Hace diez años que Stranger Things llegó a nuestras vidas, lo que implica que hace diez años del último gran fenómeno seriéfilo mundial. En un mundo en el que la programación televisiva no determina qué se ve, las tendencias en plataformas son cada vez menos globales y menos duraderas. Es por eso que hay que atribuir todo el mérito del mundo a los hermanos Duffer por crear, no solo la serie insignia de Netflix, sino un fenómeno que no ha dejado de paralizar al mundo a lo largo de una década.
El éxito de Stranger Things radica, desde el inicio, en la facilidad para conectar generaciones. Una serie enfocada al público juvenil, pero con suficientes elementos adultos para enganchar a toda la familia a la pantalla. Es la serie que puso a toda una generación de niños a escuchar The Clash y a toda una generación de adultos a comprar “Funko Pops”. La mezcla perfecta de los universos de Steven Spielberg y Stephen King era el fenómeno de masas ideal y la primera temporada fue el pistoletazo de salida para una nostalgia ochentera; real para los adultos y proyectada sobre los más jóvenes.
Diez años han pasado desde que Will (Noah Schnapp) desapareciera en el bosque y Netflix ha vuelto a unificar a los espectadores de todo el mundo para el esperado final. Todo este legado hace que resulte una lástima el descenso en la calidad de la serie en esta quinta temporada, pues, aunque nunca se volvió a los estándares de la primera, se había mantenido a bastante buen nivel hasta esta última entrega. La serie ha perdido la capacidad de equilibrar el foco entre la trama sobrenatural y el desarrollo de los personajes y hace evidente que el equipo ha dejado de manejar el tono como antaño.
El tema central es el sentirse diferente. Lo era cuando los protagonistas eran niños que recibían acoso escolar por jugar a juegos de rol y lo sigue siendo cuando demonios paranormales poseen a niños inocentes que pasan a sentirse monstruos. Pero Stranger Things ha decidido abandonar ese amor por los marginados y, a medida que ha ido siendo abrazada por un público más mayoritario, se ha ido volviendo más complaciente con lo mainstream. Estas concesiones han ido de la mano de intentar contentar a todos los grupos de fans y, en consecuencia, dividir la atención en un numero mayor de personajes para que cada uno pueda disfrutar de un minuto en el foco de su favorito. Si en la primera temporada Joyce Byers (Winona Ryder) era el corazón de la serie y el grupo de cuatro niños eran el carisma, en esta última tenemos un elenco de no menos de veinte personajes que luchan por minutos de pantalla y terminan resultando mucho más planos de lo que eran años atrás.
La duración de los episodios es otro problema. Con tal de generar expectativa se prolongan de forma exagerada —el capítulo final alcanza las dos horas— y, en lugar de aprovechar el metraje para desarrollar a los personajes con conversaciones sinceras y profundas que los dimensionen, se centran en grupos de diez o doce personajes encerrados en una habitación discutiendo un plan una y otra vez. Los diálogos son sobreexpositivos y no se consigue generar un interés real en el espectador porque el tiempo no está bien administrado entre tramas y personajes. Los Duffer han apostado demasiado por intentar resolver todos los misterios y se han olvidado de que lo que enamoró al público desde un primer momento son los personajes y sus conflictos personales, más relacionados con el hecho de hacerse mayores que con el fin del mundo.
A pesar de que este espíritu se ha ido disolviendo hasta esta quinta entrega, algunos de los puntos fuertes de Stranger Things se mantienen y estos últimos capítulos ofrecen una buena dosis de la épica y la emotividad características de la serie. En concreto, el epílogo nos recuerda que nos hemos hecho mayores a la vez que los protagonistas y la despedida consigue emocionar porque se vuelve a centrar en la amistad, en el paso del tiempo y en la madurez que este grupo de inadaptados lleva alcanzando todo este tiempo. La última temporada de Stranger Things es decepcionante porque se olvida de lo que ha sido, pero no debe hacer que el público lo olvide, porque, aunque siempre lejos de ser perfecta, ha conseguido unir generaciones como ninguna otra serie.








