Die my Love, de Lynne Ramsay

En 1968, Chantal Akerman llevó a cabo el cortometraje Saute ma ville en el que la protagonista, interpretada por ella misma, entraba en su apartamento y lo destrozaba todo, tanto los bienes físicos como las expectativas implícitas a un género. No he podido evitar ver a esa Ackerman en algunas escenas puntuales en lo nuevo de Lynne Ramsay, Die My Love, protagonizada en este caso por Jennifer Lawrence y Robert Pattinson en los papeles de Grace y Jackson respectivamente, una pareja que se muda a una casa de campo aislada a vivir con el inminente bebé que están esperando. A su vez, la película me ha hecho pensar en Una mujer bajo la influencia (A Woman Under the Influence, 1974) de John Cassavetes, especialmente en la problemática relación de Mabel (Gena Rowlands) con el resto de los personajes de su entorno: en ambos casos tenemos un retrato crudo de una mujer cuya conducta libre y alejada de lo estipulado, ante la mirada juiciosa de los demás, resulta cuanto menos errática. Lawrence, eso sí, se distancia de Rowlands y encuentra su propia locura en Grace, un personaje críptico que le da mucho juego a la actriz para que se luzca en pantalla, uno de los puntos más fuertes del filme, ofreciendo una actuación que resulta tan divertida como incómoda, tan hipnótica como desesperante.

La película no se anda con rodeos. Tras una breve introducción con la cámara en el interior de la casa a la que se mudan los protagonistas, su estado en ruinas como indicio de su futuro, Ramsay sorprende con un jumpscare en toda regla con la inserción repentina de un montaje acompañado de musica a todo volumen. En dicho montaje, alterna la diversión salvaje, el baile desinhibido y, en general, la pareja feliz disfrutando el uno del otro, entrelazado con las imágenes de un bosque en el que se está iniciando un violento incendio, una premonición más de la fuerza destructiva que se está despertando entre la inadvertida pareja. Tan repentinamente como apareció la música, esta desaparece y una elipsis nos sitúa en la casa con el bebé ya nacido y una Grace que se comporta de un modo extraño, acechando a su familia con gestos felinos y un cuchillo en la mano. La violencia latente del filme es innegable y, sobretodo, incómoda e inquietante. Lo cierto es que todo da indicios de una posible depresión post parto, y Ramsay no omite elementos que intencionadamente apuntan a ello, hasta los propios personajes lo mencionan en algún momento. Sin embargo, esas pistas parecen jugar al despiste en su ambición críptica que coloca a la protagonista en una posición de incomprensión y aislamiento total. El hermetismo de Ramsay se toma al pie de la letra aquello de mostrar y no contar, apostando por la ambigüedad desde la forma para sumergir al espectador en una experiencia que comparte la angustia de Grace y luego lo abandona en la confusión, sin determinar explícitamente ni el qué ni el porqué. La voluntad críptica de la directora diluye el tiempo hasta deshacerlo por completo, mezclando presente, pasado y futuro en los pequeños detalles y sin orden aparente, siempre desde la sutileza y misterio que caracteriza su filmografía.

Además, la perspectiva sujeta a la compleja protagonista da pie a momentos que rozan lo fantástico, dejando restos de desconcierto que aumentan la sensación de desconexión de Grace. Hay algo especial en el personaje de Lawrence, sea lo que sea, eso está claro. Una inquietud constante e inexplicable enjaulada como a una bestia en la rutinaria vida doméstica. Al contemplar Jackson la inmensidad del espacio con fascinación, Grace replica que no le gusta sentirse insignificante. La crudeza de la película recae, efectivamente, en lo insignificante que parece ante los demás, la inagotable monotonía en su vida, y su imposibilidad por encontrar un consenso entre sus expectativas vitales y lo esperado de ella. La ambigüedad de Ramsay que mencionaba no es más que otro ingrediente en la dureza al retratar la tortuosa historia de Die My Love, ya que, lejos de ser una mirada objetiva, permite el repentino contraste ocasional de los hechos con la percepción desdibujada de la protagonista. Sin respuestas definitivas, ante el aburrimiento Grace gatea y acecha como una gata, aunque quizás sea más acertado compararla con una tigresa (pero llegada a la situación, se pelea a ladridos con un perro, momentazo a destacar para un servidor). No se la puede domesticar, ni quiere que la domestiquen. La asfixiante y aburrida cotidianidad normativa no es lo suyo, la jaula que ejercen los roles establecidos en la sociedad no pueden contenerla. Es curioso como el incendio del inicio, que parece predecir la destrucción que está por venir, acaba convertido por la propia película en un símbolo de libertad, una que es inabarcable, tan intensa y brutal que puede resultar destructivamente abrasadora e inaccesible para cualquiera que intente acercarse.

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