Berlinale 2026. Volumen 1

No Good Men, de Shahrbanoo Sadat

El título, bastante literal, ya nos indica la temática de la inauguración de la 76ª edición de la Berlinale, que explora la situación de desventaja de las mujeres en Afganistán. Desde una mirada que se siente honesta y con las ideas claras, Shahrbanoo Sadat no solo escribe y dirige el largometraje, también se pone en la piel de su protagonista, Naru, al encarnarla para la ocasión, explorando este problema con cierto tono desenfadado, si bien muy consciente y directo en su mensaje. Sirviéndose de un acontecimiento real, el tumultuoso contexto enfatiza la inestabilidad y la necesidad de cambio, uno que solo puede alcanzarse mediante la acción propia del individuo, prestando atención y plantando cara a la ignorancia voluntaria extendida en la sociedad. Como base argumental, la historia que cuenta Sadat es la de una relación de amor entre la técnica de cámara Naru y el famoso (e incendiario) reportero Qadrat (Anwar Hashimi), dos personajes que simbolizan la rebeldía desde la perspectiva de dos géneros distintos y cuya unión enfrenta tanto intereses como convicciones sociales. La realidad y la ficción se dan la mano para crear un retrato sociocultural de las vidas que les ha tocado vivir a Naru y Qadrat y lo que ello implica en su relación sentimental, la cual se ve ahogada argumentalmente por todos los conflictos que el filme quiere contar, una decisión justificada por la intención política de Sadat. Los momentos dramáticos, eso sí, pueden resultar un tanto pasados de vuelta, de un efectismo melodramático que contrasta con aquellos momentos que parecen buscar una mayor naturalidad, pero en última instancia No Good Men transmite la sinceridad de una autora concienzuda que cree firmemente en su mensaje.

Hangar rojo, de Juan Pablo Sallato

La película chilena El hangar rojo no pierde el tiempo a la hora de presentarse. En los primeros compases, el capitán Jorge Silva (Nicolás Zárate) señala la puntualidad y rigidez con la que dirige la escuela de la Fuerza Aérea Chilena. No obstante, tan pronto como ha acabado la formación, todo ese orden queda de la noche a la mañana (literalmente) subyugado a una empresa de destrucción. Esta cambio tan repentino da paso a una rápida progresión de los acontecimientos que someten a Silva, quien es ante todo un soldado que se ciñe a las normas, convirtiéndolo en un peón al servicio de un genocidio. Cuando la obligación entra en directo conflicto con la conciencia moral, Silva se ve obligado a seguir en su día a día obviando todo el horror que le rodea, aislamiento transmitido por la fotografía en blanco y negro que no deja respirar al protagonista en ningún momento, centrando la imagen en él constantemente, intensificando las sombras y optando por una escasa profundidad de campo que desenfoca su entorno hasta casi hacerlo desaparecer. Mientras todo se desmorona a su alrededor, la mirada introspectiva de El hangar rojo plantea el choque directo del individuo con el contexto que condiciona su porvenir, desafiando a su protagonista a satisfacer la crueldad que se sabe errónea asentada como la nueva normalidad, o a ejercer un acto de rebeldía que le ponga en el punto de mira.

Rose, de Markus Schleinzer

Narrado como si de un cuento se tratara, la historia de Rose (Sandra Hüller) es, en esencia, resultado de la fabricación de palabras. Lo que la película explica de Rose parte de mentiras y, concretamente, de un engaño en base al que se construye todo su provenir: una mujer decide hacerse pasar por hombre con la ambición de conseguir una vida propia en la que gozar de libertad. El argumento no es rompedor, pero la propuesta de la película de Schleinzer a la hora de hablar sobre opresión e imposición de ideas es interesante al reflexionar sobre dos tipos de realidades: aquella que “es”, y luego aquella que crean las palabras. Puede que Rose no sea un hombre, pero así lo es para los demás mientras el engaño siga vigente. Del mismo modo su género no impide a la protagonista ser un miembro productivo de la sociedad con autonomía de decisiones, pero bajo las convenciones creadas en su comunidad es una imposibilidad a la que resignarse. De este modo los dos tipos de realidades convergen en un absurdo que pone en juicio los constructos sociales asentados con el tiempo, normalizados y convertidos en “verdad” en base únicamente a palabras. Ambientada en el siglo diecisiete, el hecho de plantear el argumento en un contexto que nos resulta tan obsoleto y arcaico es idóneo para conseguir crear la sensación de absurdo de las situaciones que transmiten esta tentativa de separar las dos realidades. La libertad de Rose se ve cuestionada desde la imagen, no solo en la actuación de Sandra Hüller, ganadora del Oso de Plata a la mejor interpretación principal, que constantemente debe impostar su falsa identidad, también la iluminación convierte su hogar en un lugar lleno de sombras mediante una fotografía de claroscuros que esconden aquello que podría echar su vida abajo, cimentada sobre una mentira pero construida con hechos reales. La rebeldía de Rose es aquella que surge de la inconformidad con una opresión normalizada, y se libera de la cárcel simbólica usando el mismo recurso que la priva de libertad: las palabras.

Recibe nuestra newsletter

Lee nuestra política de privacidad para obtener más información.