Siempre es invierno, de David Trueba

Tengo en casa un ejemplar de Blitz, con una dedicatoria de David Trueba que siempre me ha resultado un tanto teatral: “Para una de esas chicas que dejan huella. Un beso”. Alguna vez, confieso, lo he dejado a propósito en algún lugar de fácil alcance, por si alguna visita curiosa lo abría y se llevaba una imagen de mí, que por otra parte yo no sabría sostener.

Llevaba ese libro en mis manos en la presentación de la librería Calders. Fui la última de la fila de firmas y abordé al escritor con una pregunta absurda: un amigo, después de leer la novela, había concluido que necesitaba dejar de verme. Yo esperaba que Trueba me explicase qué había encontrado mi amigo en su historia para llegar a tal veredicto. Él no supo qué decir. A cambio, me regaló esa frase desmesurada en la primera página.

Casi once años después salgo del cine con mi amigo, sí, el que un día decidió dejar de verme, supongo que con tibias expectativas. Hemos ido juntos a ver Siempre es invierno, la adaptación que el propio Trueba ha hecho de su novela.

Blitz es el relámpago, la sacudida. Un mensaje equivocado que le llega al protagonista anunciando que su novia lo deja por otro, durante un encuentro de arquitectura en una ciudad extranjera. La novela, de hecho, se lee así, en un par de horas, como si te quedases atrapado en la inmediatez del impacto.

La película en cambio, no es tanto un instante, como una estación. El personaje pasa del desconcierto a una especie de limbo emocional. Ese periodo, a veces días, a veces años, en que sigues con tú vida mientras algo por dentro permanece congelado y sin deshielo a la vista.

Siento que de alguna forma algo parecido nos ha pasado a nosotros, a mí, al propio director, en estos años. Nuestro mundo ya no responde quizás a la narrativa del golpe, sino a la fatiga con la que seguimos encadenando trabajos, contestando mensajes, aprendiendo a separarnos sin grandes escenas. Una forma de invierno que no sabes muy bien cuándo empezó.

En 2015, Blitz ocurría en Munich, ciudad ordenada, casi aséptica en su belleza burguesa. La película en cambio se desplaza a Liège, humedad, luz amarillenta, gris industrial, un “déjà-vécu” inesperado para mí. Viví en Liège antes incluso de la publicación del libro y reconocí de inmediato en la película esa paradoja que tiene la ciudad; puede ser dura, inhóspita, pero sus habitantes están hechos de una calidez obstinada que desafía sus pendientes heladas.

Trueba incorpora un detalle que me hizo sonreír, un hombre que pasea cabras. Adoro esos fogonazos, pequeños desvíos del relato central en las películas, o en la vida. Me devolvió una memoria ambigua, no sé si un recuerdo o una de esas ficciones que la mente elabora. Pensé: yo he saludado a ese hombre. O a uno idéntico. El cine tiene esa capacidad, no solo inventa mundos, revive lo que ya no sabemos si pasó o sólo te lo contaron bien.

El cambio de entorno, el idioma, implica también un cambio de personajes, o quizás sea el tiempo transcurrido desde la publicación del libro lo que los ha cambiado. Beto en la novela resulta un tanto irritante, un poco cobarde, un poco soberbio, un poco niño. Cuando pasa la noche con Helga, una mujer mayor voluntaria en el encuentro, y se lo cuenta a su amigo, la reduce a un chiste cruel, “una vieja..”. Parece que necesita rebajar la experiencia para que encaje en el orden social.

En la película, Miguel, interpretado por David Verdaguer, conserva esa cáscara, pero Verdaguer le aporta una fragilidad que lo humaniza. Una especie de pudor, como si él mismo se diese cuenta que está repitiendo un guión heredado que ya no cree. Miguel arrastra durante buena parte de la película una maqueta incómoda, un paisaje de prejuicios, que de alguna forma ya no sabe cómo sostener.

