Avatar: Fuego y ceniza, de James Cameron

En su obsesión irrefrenable por seguir contando el periplo de los na’vi, James Cameron materializa un mundo soñado —hoy, quizá, imposible de ser reproducido de otra forma— en Avatar: Fuego y ceniza (2025): el delirio de la (¿viva?) imagen digital que naufraga en el presente como un viajero extraviado en el tiempo. El exceso de esta tercera entrega convida a la resaca febril de su espectacularidad bulliciosa y festiva, donde experimenta una ejecución lastrada por un relato, si cabe, cada vez más desmedido, estéril y fascinante en todos los aspectos.

Es difícil hablar de rara avis, especialmente al tratarse de la continuación directa de dos de las películas más taquilleras de la historia, pero la vocación indescifrable de esta parte convida a preguntarnos el motivo de su mera existencia —o de la existencia en sí misma, si logras disociar lo suficiente—. Ya en su idea de base había algo conflictivo o paradójico en su reivindicación medioambiental y espiritual, sobre todo teniendo en cuenta la imagen que empleaba para hacernos creer dicha convicción. En la primera, estrenada en 2009, quizá este mensaje todavía era plausible (o medianamente certero) al revelarse popularmente a través de un lenguaje insólito hasta la fecha. El legado que dejó entonces, marcado por su propia influencia, hace que esta secuela llegue fuera del momento que originalmente fue concebida, y su existencia renovada parece ligada al cadáver hiperrealista de una tecnología mutable que ha anulado sistemáticamente su propia capacidad de significancia o autocontrol.

Sin cuestionar la labor mega(lopo)lítica del trabajo de James Cameron, esta idea de una obra tendida por una producción de años y años me ha llevado a pensar en la póstuma y milagrosa The Primevals (2023) de David Allen. En este caso particular, el cometido de la misma dialogaba y se enriquecia contextualmente con su condición desprendida —de más de cuarenta años de creación—, tratándose, además, de una serie de personajes que descubrían una civilización oculta en un tiempo pasado; aplicando un stop motion, hoy en día, remotamente anticuado a los estándares de la industria. En el caso de Avatar: Fuego y ceniza no existe esta lectura, o por lo menos, no lo hace de forma consciente. De hecho, la narración se entrega a una convicción lineal y casi episódica, donde su nula capacidad de digestión emocional hace que sus más de tres horas sucedan a una velocidad vertiginosa, ahogándose en un mar de historias carentes de impacto o trascendencia. Sin embargo, la forma que emplea sobresale a la etiqueta presumible de una obra sin autoría o dirección, y el riesgo e interés reside, precisamente, en la ambición accidentada de ser algo más (el qué ya es otra cuestión).

El lenguaje sublimado e hipertrofiado de un digital estilizado hasta los poros sobrepasa los límites asequibles para cualquier título o franquicia similar, y en ese descontrol recae la sospecha del sentido de la maravilla y la épica, aunque sea, por lo menos, de un modo primordialmente elemental; de luces, colores, criaturas, explosiones, texturas… Todo se mueve con la cadencia de la cinemática de un videojuego triple A, y esta fluidez agotadora y prácticamente ininterrumpida sucede como su mayor logro y con el que denota su marca de estilo. Claramente, aquí ya no se produce el primer impacto de descubrir este mundo, pero su cuerpo formal parece querer insuflar de vida una acción reverberante y plástica, especialmente en sus enfrentamientos multitudinarios, donde su objetivo principal es cautivarnos por su simple y llana existencia, donde la técnica se impone como catalizador de esa espiritualidad que subyace en el interior de Pandora.

Los temas centrales, ligeramente inadvertidos por su saturación, siguen siendo los mismos de las dos anteriores: una crítica al militarismo, a la invasión colonial, a la explotación de recursos naturales, a los cimientos del núcleo familiar… Esta amalgama de derivas se mezcla con un fondo shakesperiano que ensalza un drama de proporciones bíblicas —de padres e hijos y de héroes y villanos—, donde el viaje alarga estos extremos en un batiburrillo que escala hasta un clímax por el que sobresale ese atisbo de corazón (aún) latente que se esconde en las infinitas capas que genera el croma verde. A su favor, pese a no ser ni mucho menos brillante —y algo más irregular que las anteriores—, cabe destacar esta tercera parte como la cima de ese exceso al que siempre ha aspirado, buscando su memorabilidad a través del riesgo de una exhibición profundamente sensorial y exhaustiva.

Avatar: Fuego y ceniza abraza su total convicción para dar con una película tan accidentada y terrible como herzogiana e íntegramente pasional. Una excepción al modelo de blockbuster que el propio director asentó en el pasado, y que aquí logra elevar para explorar la pulsión más desenfrenada y directa de la ficción cinética; en un ejercicio frontal con el que vuelve a intentar atravesar la pantalla. Para bien o para mal, y como parte responsable del cine que ocupa nuestro tiempo, quizá esta sea la forma más certera de acercarnos a la imagen borrosa y mutante que nos depara nuestro porvenir.

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