I am thou, thou art I
Para Carl Jung, además del inconsciente personal, existe un inconsciente colectivo: un fondo psíquico compartido por toda la humanidad, donde habitan arquetipos y símbolos ancestrales ligados a experiencias fundamentales como la vida, la muerte, el sacrificio, la violencia o el heroísmo. Estos contenidos no desaparecen con el progreso; permanecen activos, aunque adopten nuevas formas. Jung también distingue entre la persona —la máscara social que construimos para adaptarnos a las normas y expectativas— y la sombra, que reúne todo aquello que rechazamos o reprimimos de nosotros mismos: impulsos agresivos, ambivalencias morales, fascinación por el riesgo o por la destrucción. La sombra no se elimina mediante la negación; simplemente se oculta y reaparece de manera indirecta. Desde una perspectiva jungiana, Tardes de soledad puede leerse como una confrontación con el inconsciente colectivo y con aquellos aspectos de nuestra cultura que hoy preferimos negar.
Personalmente nunca me ha interesado el toreo y desde luego, sigue sin interesarme. Estuvo ligeramente presente durante mi infancia, cuando en el casino de mi pueblo los abuelos lo veían por la televisión o durante las fiestas de verano; cuando nos negábamos firmemente a asistir a las corridas como un acto de reivindicación política adolescente. Sin que apenas nadie lo notara (al menos así lo recuerdo) fue desapareciendo paulatinamente incluso de esos espacios. El toreo se percibía como un vestigio incómodo del pasado, incompatible con una sociedad occidental contemporánea basada en ideales de racionalidad, sensibilidad ética (y distanciamiento de la violencia explícita).
Serra, interesado en encontrar la esencia simbólica del acervo cultural español (ya desde Honor de cavalleria, 2006) nos enfrenta a mirar de frente a lo reprimido y descubrir si algo de ello aún vive en nosotros. Su documental no adopta una postura moral directa ni construye un discurso justificativo pero sí muestra el ritual sin filtros, sin embellecerlo ni condenarlo explícitamente. Al hacerlo, sitúa al espectador frente a una experiencia ambigua que genera rechazo, fascinación e incomodidad simultáneamente. Esa reacción contradictoria revela el contacto con la sombra: con aquello que culturalmente hemos aprendido a negar, pero que sigue formando parte de nuestra estructura psíquica.
Lo reprimido no desaparece: se transforma y reaparece en otras formas de consumo cultural, de fascinación por la violencia o de búsqueda de experiencias extremas. Conforme avanza el metraje, como espectadores descubrimos actitudes, expresiones y gestualidades que nos son familiares; que aparecen en nuestra cotidianidad desde las dinámicas diarias de cualquier local de hostelería hasta la aparente más milimetrada puesta en escena de la política nacional. Durante siglos, el toreo fue una forma ritualizada de representar simbólicamente conflictos arquetípicos: el enfrentamiento entre el hombre y la bestia, el control del caos, la proximidad de la muerte, el sacrificio público. Estos elementos forman parte del inconsciente colectivo y el visionado de este documental sorprende al poner de manifiesto cómo han dejado una huella profunda en el imaginario cultural.
En lugar de integrar críticamente ese legado, se tiende a expulsarlo del discurso público, como si no hubiera formado parte de nuestra historia emocional. La película de Serra funciona así como un espejo incómodo. Nos recuerda que ciertas pulsiones, rituales y símbolos no pueden borrarse sin más, porque forman parte de nuestra memoria cultural y de nuestra personalidad colectiva. Mirarlos de frente no implica justificarlos, sino comprenderlos. En ese ejercicio de reconocimiento reside, según Jung, la posibilidad de una integración más madura de la sombra y, por tanto, de una relación más consciente con nuestra propia historia.