Ella, Helga en el libro, Olga en la película, interpretada por Isabella Renauld, es la otra fuerza silenciosa del relato. Se la retrata y ella misma se autorreferencia en algún momento como imagen de soledad; pero su vida está llena de actividades, de amistades, de rutas, de vínculos. Me pregunto qué pensé de ella cuando leí el libro. Intuyo que no fue la admiración y envidia que sentí ahora: qué vida más rica, que mujer más acompañada de sí misma. Ese cambio de perspectiva de la “soledad” ajena y propia también me lo ha dado estos años.

Hay un momento vital que la película captura con delicadeza, ese en el que una ya no está en la batalla de buscar pareja, pero no renuncia al contacto, a la posibilidad de abrigo. El deseo se desplaza y se vuelve un espacio menos obligado. La pareja, el deseo, ya no son proyecto, son compañía. “Te amaré siempre hasta mañana por la mañana”, no recuerdo dónde leí esa frase.

La escena de sexo entre ambos merece un párrafo aparte. Creo que Trueba intentaba enfrentarnos a la incomodidad de la diferencia de edad, del cuerpo maduro, quizás a la torpeza del primer encuentro. Lo que me incomodó a mí no fué la edad o el cuerpo de ella; al contrario, qué regalo es ver filmada esa belleza sin disculpas, ocupando un lugar central. Me incomodó la coreografía: demasiada prisa, poca escucha, aceleración ansiosa hacia la penetración; en resumen, ese automatismo hetero que cansa. Me pregunto si es un gesto consciente del personaje o la forma en que aún entendemos el sexo, como un trayecto con meta predefinida, más que una conversación.

Me consuela que mi acompañante y yo compartimos la misma opinión: si ella llevaba doce años sin sexo, qué pena que fuera así.

En ese paisaje emocional detenido, Georges Brassens con su Les amoureux des bancs publics me pareció un regalo bien elegido para la banda sonora. Una canción que habla del amor sin expectativas ni épica. Dos amantes que se sientan en un banco público y hacen de ese espacio provisional un pequeño mundo compartido.

Me descubrí pensando que mi propia forma de amar se parece ahora más a compartir un banco en un parque, que a compartir una hipoteca.

Voglio vederti danzare de Franco Battiato también me hizo sonreír, como un recuerdo de verano en mitad del invierno emocional. Sugiriendo que hay claridades inesperadas incluso cuando nos creemos congelados. La película que parecía instalada en el gris, deja pasar una luz que no deslumbra pero que cambia la temperatura.

Esa es la luz del final en la cala de Mallorca. Algunos lo pueden ver inverosímil; a mí me interesa como gesto simbólico. No como promesa de futuro, creo que he dejado claro que no creo en esas garantías, sino como un espacio breve de posibilidad. Como decía J. G. Ballard: “Lo único que importa son los próximos cinco minutos de tu vida. Todo lo demás es ficción”. Creo que decía eso, si no era algo parecido.

A la salida del cine, mi amigo y yo hablamos durante horas de los personajes, de Liège, del paso de tiempo, de las relaciones. Y ahora, mientras escribo esto, me doy cuenta que nunca le pregunté directamente por qué aquel libro le hizo decidir que necesitaba dejar de verme. No importa ya. No porque hayan pasado los años, sino porque hay personas que te construyen desde lugares que no siempre identificas, relaciones que persisten incluso cuando se ausentan, incluso cuando deciden marcharse por un rato. Y sospecho que tú permaneces también en ellos.

Quizás por eso Blitz y Siempre es invierno dialogan tan bien con nuestras vidas, porque no hablan de finales ni de principios, hablan de esos territorios intermedios donde seguimos encontrándonos aunque no sepamos muy bien desde cuándo ni hacia dónde.

De esos vínculos que, como ciertas ciudades y ciertas películas, vuelven a nosotros sin pedir permiso, en cuanto el invierno afloja un poco y deja pasar de nuevo un rayo mínimo.