Kevin Williamson - Scream

Dick Laurent está vivo #04

KW no es Kar-wai

Cuando vimos, cada uno por nuestro lado, en días distintos, e igual también en ciudades distintas, porque escribimos juntos pero no hacemos muchas cosas juntos, al contrario que los personajes protagonistas y/o antagonistas de las historias (de terror) que trataremos en las siguientes líneas, por primera vez en un cine de verano una película tan emblemática como Scream solo reparamos en que era lo nuevo de Wes Craven, ese grande del género aunque sea solo por la magistral Pesadilla en Elm Street (A Nightmare on Elm Street, 1984) —aunque todo buen aficionado se haría con unas cuantas para llevarlas consigo a esa estúpida isla desierta (donde no podría verlas y además le servirían para dormir regular)—. Seguro que alguno de la pandilla, y nosotros también, no vamos a engañar a nadie, haríamos comentarios de aquellas maneras sobre cuál de las actrices nos gustaba más… eran otros tiempos. El caso es que por entonces nadie reparó en el guionista, Kevin Williamson, que a partir del rotundo éxito de la película y de la saga en general ha forjado una carrera, con mayor o menor tino, muy personal y sorprendentemente atractiva, especialmente, que no se enfaden los fans de Dawson crece (Dawson’s Creek, 1998-2003), cuando su universo se ubica alrededor de lo sobrenatural y el horror: incluido el muy disfrutable serial Crónicas vampíricas (The Vampire Diaries, 2009-2017). No queríamos pasar por alto el inminente estreno de su segunda película como director, este nuevo capítulo de la saga de Ghostface, Scream 7, que lleva unos años con nuevo brío de la mano del tándem Betinelli-Olpin & Gillet y unos resultados estimables que seguramente le habrán gustado para usar como punto de partida (estamos realmente ilusionados con esta tournée). Hemos repasado casi todos los largometrajes creados a partir de sus guiones, salvo Sé lo que hicisteis el último verano (I Know What You Did Last Summer, Jim Gillespie, 1997), de la que ya se habló bastante precisamente el último verano, con motivo de su remake. Nos guardamos para el futuro otro volumen para recorrer sus series fantásticas y/o de miedo. ¡¡¡Pasadlo genial viendo cosas horripilantes!!!

Scream(s)

