Cine para disfrutar
Es un auténtico placer topar con películas que se sienten libres, que juegan consigo mismas y con el espectador. No me refiero exclusivamente a juegos detectivescos o a comedias, sino a obras que no están limitadas por intereses comerciales, de producción o exhibición, y que permiten a su autor expresarse con un lenguaje, con un estilo propios. Tal vez, tan íntimo, que el espectador no las pueda seguir al completo, por representarse con unas imágenes, una edición, que le resulta ajena. En ocasiones, no obstante, se puede dar la feliz circunstancia en que el creador comparte la película de modo claro con sus seguidores. De ahí, la felicidad en el cine. Por supuesto, cada espectador tendrá experiencias semejantes con obras distintas, puesto que cada uno de nosotros interpreta las imágenes de modo diverso y las afinidades con cada director pueden ser muy diferentes.
El pasado año tuve la sensación de ver películas libres en distintas ocasiones. Yes (Ken, Nadav Lapid), era un grito de rabia, casi un vómito amargo, contra el gobierno de Netanyahu y contra la sociedad que lo apoya. En lo que parecía un mundo distinto, The Running Man (Edgar Wright) era una obra feliz, luciendo su carácter de serie B, desarrollando con brío todas sus imágenes, las más originales y las más vistas. Send Help se situaría más cerca de esta última y representa un feliz regreso de Sam Raimi a la dirección. Habría que añadir, un feliz regreso a “su cine”. Un cine prolijo en personajes locos, en situaciones absurdas, que viven y se desplazan a ritmos delirantes y surcan los fotogramas a golpe de gore. Es el cine de Ola de crímenes, ola de risas (Crime Wave, 1985), de la trilogía Posesión infernal (Evil Dead , 1981) – Terroríficamente muertos (Evil dead 2, 1987) – El ejército de las tinieblas (Army of Darkness, 1992), Darkman (1990) o de Arrástrame al infierno (Drag Me to Hell, 2009). No se trata de menospreciar la trilogía de Spiderman ni la incursión en el MCU con Dr. Strange en el multiverso de la locura (2022) ni, mucho menos, la excelente A Simple Plan (1998). Pero las primeras estaban sujetas a un diseño de producción predeterminado desde Marvel y la última estaba muy medida (sin que ello implique menosprecio alguno).
Send Help recupera pues la locura de antaño manteniendo un ritmo excelente y sin que el tono de serie B baje la calidad de la película. La cinta arranca en una oficina dónde Linda Liddle, del Departamento de Planificación (aspecto que dará pie a diversos gag posteriores), espera que el nuevo jefe, Bradley Preston, le facilite un ascenso por sus méritos. Raimi deja claro que el ascensor social no funciona y que Liddle es considerada, por jefe y compañeros, como un personaje descatalogado. El azar y un golpe de guion arrastrarán a ambos a una isla desierta dónde Bradley, aun pretendiendo superioridad, deberá admitir que su empleada es la única via posible de salida en un entorno hostil, siendo adicta y candidata al programa Supervivientes. Rachel McAdams y Dylan O’Brien dan juego a sus personajes con suficiente complicidad y, jugando también con ellos, Raimi desliza una serie de situaciones conflictivas progresivamente más y más violentas. Como si se tratase de un episodio de Bugs Bunny y el pato Lucas, o del Coyote y Correcaminos, Linda y Bradley pasan de la enemistad a la dependencia, de ahí al aparente compañerismo y, más adelante, al odio más intenso y a sucesivas tentativas mutuas de asesinato.
El material argumental es conocido e incluye ecos recientes de El triángulo de la tristeza (Triangle of Sadness, Ruben Ostlund, 2022), especialmente en la relación de superioridad que marca la encargada de la limpieza del yate con el modelo protagonista, de Ejecutivos agresivos (Corporate Animals , Patrick Brice, 2009), dónde una insoportable ejecutiva agresiva (Demi Moore) se veía encerrada en una caverna con todo su equipo durante una jornada de creación de equipo o, en un tono más culterano, con la presencia de jabalís salvajes que hay que cazar por todos los medios posibles como en la novela El señor de las moscas (William Golding, 1954). Pese a todas las resonancias, Send Help tiene entidad propia y el crescendo gore y el ritmo que Raimi imprime a la película y a los dos contendientes la sitúan por encima de cualquier posible referencia. El humor (negro a menudo) arranca con discreción en la oficina, dónde se evidencia la incapacidad social de Linda, se crece en la escena del accidente y la (doble) muerte de Donovan y va desarrollándose en la playa. En ocasiones Raimi trabaja la puesta en escena, como en los travelling laterales sucesivos sobre el rostro, progresivamente indignado y preocupado, de Bradley, una vez ha sido abandonado por su mala actitud, en el plano fijo del rostro de Bradley cuando queda paralizado o en la aparición del diamante, que a su vez, desaparecerá de manera harto sarcástica. En otras ocasiones, el humor se vincula directamente a situaciones de incomodidad o de violencia, con el vómito durante la reanimación o el clímax final, tan delirante como era de esperar del director de Terrorificamente muertos. El final puede valorarse como una apostilla de crítica social pero no parece que debamos buscar moralejas en una obra feliz que existe para nuestra diversión.







