¿Cuándo soñarán los androides?
Tras escuchar el sonido de un teléfono, vemos en primer plano el rostro de Diana (Patricia López Arnaiz). Mirando hacia cámara afirma que no va a coger la llamada. No se dirige a un ser humano, pues quien la escucha es Lara, su androide, que dialoga con una inquietante naturalidad. Pronto sabemos que la llamada proviene de Martín (el siempre solvente Javier Rey), el padre de su hijo fallecido, y la posterior conversación entre ambos desencadena un reencuentro en la antigua casa del lago para conmemorar el duodécimo aniversario de la muerte del niño. Pero la aparición de un extraño joven misterioso, Andrea (Miguel Iriarte), dispara las dudas que invaden a la protagonista. ¿Es un extraño, un recuerdo o una reconstrucción artificial?
Desde el principio, la audiencia es situada en el lugar de la inteligencia artificial (IA), obligándonos en cierto punto a mirar y a “leer” los gestos humanos como datos. El dolor que Diana lleva guardado aflora en su dureza facial, y Lara rápidamente los identifica con precisión quirúrgica: sorpresa, urgencia y miedo. Esta lectura automática de la emoción inaugura un relato que gira en torno a la pérdida, el duelo, la culpa y la fragilidad de la memoria, pero también sobre la creciente opacidad del límite entre lo humano y lo “no humano”, aquí representado por la máquina.
Dirigida por Alberto Gastesi, Singular se sitúa en un cruce de géneros que va desde lo dramático hasta el thriller psicológico, pasando por la ciencia ficción y rozando incluso elementos del terror. Más allá de su depurada puesta en escena y su elegante guion, en el filme destaca, por encima de todo, la interpretación de Patricia López Arnaiz, que despliega aquí un rango gestual incluso superior al de su brillante papel en Los domingos. Su rostro funciona como superficie de proyección emocional y también como interfaz: puede ser leído, traducido y reinterpretado, como si el filme nos arrastrase una y otra vez a verlo como si fuésemos un sistema de IA.
Singular dialoga con una larga tradición de los más diversos relatos de ciencia ficción, desde El sexto sentido hasta Westworld, y lo hace desde la sobriedad de un cine que se desarrolla con apenas tres personajes y en un espacio muy delimitado, casi teatral. El verde del campo —que tanto hemos visto recientemente como espacio para la desconexión tecnológica— sustituye al verde digital de The Matrix, pero la dialéctica entre realidad y simulación siguen tan vigentes como en la saga de las hermanas Wachowski.
Llegados a este punto, es difícil profundizar sin desvelar información clave del filme, pero es necesario advertirlo: Singular convierte la casa del lago en un espacio purgatorial donde el tiempo se pliega sobre sí mismo y la experiencia parece atrapada en un loop. Esta estructura remite a la lógica de la repetición infinita del universo virtual contemporáneo: el scroll infinito y un ensayo-error sin finalidad trascendente. En el bucle como modo de existencia, cada interacción aporta datos no para que los vivos comprendan, sino para que el sistema aprenda. Si los diálogos insisten en que “vivir con dolor merece la pena” o que “la vida no puede aprenderse”, la forma fílmica tensiona esas afirmaciones al extremo, poniendo en escena el choque entre la finitud humana y la inorgánica acumulación incesante de información.
Y, avisando de nuevo del posible spoiler, puntualizamos que la película actualiza la vieja figura del hijo muerto que regresa —tan central en la tradición monoteísta—, para traducirla al presente tecnológico. Ahora el retorno ya no es espectral ni exactamente carnal, sino que adopta la forma de un sistema tecnológico entrenado con nuestras huellas. Si antes los muertos volvían porque el duelo no estaba cerrado, ahora vuelven porque hemos entregado a la tecnología nuestra memoria, nuestros hábitos y hasta nuestra capacidad de soñar. Cuando ya hemos depositado en la máquina todo aquello que no sabemos dejar ir, la IA acaba ocupando el lugar significante y productor de significado. No es casual que, en paralelo, en nuestra realidad prolifere el runrún mesiánico de la deificación de la IA por parte de gurús del “tecnofeudalismo”. Singular parece captar, en su pequeña escala, el momento de este inquietante desplazamiento cultural. El filme es, simultáneamente, una obra de ciencia ficción sobre la IA que reflexiona sobre la vida y la muerte, un thriller sobre la necesidad de control y un drama sobre la dificultad de sostener el duelo sin caer en la tentación de la repetición infinita. Ha sido, sin lugar a duda, una de las propuestas españolas más estimulantes del año. Y, aunque no aparecerá en muchas listas ni en las galas de premios, como tantas otras obras maltratadas por la distribución, contiene un cine de género arriesgado, sólido y profundo que hará disfrutar a cualquiera que esté dispuesto a dejarse afectar por él.