Ya en Scream, su primer guion, KW dejó claro que era capaz de escribir de forma memorable, y el mejor ejemplo es su comienzo, casi trece minutos que son capaces de remover muchas cosas en el espectador, incluso vista a día de hoy por tercera, cuarta o quizá quinta vez, algo que, en definitiva, no parece surgir del culto por la película sino de algo intrínseco a su propio planteamiento y cuyo único defecto es tal vez el de poner el listón tan alto que, a pesar de sus estimables esfuerzos por no decaer, tampoco es capaz de superarse, de llegar a ese crescendo al que toda obra de género debería aspirar. De los aciertos de este debut como guionista ya se ha escrito ad infinitum. En sucesivos visionados no deja de sorprender como prácticamente revela el asesino antes de que haya pasado media hora para después hacernos creer que las cosas no son como parecen incluso llegando a matarlo (al menos en apariencia) justo a falta de otra media hora en una perfecta simetría, o que sean dos y no uno los encargados de ir destripando a esos estúpidos alumnos de último año de instituto, truco que ahora parece obvio pero que en su momento quizá no lo fue tanto y tras el que se apoyaba para legitimar sus trampas, jugando con ventaja sobre su público de una forma que ya no podrían aplicar en el resto de la franquicia, o más bien de una forma que volverían a replicar ocasionalmente pero ya sin ese mismo efecto demoledor. Tampoco es que fuese la primera película en que esto pasaba (en nuestra columna anterior ya hablábamos de un ejemplo pretérito con similar desenlace), pero sí, sorprendía, y Williamson y Craven (¡cuánto se le echa de menos!) se encargaban de hacerlo, nuevamente aparece la palabra, memorable. Porque cada vez que vemos ese final en el que los asesinos se autoinfligen daño para evitar ser tomados por sospechosos es verdaderamente demencial. Al final se trata de un slasher que cuestiona los slashers desde la autoconsciencia, una reversión del canon, que aunque solo fuese en apariencia ya era mucho más de lo que cualquiera se molestaba en intentar, y lo que quedó fue un soplo de aire fresco al género, no precisamente por la dirección del citado Craven, aunque por supuesto hacía gala de su veteranía tras la cámara, sino sobre todo por el texto de un Williamson que dejó bien marcadas unas líneas que toda secuela posterior se encargó de respetar en su esencia (y van cinco, si dejamos de contar este Scream 7 en la que por primera vez dirige dentro de la saga, tal vez un merecido premio por su importancia a la hora de sentar las bases de la franquicia más importante del género en el siglo XXI), entre ellas, la de que cada entrega sea un auténtico y divertido whodunnit en el que el espectador se implique y lo entienda como tal, con una resolución de lo más rocambolesca posible. El propio Williamson escribió también la secuela directa en la que una vez más utilizaba a sus personajes para traer a colación lo que el cine de terror era y dejaba de ser (la vida imitando al arte imitando a la vida, llegaba a decir un personaje, en referencia al asesino que mataba aparentemente influenciado por una película que adaptaba los hechos acaecidos en Scream) o hablar de que las secuelas nunca superaban al original pero al final, por mucho que se mencionase El padrino. Parte II (The Godfather Part II, 1974) como un ejemplo para callar bocas y decir que había excepciones, la película de Coppola siempre se contará entre estas últimas mientras que Scream 2 se limitaba a repetir una fórmula. Y ya se sabe que las gracias recalentadas no saben igual. Tampoco ayudaba su metraje de dos horas, a todas luces excesivo, con un tramo final plúmbeo hasta decir basta. Eso sí, en esta entrega se iniciaba el potito romance entre Gale (Courtney Cox) y Dewey (David Arquette), el hombre de las mil muertes. Después, KW, centrado en otros proyectos, omitió su participación en la tercera parte para retomar su labor como guionista en la cuarta, reabriendo lo que parecía una trilogía ya finalizada, nuevamente con dirección de Craven, y donde continuó con el juego metacinematográfico y autoparódico de una forma aún más exagerada, comenzando por ese prólogo en forma de matrioshka verbenera con el punto de mira, cómo no, directo a las franquicias de terror interminables. Como en anteriores entregas, la clase de cine del instituto servía como escenario para la exposición de las «reglas». Nueva década, nuevas reglas: más allá de juegos de palabras (no se trataba de una «shriekquel», tampoco de un «screamake»), encontrábamos muertes más violentas, un asesino que decidía filmar a las víctimas, convirtiendo al espectador en una especie de cómplice espiritual y, sobre todo, se pedía esperar lo inesperado. Una vez más Williamson, a través de sus personajes, por ejemplo el hermano melenitas de Macaulay Culkin, jugaba a ser el listo de la clase, señalando en varias ocasiones (incluso los dos policías en su turno de vigilancia filosofaban al respecto) toda clase de tópicos y lugares comunes, del terror en general y de los slashers en particular, para decirnos que nos olvidásemos de todo ello, cualquier cosa podría ocurrir, no había que dar nada por sentado. Dicho todo esto, es difícil evitar la sensación de déjà vu, al fin y al cabo la primera regla es «don’t fuck with the original». Sigue teniendo un metraje desmedido y queda la sensación de que existía una oportunidad para hacer algo verdaderamente innovador que, sin embargo, tras tanto predicar a bombo y platillo lo de ser original y jugar a sorprender, queda enterrada al sacarse de la manga un epílogo que revalida la más famosa sentencia de Lampedusa.

