En mitad de la noche, mientras nieva ininterrumpidamente, una mano aparece tendida sobre el suelo, en lo que se presupone, o parece, que es un cadáver. Así se suceden los créditos iniciales de Vida privada , último trabajo de Rebecca Zlotowski, quien acompaña este primer momento con la antológica Psycho Killer de los Talking Heads —una decisión, ya de entrada, completamente bienvenida—. Al rato, cuando sea expuesto el planteamiento, será posible relacionar esta mano con el personaje de Virginie Efira, quien interpreta a Paula: una mujer que, presuntamente, se quitó la vida. La duda de esta motivación proviene por parte de su psiquiatra Lillian —una divertidísima Jodie Foster—, que sospecha que se trata de un asesinato y señala al marido y la hija de esta —Mathieu Amalric y Luàna Bajrami, respectivamente— como principales sospechosos. En su particular investigación, la recuperación del contacto con su expareja (Gabriel Haddad) conducirá el misterio que rodea esta circunstancia hacía una encrucijada emocional donde se interrogará la propia ética psiquiátrica, la medida de su intervención y el peso de los distintos vínculos afectivos.
Respaldada por un reparto soberbio —atención al nuevo cameo de Frederick Wiseman–, Zlotowoski renueva su dominio tras la estimulante Los hijos de otros (2022), donde su propuesta formal subvierte las limitaciones de un guion ligeramente funcional para revelarse como una narradora visual formidable. En sus rasgos característicos, el uso de elementos de intersección oscuros ayudan a fragmentar los planos y denotan la opresión que siente la protagonista, constatando una serie de espacios cotidianos sobre los que generar continuamente imágenes evocadoras, al servicio y acento de dicha emoción. En su desarrollo, la aparición de símbolos como espejos o escaleras de espiral terminarán de redondear un relato intrincado en su devenir doliente y confuso que, como una sesión de terapia o hipnosis, pretende acercarse poco a poco al interior de uno mismo. Este autodescubrimiento será consecuente con un ejercicio que no flaquea en su voluntad ligera y trivial, recordando en espíritu a los seriales británicos de investigadores (y derivados) de los 80 y 90.
Como bien dice la canción de David Byrne: «I can’t seem to face up to the facts» (parece que no puedo afrontar los hechos), un pesar que podría atribuirse directamente a su protagonista, que más allá de verse afectada por lo acontecido, también mantiene una cierta distancia con su familia y sus traumas personales; aunque en su frialdad metódica y profesional, ella diga que llora sin tener ningún motivo aparente. A medida que va avanzando, la obsesión y su implicación con este caso acabará removiendo los esquemas de su vida privada —como señala el título—, y la falta pertinente de explicaciones y respuestas derivará en una historia de intriga que abraza los tropos presumibles del género para descubrir nuevos caminos que apuntan hacia el padecer de un personaje encerrado en sus convicciones. En su progresiva revelación, esta deriva podría resultar ligeramente insatisfactoria, sobre todo por cómo deja ciertas incógnitas sin resolver. Sin embargo, la cineasta consigue sobresalir a esas expectativas ofreciendo un retrato mucho más próximo a la vulnerabilidad de sus personajes, revirtiendo la ironía que los escuda para acercarse a unos arquetipos solitarios y esquivos —preciosa esa conversación final entre Lillian y su exmarido dentro de un coche, donde se confiesan porque abandonaron su relación—.
Sin grandes alardes, Zlotowoski crea una historia que evoca el Vértigo (1958) de Alfred Hitchcock para ultimar una película que apuesta todo su potencial al lenguaje cinematográfico —del mismo modo que hacía el maestro del suspense—. Un trabajo que sobresale a su predisposición primera desde la mirada precisa de una cineasta que interroga el cómo de su imagen, convidando a entender las flaquezas de cada quien y valorar la intimidad como esa segunda vida que se sufre solo por dentro, y a veces, sin poder hallar una explicación. Qu’est-ce que c’est?








