Supongo que ya habrá prescrito y por eso me atrevo a contaros esta pequeña confesión.
Dice el refrán que quien tiene un amigo, tiene un tesoro, pero si a eso le sumas que caminábamos entre el año ‘99 y el temido año 2000, y que tu amigo era encargado de un multicines…
Pues sí, José era heredero de una estirpe de proyectistas antiguos, de los de sala única y asientos de terciopelo rojo, desde niño andaba como Totó, enredando en la cabina de un viejo cine de pequeña ciudad y, con el tiempo, no heredó dinero pero sí sapiencia, conocimiento, destreza, habilidad, experiencia y deseo por el séptimo arte, en su faceta más artesanal, manufacturera y de clase obrera: enrollar, cortar, pegar, colocar y adecentar bobinas de film para que cuando se hiciera la luz, todas las personas pudiéramos gozar de una peli fantástica en pantalla enorme y, con suerte, con algún que otro pelito de jersey barato en una esquinita.
Con el tiempo, José, se hizo mayor y pasó a regentar una macrosala de cines de otra pequeña gran ciudad, situada, como casi todo en el final del siglo XX, en un parque comercial, pegado a un gran súper y cercano a algún restaurante de fast food al que la palabra restaurante le venía enorme.
José, con su superpoder, nos brindaba la posibilidad de acceder por la patilla más de una vez al cine, para disfrutar de las pelis que tanto queríamos disfrutar, con la consabida y flagrante desobediencia. Rara era la semana que no aparecíamos por la cercana pero lejana ciudad tres o cuatro de nosotros para colarnos deliberadamente en la sala, casi siempre sin saber a qué peli íbamos, pero siempre bienaconsejados por José.
Añádele a eso subir a una cabina, ver los rollos, saber cómo se empalmaban las bobinas, palpar el ambiente real de ser el dueño de las pelis; la velocidad, el volumen, la calma, el traqueteo… Me cuentan que ahora las cabinas no son tan románticas y que con darle al ‘PLAY’ va que chuta. No entro en una desde el año 2000 así que hablo por hablar.
Pero sigamos con José, porque su superpoder no acaba ahí. Había semanas en las que se convertía ya en una suerte de Papá Noel o genio de la lámpara porque, con sigilo y en petit comité nos invitaba a unos pocos a ver en exclusiva un estreno.
Os contextualizo mejor: las pelis, como hoy en día, se estrenaban los viernes, pero a las salas llegaban los miércoles (o los jueves, eso no lo recuerdo tan bien) y José nos hacía una première en toda regla, por la cara, y pa’ nosotros cinco.
Así nos enamoramos por primera vez de la Reina Amidala, nos aburrimos como ostras con George Clooney aguantando un chaparrón o descubrimos, cagaos de miedo, que Bruce Willis también estaba muerto. Nunca lo hablé con mis compañeros de cinefórum, pero en esos momentos me sabía un privilegiado, me sentía rico y con ansias por acelerar los días para que llegara el siguiente estreno.
Esos ratos se nos quedarán en la memoria para toda la vida, porque aunque José sigue comandando un multicines, no está la cosa como para que vayamos a colarnos por la cara, ya bastante tienen las pobres salas con su lucha particular como para que encima se cuelen cinco señores canosos a entrar de balde a ver el último estreno.