The Faculty (Robert Rodriguez, 1998)

Adaptar una novela como Body Snatchers (1955) tiene sus ventajas porque la historia es muy potente y tienes que plantearlo muy mal para no sacarle partido. Vale. Igual es una desventaja muy grande puesto que la excelente película de Don Siegel (de 1956) parece insuperable (aquí la verdad que no nos ponemos de acuerdo: ¡qué pasa con la versión de Philip Kaufman con unos pletóricos Donald Sutherland, Brooke Adams, Jeff Goldblum y Veronica Cartwright!). The Faculty solo está inspirada en la famosa novela, y no hay créditos que requieran pagar derechos; de hecho hay una historia de la que parte escrita a cuatro manos, la cual según parece desempolvó algún ejecutivo por razones seguramente que no tienen que ver con lo artístico (saliendo de nuestro “scope” nos los imaginamos siempre como los caricaturizados en la desternillante sitcom Episodes). Quizá no importa demasiado porque el guión lo firma en solitario KW y como no podía ser de otra manera se va a un instituto y se lo pasa en grande trasladando la invasión alienígena ideada por Jack Finney (autor de la novela), sus referentes y los del novelista (que honestamente son unos cuantos y en general mejores), y por supuesto, lo lleva desde el minuto uno a su zona de confort. Y no pudo salir la jugada mejor. También con el mérito correspondiente para todo el elenco, todas y todos realmente espléndidos, y naturalmente para un Robert Rodriguez que estamos ya convencidos de nuevo que no ha vuelto a hacer un film tan redondo como este (lo cual resultaría preocupante para cualquier autor muy pagado de sí mismo: ignoramos si el texano lo es). Con un arranque, como casi siempre, muy potente, la narración no deja apenas descansos o son muy controlados (algo también habitual en el tratamiento de Williamson), si bien lo importante no es tanto el golpe de efecto o los instantes puramente de género, por lo demás resueltos con brillantez, si no lo que desencadena entre el grupo de jóvenes que están en pleno proceso de pasar a otro nivel, de hacerse mayores vaya… La lúcida idea con la cual arranca el film, por muy elemental e incluso obvia que resulte, en la que se presenta a parte del profesorado siendo duplicados por el ente extraterrestre, da pie a una de las mejores intros de KW tanto por lo que subyace (cachondeo y adelanto de Mrs. Tingle incluidos), como por su formulación a modo de preámbulo natural a una narración que va “in crescendo” (en otros casos aunque la escritura de las piezas sea probablemente más potente se aprecia entre ellas cierto desacople —en Scream por cierto el final del prólogo y la continuación lo resuelve Craven de forma excelente con ese travelling nervioso y brutal al cuerpo colgado del personaje de Drew Barrymore, cortando en seco a fundido negro, el cual dura un poco más de la norma—. Las circunstancias extraordinarias y ciertos instintos por descubrir, quizá pulsiones reprimidas, llevan a un grupo imposible de estudiantes a unirse para hacer frente a ese infame profesorado que nunca les ha entendido y ahora ni siquiera parecen intentarlo. En el camino asistiremos al repertorio completo de lo que más interesa al guionista: los roles pre-establecidos puestos en entredicho, el concepto de amistad en desarrollo, frustraciones y enfrentamiento consigo mismo, sin pasar por alto alusiones de acoso y a la vez cierto buenrollismo que no siempre emerge. También naturalmente hay cabida para citas directas e indirectas, estructurales y textuales, entretenidas y didácticas, del origen (una de las protas menciona a Finney explícitamente), de otros referentes (estupenda la escena del test rindiendo homenaje a Carpenter) y algún chiste un poco estúpido (Emmerich, Lucas, Spielberg igual son babosas alienígenas)…

Secuestrando a la Srta. Tingle (Teaching Mrs. Tingle, 1999)

