Americana 2026

A través de las ópticas

De entre todo el repertorio de la reciente edición del festival Americana, las tres películas mencionadas en este texto comparten la mirada a través de una cámara por parte de sus personajes. En el caso de The Scout (Paula González-Nasser, 2025), su protagonista lleva siempre encima su cámara de fotos para fotografiar los lugares que visita, observando a través de las ópticas la vida de los demás en pequeños recuadros limitados por la imagen. En Blue Heron (Sophy Romvari, 2025), el padre de la protagonista graba y hace fotografías siempre que puede, dejando para la posteridad un metraje mediante el cual explorar el pasado, capturando de forma residual la complicada situación de la familia. Finalmente, en Lurker (Alex Russell, 2025), la grabación de un documental se convierte en la vértebra de un argumento lleno de giros y, sobre todo, de relaciones toxicas registradas en la cámara digital que Matthew (Théodore Pellerin), el protagonista, lleva siempre consigo preparado para grabar a Oliver (Archie Madekwe), la presa de su obsesión.

The Scout, de Paula González-Nasser

The Scout acompaña a su protagonista en su día de trabajo y, en cuanto a núcleo narrativo, eso es todo lo que hay. Sofía (Mimi Davila) deja flyers en puertas ajenas, visita casas de desconocidos para fotografiarlas y recorre la ciudad en coche mientras escucha los miles de mensajes que le dejan las personas que contactan con ella. La premisa invita, tanto a su protagonista como al espectador, a contemplar pequeñas muestras de la vida de aquellas personas que abren las puertas de su hogar a Sofía, siguiendo una estructura casi capitular en la que cada propietario tiene su breve momento de protagonismo. Los pequeños intercambios de palabras se convierten en un desahogo para los participantes, elaborando en el filme pequeñas píldoras de una conexión humana que, pese a su carácter efímero, afloran en medio del vacío asimilado por las obligaciones del día a día. La directora Paula González-Nasser explora este aislamiento con sutileza y con gran sensibilidad por las imágenes, distanciadas de su protagonista, en su mayoría estáticas y perfectamente encuadradas cómo si fueran fotografías.

Blue Heron, de Sophy Romvari

La cineasta Sophy Romvari se sumerge de lleno en el lenguaje cinematográfico para encontrar una forma expresiva que explore la conflictiva situación de su hermano mayor con su familia cuando era una niña. Su posición de directora le ofrece la opción de disolver los tiempos que conjugan su experiencia y perspectiva, entrelazando pasado y presente con suma maestría en un experimento formal que encuentra una propuesta única y fascinante a través de la ficción. Por momentos con una mirada semejante a la del documental, las imágenes sugieren la visión de una cámara que observa a la familia protagonista, dejando que el propio dispositivo desvele a su ritmo lo que se esconde tras la fachada del hogar que habitan, manteniendo la distancia implícita en el desconocimiento de una niña pequeña que es testigo ocular pero no del todo consciente. La mirada inocente de la niña que contemplaba pero no comprendía da paso a la inquisidora mirada de la mujer que protagoniza la segunda parte, cuya exploración del pasado somete al escrutinio un concepto insoluble, solo capaz de hallar deshago emocional en lugar de una respuesta. Las grabaciones de la cámara digital de su padre adoptan un nuevo cáliz ante la espectadora adulta y se complementan con la investigación que lleva a cabo, expandiendo la ambición de su ficción hasta la catarsis solo posible en el simbolismo artístico.

Lurker, de Alex Russell

“Solo quiero acabar el documental.” Con estas palabras expone Matthew, el protagonista de Lurker, el sinsentido de su existencia, marcada por la inabarcable ambición de una meta desdibujada. Y es que su historia es de esas que casi se podrían tildar de apocalíptica, en cuanto a que no ofrece ni un ápice de esperanza en su retrato de las personas que habitan el mundo contemporáneo. Los intereses se convierten en el pivote central de las relaciones que construyen el argumento, basadas en la violencia implícita que sugieren sus imágenes de movimientos erráticos y convulsos. La manifestación de una toxicidad constante se lleva a cabo desde la perspectiva de su protagonista, transmitiendo la volatilidad de sus emociones mediante un lenguaje sugestivo que exterioriza los altibajos internos de Matthew, algo que recuerda, tanto por la turbiedad que oculta el personaje como por la voluntad de expresar su punto de vista, al siniestro Louis Bloom (Jake Gyllenhaal) de Nightcrawler (Dan Gilroy, 2014). A un ritmo trepidante, Lurker no deja de sorprender con los constantes giros que surgen inesperadamente, las inestables dinámicas de poder y la ruindad de los actos de sus personajes que anteponen sus ambiciones personales a todo lo demás, una visión desagradable e incómoda, pero fascinante y estimulante en su forma.

Recibe nuestra newsletter

Lee nuestra política de privacidad para obtener más información.