Ausencias
La última edición del Festival Internacional de Cine de Gijón comenzaba bajo la sombra del fallecimiento, tras una larga enfermedad, de su jefe de programación Fran Gayo, homenajeado con la reproducción de uno de sus poemas en la cortinilla que abría cada proyección, y la resaca del mismo nos ha traído la noticia de la repentina muerte de José Luis Cienfuegos, el director que puso al certamen gijonés en órbita, precisamente con Gayo como principal cómplice. Y como si de una alineación de astros se tratase, la ausencia es un tema mayor que recorre las quizás dos mejores películas que tuvimos ocasión de ver en el certamen.
Se podría pensar que Wind, Talk to Me es una obra de luto, dado que orbita alrededor de la muerte de la madre de su director, Stefan Djordjevic, pero no me parece el caso. Por contra, es curiosa la afinidad de este título con el también serbio Desire Lines, visto en la SEMINCI. Porque ambas películas hablan del encuentro con la naturaleza, con los seres y con los espacios. Además ambas presentan unos singulares pliegues de estructura argumental. Djordjevic había comenzado esta obra como un documental sobre su madre enferma, Neca, pero su fallecimiento, el vacío ocasionado por su ausencia, recondujo el proyecto hacia ese espacio híbrido entre lo real y lo ficcionado. Así, Stefan deviene en protagonista, en su condición de director que realiza una película documental inacabada sobre su desaparecida madre. Y para completarla, reúne a la familia en el camping donde ella vivía. La figura de Neca sobrevuela todo el metraje, especialmente sus palabras pidiendo a Stefan fe y confianza para poder escuchar aquello que le dice la naturaleza, el viento que cita el título, para encontrar la armonía con su entorno, como una brújula para una existencia en la que ella ya no va a estar presente. De hecho, la película nos muestra en su tramo inicial un plano de la mano de Stefan posada en el tronco de un árbol al que está abrazado, un acto de literalidad un poco humorístico a la hora de buscar un mensaje o una respuesta en la naturaleza que se le resiste. Poco después, de camino en coche hacia el camping, atropella a un perro sobre quien proyecta en alguna medida su trauma generado por la pérdida. Cuidarlo y sanarlo se convierte así en una obsesión con profundo significado. Las escenas con Neca en el pasado se alternan con la actividad en el camping en presente, con las conversaciones de Stefan con sus familiares, con el vaciado de lo que eran las pertenencias de su madre, con los baños en el río y la disipación en los alrededores. Es como si no hubiera salto temporal entre la presencia y la ausencia de Neca, y así poder fijar en la estructura narrativa ese recuerdo que nunca dejará de estar presente en los personajes. Hay algo terapéutico en la película, en su tono, en su ritmo, en su forma de mirar a la naturaleza. Pero igualmente el misterio se abre camino en sus imágenes, no sólo por su falta de linealidad y por su carácter elíptico, sino también por su manera de presentar y encuadrar a los personajes, de relacionarlos con el espacio que ocupan. Sin duda, en el cine contemporáneo de autor la primera persona se ha vuelto casi un lugar común, y este film viene a abundar en la acusada tendencia actual de directores, especialmente primerizos, que hablan de sí mismos, de su familia y de sus circunstancias, a veces con actores interpuestos o directamente saliendo en pantalla, como es el caso. Pero es innegable la personalidad de Stefan Djordjevic y su capacidad para generar emoción desde la serenidad, alejado de cualquier asomo de sentimentalismo en un tema tan delicado como es la muerte de una madre.
Las ausencias y conexiones están también muy presentes en Así llegó la noche (Así chegou a noite), donde Ángel Santos da continuidad a su universo de caracteres insulares, aparecidos, desaparecidos o reaparecidos, abordando unos personajes que ya habíamos visto en el cortometraje-precuela (porque en realidad fue escrito posteriormente) Así vendrá la noche. En aquella obra, al igual que en Por la pista vacía, dirigida por su cómplice en la escritura Pablo García Canga, era muy importante el acto de conexión humana, la comunicación a un nivel más confesional, la posibilidad de abrirse a un estado emocional más vulnerable. Por tanto, lo que dicen los personajes, lo que transmiten, es tan significativo como aquello que callan u omiten. Y justo en esa dualidad jugaba el cortometraje. Por eso las palabras tienen un peso tan importante en el cine de Santos. Nunca sirven de relleno o se pronuncian de forma gratuita en una obra tan carente de conversaciones casuales. Es un peso aún más significado dado el largo tramo inicial desnudo de diálogos con el que se abre Así chegou a noite, que nos introduce la solitaria figura de Pablo, un escultor que se adivina un tanto huraño, aislado del mundo, un tipo que nunca deja de ser misterioso, que quizás no quiere (volver a) ser vulnerable. El film se detiene y sigue paciente sus trayectos entre el taller donde trabaja, el piso donde vive y una cabaña al lado del mar que le sirve de guarida ocasional, como si fuera un permanente puesto avanzado para la huida, el refugio de su insularidad para escapar de las componendas sociales. Los espacios son esenciales en la película, dibujan un mapa muy definido por el que se mueven los personajes, lugares poco transitados que resaltan la sensación de soledad o la ausencia, unos espacios que Pablo recorre inicialmente solo y luego en compañía de Andrea. Ella es una antigua amante, casada y asentada en Canadá, que regresa de visita, un personaje que busca una conexión más intensa y profunda que la que encuentra en su marido, pero también otra persona en busca de su lugar, fuera de un matrimonio que no le satisface. De hecho, será ella quien finalmente transite sola esos mismos escenarios de nuevo, en alguna medida haciendo espejo de los gestos de Pablo. Pero Andrea no es otro Pablo; ella forma parte de la dicotomía quizás más esencial en la película. Ésta presenta por un lado al vigilante del camping, personaje inspirado en el escritor Roberto Bolaño, un tipo peligrosamente cercano a un arquetipo peliculero, con todo su cinismo y misantropía tan descaradamente sentenciosa. Es un hombre que sólo parece interesado en la camaradería masculina y en el sexo, tan crítico con conceptos como la amistad o el amor, pero en realidad sirve como contrapeso del personaje de Andrea, más afín a la mirada de Santos, de su apuesta por la calidez del vínculo humano. Y entre ambos se mueve la huidiza figura de Pablo, quizás un personaje herido pero también representante de un cierto romanticismo masculino un poco infantil, consagrado a una soledad que nos puede hacer pensar por ejemplo en el pistolero de un western, como si involucrarse con sus semejantes fuera a propiciar la tragedia. Santos nos acerca estos caracteres con una obra de cocción lenta y planificación visual que acoge a los personajes dándoles espacio y tiempo para expresarse, para que revelen en alguna medida su naturaleza en esa aventura que son las relaciones sentimentales (en el sentido amplio del término), tan complejas y tan esenciales para la experiencia humana.