KW tuvo una profesora que le hizo la vida imposible y que le decía que jamás sería escritor. Él la creyó y estuvo más de diez años sin volver a escribir desde un desencuentro con aquella que teóricamente estaba destinada a llevarle (a él y a todos sus compañeros y compañeras) por el buen camino. Así que, sí, solo por ser una película construida en base a una idea de venganza que surge de la propia realidad, que siempre, lo sabemos, y contamos con sobrados ejemplos, supera la ficción, solo por eso, muy a favor de Secuestrando a la Srta. Tingle, su debut como director. Cómo se engañó a Helen Mirren para que saliese de su hábitat natural siempre será un misterio, pero desde luego es ella quien compone un personaje tan odioso como cautivador, incluso aunque no sepamos prácticamente nada de su pasado, y es que realmente su Señorita Tingle es también un misterio: ¿Por qué parece odiar a todo su alumnado? En su secuencia de presentación queda claro también que la cosa es recíproca, aunque en realidad a ella, más que odiarla, la temen, y el zoom out que precede a la entrada de los protagonistas en la vivienda de esta ya nos anuncia que probablemente estén cometiendo el error más grande de sus cortas vidas. Como ocurría en sus participaciones en la saga Scream, Williamson no se resistía a los guiños al cine de terror con El exorcista a la cabeza, e incluso nombrando Grandsboro al pueblo donde sucede toda la acción, clara referencia al Woodsboro donde se desarrollaba su film debut, asentando de alguna forma aquél en la categoría de clásico moderno sin modestia alguna. La banda sonora estaba plagada de canciones hijas de su tiempo, un pop pastel que es difícil desligar de las imágenes y del recuerdo de la película, para mal o para bien, en función de los gustos de cada cual. En nuestro caso, como buenos fans de Spinal Tap, nos resulta algo indigesto, pero la peli gana enteros gracias a unas interpretaciones vigorosas, más allá de la Mirren, aunque faltaríamos a la verdad si no dijéramos que eso va sobre todo por Marisa Coughlan, que roba absolutamente cada escena en la que aparece para desgracia de sus partners in crime Katie Holmes y Barry Watson. Tampoco desmerece Molly Ringwald, aunque solo sea por una escena en la que, prácticamente en segundo plano, mientras los protagonistas centran el punto de atención con sus diálogos, pone de puta y de enano para arriba a Josefina y Napoleón. Su participación hace inevitable que nos acordemos de El club de los cinco (The Breakfast Club, John Hughes, 1985), de la que probablemente Secuestrando a la Srta. Tingle es un remake encubierto y retorcido, en el que la que está castigada en una situación incómoda es la profesora. La película fue arrasada por la crítica más perezosa que, como siempre, se ciega a las virtudes centrándose en los defectos, ignorándola simplemente por pertenecer a un género y una época devaluados, y lo que es peor, tildándola de insulsa o superficial, cuando lo cierto es que planteaba con tino temas y conflictos más que interesantes como la competitividad y la presión en el entorno estudiantil, la lealtad vs. la libido en la adolescencia tardía, el lastre de la herencia de los progenitores, y no precisamente en términos económicos sino más bien morales y vitales, y porque aquello de los géneros es un terreno ambiguo y pantanoso en el que a veces lo mejor es no casarse con nadie y dejarse llevar por el instinto y por la historia, tenía un par de secuencias de pura comedia de enredo de lo más chulas.

La maldición (Cursed) (Cursed, Wes Craven, 2005)

