George Clooney, what else?
Mirándose al espejo en un tren que recorre Italia rumbo a la Toscana, Jay Kelly —o lo que es lo mismo: George Clooney— se repite en voz alta su nombre: Jay Kelly, Jay Kelly, Jay Kelly… Gary Cooper, Cary Grant, Clark Gable, Robert De Niro… Jay Kelly. ¿Conocemos de algo a ese galán contemporáneo que anuncia cafés con su sonrisa impecable?
Jay Kelly es un entretenido artificio para quien admire a ese atractivo y encantador silver fox que es George Clooney. Se trata de otra historia de cine dentro del cine que, una vez más, se centra en el ocaso de una estrella, una de las últimas grandes celebrities del cine comercial y popular norteamericano. Pero quien espere encontrar aquí mucho más que un producto audiovisual de consumo podría llevarse una decepción. Encadenando episodios del presente y del pasado del actor, el relato del viaje a Europa es un pretendido recorrido autorreflexivo hacia la auténtica identidad detrás de la star.
La película comienza con Emily Mortimer —co-guionista del film y peluquera del protagonista— en el espejo de un set de rodaje: un gesto mínimo, casi banal, pero que anticipa todo lo que vendrá. En esa superficie brillante ya están atrapados los fantasmas que recorrerán el filme: las vidas pasadas, las versiones posibles y los papeles interpretados (llegaremos incluso a ver imágenes de The Peacemaker, Ocean’s Eleven o Up in the Air). Ese espejo es el verdadero escenario de la narración. A partir de ahí, Baumbach articula una historia que gira sobre sí misma, atravesada por apariciones —los viajeros del tren, la actriz a la que Clooney besó o el director que le dio su primera oportunidad (un entrañable Jim Broadbent)— que cruzan decorados mediante cómodos fundidos. Son los fantasmas de una identidad fragmentada y proyectada como un haz de luz anacrónico.
Jay Kelly quiere constantemente interrogarse sobre esto, reforzada por la cita inicial de Sylvia Plath: “Very few people do this any more. It’s too risky. First of all, it’s a hell of a responsibility to be yourself. It’s much easier to be somebody else or nobody at all”. Pero Baumbach no se lanza a ese abismo, más bien lo bordea. Play the part / play yourself, sintetizando un dilema que, sin embargo, se repite hasta la extenuación sin que haya un verdadero descentramiento. La escena en la que Clooney baila el Rumore de Raffaella Carrà antes de enterarse de que su padre está enfermo —y la posterior constatación de que el padre ya se recuperó y ha decidido marcharse, dejándolo literalmente solo en Italia— subraya ese juego de máscaras. De igual modo, se presenta un mundo visto como decorado, como postal aspiracional desde la mirada yanqui: la italianidad performativa, concentrada en el personaje de Alba Rohrwacher, o el comentario del padre: «Italia me recuerda a Bakersfield, California».
Todo funciona como recordatorio continuo de que este viaje no es real sino escenográfico. Cada flashback incide en el distanciamiento entre actor y persona, cada personaje secundario remarca la tensión entre vida pública y privada y cada mueca característica de Clooney nos devuelve a su máscara publicitaria. El personaje de Emily Mortimer abandonará la troupe para dedicarse al estilismo capilar del primer ministro francés; Laura Dern se bajará del tren antes de llegar al destino para salvar lo que queda de su vida íntima y solamente Adam Sandler —fiel Sancho Panza— permanecerá al lado de Jay Kelly como soporte fundamental en la gesta de la estrella. Sandler encarna la lógica del mercado y de la industria: la prioridad es la producción constante, el mantenimiento de un ideal, incluso a costa de la propia vida.
El filme manifiesta autorreflexividad, pero su impronta comercial lo hace hablar del agotamiento de la estrella desde un lugar tan pulido, tan controlado, tan “Netflix”, que reproduce el mismo agotamiento del modelo que lo sostiene. Una película que quiere ser una meditación sobre la fama, pero que está constreñida por la lógica industrial que ha convertido la autoría en gesto superficial. La mirada de Baumbach acaba generando un objeto extraño: una película que intenta homenajear un mundo perdido mientras es absorbida por el mundo que realmente existe, el de la creatividad manufacturada y la profundidad que el algoritmo permite.
Y sin embargo, hay algo de verdad en la soledad que recorre el film. Es la soledad de Clooney en ese homenaje al que ya no queda nadie por asistir, solamente fantasmas, y la soledad metafílmica de una estrella que repite un mantra final como si se tratara de un eco sin agencia: «¿Puedo repetir? Creo que puedo hacerlo mejor». Pero también la soledad del espectador, que atraviesa el film como quien atraviesa un laberinto de espejos: rodeado de simulacros, de gestos que se repiten y de superficies que prometen una profundidad que nunca llega.
Jay Kelly recoge la quintaesencia de lo que este silver fox representa. Un filme cuyo carisma funciona siempre desde la accesibilidad y el humor, muy autoconsciente sobre el largo agotamiento del modelo de estrella del Hollywood clásico, cargado de ironía existencial y una masculinidad sofisticada y reflexiva, consciente de los artificios de la fama y del precio de la construcción de la estrella. Al mismo tiempo, irradia calidez y humanidad, tratando de ocultar su miserable condición de lógica turbocapitalista: un espejo lleno de reflejos que ocultan sus grietas.







