el cual se extiende sin diálogos cediéndole la palabra a la imagen para exponer el contexto del argumento, este es un indicativo de lo que está por venir. En la filmografía de Paul Thomas Anderson, la realidad de los personajes subyace a la palabra y recae en lo que no se verbaliza. Las personas que habitan sus pelis ocultan sus motivaciones y deseos, resultado de personalidades complejas y ambiguas que a menudo son difíciles de comprender y que Anderson manifiesta con cierta opacidad narrativa, a menudo por la propia naturaleza de los personajes, que se protegen tras una fachada de apariencias. Daniel quiere beberse el batido de los demás, pero no lo va a gritar a los cuatro vientos, le interesa que sus verdaderas intenciones pasen inadvertidas.

Daniel Plainview es complejo y sus acciones pueden resultar confusas, pero hay una cosa que está clara en todo momento, no hacen falta palabras para que se sepa: su odio a Eli. El impecable guion, al que no le faltan ideas brillantemente recursivas en su planteamiento, sostiene este conflicto constantemente flotando en el aire, y aunque por momentos parezca relegado a un segundo plano con respecto a Daniel y su hijo adoptivo H.W (Dillon Freasier), la violencia implícita, enfatizada y evidente por la forma cinematográfica del filme, siempre encuentra el modo de salir a flote. La competencia entre estos personajes no es explícita, se oculta a simple vista de ojos ajenos en una fingida relación de cortesía formal. Delante de sus trabajadores, Daniel le promete a Eli que le permitirá bendecir el nuevo pozo de petróleo que va a poner en marcha. Sin embargo, llegado el día de la inauguración, el monólogo que el petrolero ejerce ante el público adopta la forma de un diálogo en su formato de plano-contraplano, uno que se cierra progresivamente para centrarse entre ambos, Daniel y Eli, hasta acabar en el primer plano de la sonrisa fingida del predicador tras la promesa incumplida, para a continuación largarse en silencio como si nada hubiera sucedido, ocultando la humillación. Nadie puede acercarse al batido de Daniel, y no perdonará a Eli por haberlo intentado.

Sin embargo, Eli cuenta con una ventaja con respecto a Daniel: el beneplácito de las personas. En un momento dado, Daniel Plainview le dice a Henry (Kevin J. O’Connor), un impostor que se hace pasar por su hermano, que que tiene la competitividad en su interior y no quiere que nadie más tenga éxito. Eli es un claro competidor, no por el dinero si no por el tan imprescindible recurso humano, por la adoración de unos seguidores que le sean fiel. También en ese breve momento de sinceridad embriagada hacia su falso hermano, Daniel dice odiar a todo el mundo, querer aislarse de los demás. Irse con su enorme y abundante batido donde nadie pueda intenta sacar provecho. Es aquí cuando Henry le pregunta sobre H.W. Pese a su odio, Daniel cuenta con un deseo insatisfecho de contar con lazos familiares con alguien más, aunque solo sea uno. Ya sea con H.W., cuya sordera acaba por convertirle en un problema y a distanciarles, ya sea con su aparentemente leal hermano del que, desafortunadamente, acaba por descubrirse su tapadera, ninguna relación personal parece funcionar para Daniel. Por su parte, la familia de Eli no hace más que crecer, pero lo más irónico es que, en esencia, sus métodos, teatrales y populistas, no parecen ser muy distintos de los del petrolero.

Cuando escuchamos a Daniel hablar por primera vez en la película, le vemos en un primer plano cerrado presentarse como un petrolero, eso es lo primero, y no es hasta bien entrado en su discurso que añade que también es un hombre de familia, apoyando este hecho con la presencia de su hijo, quien aparece por primera vez en plano diligentemente de pie a su lado como si de un sirviente se tratara. Un buen reclamo para facilitar una recepción positiva en el público. Desafortunadamente, el discurso no cuaja y acaba en el descontento enardecido de los oyentes y Daniel se larga de un negocio infructuoso. El paralelismo con su primera visita a la iglesia de Eli es cuanto menos curiosa en sus semblanzas y diferencias. El cura es el centro de atención en todo momento, no le quitamos el ojo de encima en un plano sin cortes, y no parece muy distinto en sus trucos. Dejando de lado la fe que puedan tender sus oyentes, el sermón de Eli deriva en un espectáculo de sanación milagrosa más propia de un engaño. Como Daniel cuando quiere cerrar una negociación, Eli vende una idea a sus feligreses mediante la capacidad de convicción de su actuación, contándoles aquello que quieren escuchar. La diferencia es que el público de Eli acaba eufórico aclamando al autoproclamado profeta, una aprobación que dista mucho de la recepción de Daniel en aquella primera escena.

La influencia de Eli es tal que, cuando Daniel se ve arrinconado, busca integrarse en la congregación mediante un bautizo. Por supuesto, no es una cuestión de fe. Como todo para el petrolero, la motivación son los negocios, finalizar un acuerdo necesario para su empresa. Daniel debe bautizarse para satisfacer la demanda de la contraparte de una adquisición, que resulta ser un ferviente seguidor de Eli y la fe que predica. Muy desafortunadamente para Daniel, unas escenas antes le había propinado una buena paliza al cura. Se podría decir que, al hundirle la cara en un charco embarrado, fue el pobre Eli el que fue bautizado a manos del iracundo Daniel. Viéndose obligado a someterse a la extravagancia enardecida de los espectáculos del predicador, Eli no desaprovechará la oportunidad para devolverle la jugada, exigiéndole que confiese sus pecados mientras le obliga a arrodillarse y le abofetea. La diferencia crucial entre ambos “bautizos” es la misma que antes: a Daniel, las pocas personas que le ven apalizar a Eli lo miran desde la distancia, en silencio y extrañados. Eli, gritando y abofeteando a Daniel delante de todos sus seguidores, es celebrado y hasta aplaudido. Por la razón que sea, a Eli le adoran por sus promesas basadas en una fe ciega, pero las de Daniel, que incluyen educación, cultivos y prosperidad para la ciudad en general, no parecen tener valor. El único interés en Daniel es poder beber de su batido.

Pero el título original, There Will be Blood (Habrá sangre), prometía hemoglobina, y Daniel tenía claro su elección para que la derramara. Irónicamente, Eli es el único que, a su manera, considera a Daniel de la familia. En la enloquecida rabieta final del petrolero, mientras persigue al predicador en su bolera privada, Eli huye sin dejar de gritar “¡Somos hermanos! ¡Somos hermanos!”. Pero los sermones llegaron a su fin. Daniel, por fin aislado del mundo, ya se ha bebido su batido.

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