No conocíamos esta película y la verdad que no entendemos cómo fue posible que se nos escapara en su momento, pero la hemos recuperado para la ocasión y nos alegramos porque además de ser una buena muestra del mundo de Williamson es a la vez uno de los Craven más disfrutables de su última etapa (una verdadera pena, visto en perspectiva, que el tándem WC & KW solo se limite a este film y a la saga Scream). El texto no es especialmente de los más cuidados en cuanto a esas piezas impactantes que rastreamos en sus mejores guiones, pero aquí Williamson añade elementos más allá de los dimes y diretes post-adolescentes, que ya había podido explotar con mayor recorrido en sus series previas, especialmente en la célebre Dawson crece, de la cual rescata a Joshua Jackson. Los hermanos protagonistas, una Christina Ricci extrañamente despistada (quizá la vemos siempre idónea, bien por esos buenos papeles que encadenó a finales de los 90 y principios de los 2000, bien por su presencia entre atractiva e inquietante para el horror y el fantástico pero lo cierto es que por aquel entonces quizá ya se desenvolvía mejor en otros registros) y un sensacional Jesse Eisenberg, son mordidos por un werewolf y empiezan ese proceso afín a todas las historias del subgénero en el que experimentan progresivamente importantes cambios, destapando instintos animales, teniendo extraños comportamientos, padeciendo mutaciones físicas: lo de siempre, han quedado malditos como reza el título y se convertirán en la próxima luna llena… Lo relevante, claro, no es este problemilla de querer comer carne cruda y ser más lobo que persona, literal y figuradamente. Lo que importa es cómo los protas se rebelan ante su situación en el mundo real, vía ese mayor conocimiento propio y del entorno recién adquirido. El chaval no solo demostrará que ya no se pueden meter con él, tendrá el valor para invitar a la chica que le gusta y exponer a su acosador ante su verdadera sexualidad: en un enfoque típico de Williamson no solo acepta que es gay, además se pasa al lado bueno de las cosas… hacerse mayor y hacerse mejor persona aceptando quién eres; parece un consejo de una galleta de la suerte, pero aquí como en el resto de obra de KW no se juzga a nadie, ni siquiera a los personajes más negativos o antagonistas, en verdad hay mucho de ternura y comprensión para todos ellos (no nos olvidemos de los asesinos de Scream o de los vínculos que se forjan en The Faculty). Por su parte la historia de ella, la hermana, que ya ha pasado a ser una adulta, la enfrenta de lleno a una relación a todas luces tóxica, por cuanto su pareja le esconde y por cómo se comporta con ella, tanto da que sin sorpresa al final se desvele que es un hombre lobo original (con su condición ¿innata? de macho alfa como llega a afirmar para justificar que quiera deshacerse del hermano de su novia), pero también a un pasado que se intuye peliagudo y que la ha llevado a ejercer de cuidadora… Un film irregular, desventuradamente, cuya parte final es mucho menos atractiva que la primera hora, pero que funciona muy bien en esa mixtura de comedia juvenil y relato puro de género, y que se puede disfrutar sin pretensión alguna pero a sabiendas de que si escarbamos un poquito aparecen no pocos brotes verdes.

Sick (John Hyams, 2022)

Aunque aquí ya han pasado veintiséis años desde Scream y ya fuera de Dimension Films, bajo el paraguas de la Blumhouse, Williamson parece no haber evolucionado demasiado o dicho de otra manera, no para de contarnos lo mismo una y otra vez, actualizando el contexto y sobre todo las preocupaciones de una juventud que sí es cambiante. En lo que compete al género desde luego es sintomático que todos los giros de Sick los hayamos visto ya en su debut como escritor y aun así nos sorprendan como la primera vez. O somos muy tontos, que puede ser, o KW tiene un innegable talento para contar cierta clase de historias. De nuevo asesinos anónimos, pero está vez en mitad de una pandemia mundial, ¿o acaso él no iba a poder rodar su peli sobre la COVID-19? Visto en retrospectiva, hay que reconocer que todos nos pusimos un poco nerviosos con aquello, pero también que murió mucha gente, así que aunque las derivas de Sick puedan parecer cómicas y exageradas dentro de veinte años si la ve alguien que no lo viviese en sus carnes, no deja de ser una película más seria de lo que pueda aparentar. Sus protagonistas: jóvenes irresponsables que no ven el peligro (en más de una capa de significación)… pues eso, lo que decíamos, hablando de KW, nos encontramos otra vez con la misma historia de siempre.

Un último apunte. Estamos pecando de lo mismo (invertido) que se peca a veces al escribir sobre cine, sobre películas, atribuyendo al director todo lo relacionado con un largometraje. Nosotros estamos elevando la figura de un guionista del mismo modo, pero con razón y causa, porque viene demostrando desde hace ya treinta años ser un autor, y bastante interesante: no estamos hablando aquí de la puesta en escena, aunque hay algo muy cinematográfico en sus textos y diálogos, sino de sus constantes (e influencias) temáticas, de una particular visión de la post-adolescencia, de formas de violencia, del peso de la tradición, o peor, del peso del pasado, y también de ciertos legados oscuros de los que no es fácil escapar.

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