La emoción como único destino
La única irreal es la reja; la libertad es real aunque no se sabe bien si pertenece al mundo de los vivos, al mundo de los muertos, al mundo de las fantasías o al mundo de la vigilia (…) Aunque parezca a veces una mentira, la única mentira no es siquiera la traición, es simplemente una reja que no pertenece a la realidad.
Francisco “Paco” Urondo, poema escrito desde la Cárcel de Villa Devoto
La sensibilidad de Derek Cianfrance reaparece sin traicionar el sello autoral que construyó hace más de una década. Roofman de nuevo nos ofrece su mirada íntima sobre lo humano, pero con su indistinguible persuasión con la que primero nos seduce e ilusiona, para luego quebrarnos el corazón y continuar así la búsqueda constante del director por retratar la complejidad emocional humana. Esta vez lo hace a partir de un relato basado en hechos reales que no sólo reafirma sus obsesiones, sino que se convierte en un estandarte de un cine pasado, que no sólo sobresale como un gesto nostálgico entre el cine actual, sino que además permite reavivar el encanto de un cine americano, fundamentado esencialmente en los personajes, a través del cuál resurge la sensación de que la vida es una historia extraordinaria.
Aprovechando su cambio de tono melancólico-trágico a uno cómico-agridulce, hace de su visión un componente aún más sobresaliente. No porque estemos ante su mejor película —no lo es—, sino porque, aunque parte de una historia real tan inverosímil como fascinantemente absurda, decide desplazar el énfasis de los hechos hacia el lenguaje y el punto de vista. La materia prima no es el suceso en sí, sino Jeffrey. Al colocar su mirada sobre él, el director manifiesta silenciosamente un interés que ya había explorado en Blue Valentine y Cruce de caminos sobre cómo la vida se construye con la misma singularidad que la ficción no por los acontecimientos anómalos y exagerados de nuestra experiencia, sino por lo singular e impredecible de nuestra propia condición humana, con la cuál, buscamos resolver asuntos esenciales y sencillos de la vida, como la familia o el amor, a través de soluciones exageradas y muchas veces ridículas como el robo a 47 McDonald’s para “validar un lazo familiar”. Sabiendo en el fondo, que la mayoría de cosas que hacemos para acercarnos a lo que queremos, termina por alejarlas y hacerlas cada vez más improbables. Tal como él mismo Jeffrey termina entendiendo: “sólo me necesitaban a mí, mi tiempo, que es ahora todo lo que tengo … éste es mi hogar, ahora”.
Esto debido a que Cianfrance entiende que la condición humana es impredecible y que, a través de acontecimientos exagerados o desmedidos, intentamos resolver asuntos esenciales, siendo esta contradicción humana la que fundamenta su cine y lo ha convertido en un referente, a pesar de su breve filmografía. Con Roofman insiste en relatos de familias fracturadas, donde hombres con “buenas intenciones” se enamoran de mujeres más racionales que emocionales, y esto se convierte en el punto final de su tragedia masculina. Provocando que el espectador se pregunte si el amor es siempre una motivación noble que justifica cualquier acto, o si, por el contrario, es muchas veces una fuente de frustración y desolación, que en la búsqueda de hacernos sentir completos, termina dejándonos más solos y desamparados que al principio.
Porque aunque Cianfrance disfrace sus películas de romance, su verdad no puede estar más alejada de aquello. Su obra es una constante reafirmación de que el amor no salva, por el contrario, complejiza nuestra realidad, identidad y destino. En sus películas, la familia nunca es estabilidad o tan siquiera conclusión, es siempre el inicio del viaje del protagonista a la decadencia. A través del amor es que el personaje descubre que en sí mismo aguarda otra versión más poderosa, capaz tanto de amar como de destruir. En su universo siempre coexisten dos fuerzas en cada individuo: la que desea y la que sabotea. El conflicto no es únicamente social o económico, sino profundamente existencial. Las parejas de sus películas jamás comienzan completas; siempre hay algo roto o faltante que precede al destino trágico, un vacío que ya existía antes de la relación y que termina por arrasarlo todo. Sin juzgar a sus personajes, el director observa estas fracturas con una belleza dolorosa, reconociéndolas como parte inseparable de nuestro propio desencanto afectivo.
Esta visión de la realidad no es cínica. Por el contrario, está atravesada por una mirada comprensiva que no promete redención ni finales felices, pero sí una forma afectuosa de habitar el fracaso. Cianfrance nos invita a reconocernos en nuestros errores, a mirarnos con menos dureza y a aceptar que, aunque no siempre logremos sincronizar nuestras mejores intenciones con los resultados esperados, en esa imposibilidad profundamente humana también reside una forma de autoformación, empatía y belleza. Es por ello que, el tránsito de Jeffrey en la juguetería se manifiesta como un reencuentro con sí mismo y con una inocencia perdida, que no es precisamente infantil sino idílica. Un estado emocional más que en un referente a un hecho real, en el que transita de manera más álgida la posibilidad de escapar de esa versión dañina de sí mismo. Pero, así como la juguetería es una parte de sí donde la felicidad y la plenitud parecen posibles, el encierro y el exterior, no son únicamente causales espaciales sino escenarios emocionales en los que queda manifiesto el lado destructivo de Jefrrey, donde fija, casi únicamente, su valor desde una perspectiva consumista, en un rol de proveedor, mediando su amor por cuánto puede dar.
Convirtiendo a Jeffrey en el protagonista de su filmografía que confirma de manera más evidente, y ciertamente obvia, cómo nuestro destino se trunca principalmente por la forma en la que nos vemos a nosotros mismos y a los otros, siendo esta mirada y percepción trastornada constantemente por nuestras contradicciones emocionales. Por ello, aunque sea irónicamente contrario a las protagonistas de las películas de Cianfrance, lo que termina por advertirse es que no importa que tan calculador, racional o ingenioso se sea en la vida, la emoción es la verdadera guía de nuestro destino, y aunque intentemos dominarla o fingir conocerla, es un misterio que muchas veces terminará por llevarnos justo al camino que intentamos evitar.








