La directora argentina Milagros Mumenthaler tuvo su debut en el largometraje en 2011 con Abrir puertas y ventanas, película con la que ganó el Leopardo de Oro en el festival de Locarno. En el mismo festival compitió La idea de un lago en 2016, su segundo largometraje. Casi una década después, Mumenthaler nos trae una nueva propuesta, Las corrientes, filme que tuvo su estreno en 2025 en el festival de Toronto y que, tras su paso por San Sebastián, se ha proyectado en el D’A (El festival de cinema d’autor de Barcelona), donde tuvimos ocasión de hablar con ella sobre su filmografía.
Quería empezar hablando de los personajes en tus películas. El primer largometraje, Abrir puertas y ventanas, está protagonizada por tres adolescentes. El segundo, La idea de un lago, por una mujer embarazada. Ahora, en Las corrientes, la protagonista es una mujer con una hija. ¿Esta progresión estaba intencionada?
No, me parece que ha sido algo natural. Pienso qué edad tenía yo y qué edad tenían las protagonistas, y siempre he estado diez años por delante [Ríe], pero son cosas que se dan naturalmente. Las vivencias que uno tiene le ayudan a pensar y a sentirse más cerca de sus personajes, además de sentirse más legítimo para hablar de ciertas experiencias. No creo que tenga que ser siempre así, pero se dio así sin que fuera algo pensado.
También hay una cierta evolución en tu filmografía en la incorporación de elementos oníricos, por momentos incluso fantasmales. En Abrir puertas y ventanas era más puntual con la aparición de la abuela en un plano. Algo similar pasaba en La idea de un lago, si bien aquí había más incursiones de este estilo. En Las corrientes me ha parecido sentir una mayor presencia de estos elementos.
Sí, se pueden ver las tres películas como un trabajo de cómo se representa lo íntimo. En Abrir puertas y ventanas está a través de los objetos, en el corsé, en todas las cosas almacenadas en el garaje… una de las chicas tiene la necesidad de desprenderse de esos objetos y hacer su vida mientras que la otra hermana los quiere conservar, necesita esos objetos para sentirse más cercana. También con un trabajo de cámara, una cámara que está omnipresente en esa casa que reflejaba un poco el estado de las hermanas, el estado de añoranza de una persona, y hay un juego de ausencia y presencia a través de la cámara. En La idea de un lago fue un trabajo más enfocado a la memoria, cómo interfiere desde una foto, cómo uno se va haciendo recuerdos pero que no sabe hasta qué punto son reales. Me parece que hay algo muy interesante en lo intangible e inalcanzable. Creo que en cada película responden mucho a las necesidades de los personajes, nunca es algo caprichoso. En el caso de Abrir puertas y ventanas me preguntaba “¿Pero tiene que aparecer la abuela?”. Y me decía “sí, porque es una necesidad real del personaje, entonces, ¿por qué no ponerlo?”. Trabajo mucho en ese sentido, de pensar mucho desde mis personajes y sus necesidades. En Las corrientes fue como ir de lleno en eso, toda la película está pensada a través de Lina (Isabel Aimé Gonzalez Sola). Cómo percibe el mundo ella, cómo se refleja su estado de ánimo a través de toda la película. Siento que eso a mí me permite mucha libertad a la hora de imaginarme ese mundo, porque eso es lo que vemos. Entonces pueden aparecer esos decorados más atemporales, jugar con los colores, con las vestimentas. Si uno quiere poner unos zapatos verdes que cruzan una calle, está bien porque todo está atravesado por Lina y su mundo. Eso que vos describís como fantasmal, nosotros hablábamos de fugas oníricas. Pero ahora también me gusta pensar que se podría llamar “flujo de pensamiento”. Creo que es eso, cómo funciona el pensamiento, posar la mirada muy concreta en algo que le depara al personaje en un flujo de pensamiento, y va hacia lugares donde quisiera estar, o no, o se proyecta a través de otros personajes.
En las tres películas hay ausencias presentes, pero en el caso de Las corrientes, la ausencia de la madre, es distinta a las anteriores.
Sí, en las anteriores son ausencias forzadas.
Exacto.
La verdad es que nunca pensé en términos de ausencia de la madre, pero sí pensé más en términos de abandono, siempre pensado desde la visión de una persona hacia su madre. Quizás la fragilidad de la salud mental de la madre la obliga a aislarse del mundo, pero para una hija ser puede sentirse como un abandono. También uno podría pensar que hay un abandono por parte de la hija, pero al mismo tiempo entender que tiene que existir. Entonces hay como una tensión mucho más fuerte, se juega con algo más visceral, la idea de que para existir debo alejarme. Por eso nunca lo vi en términos de ausencia, hay algo más complejo en esas relaciones, algo más denso y más oscuro.
También el miedo a la herencia.
Eso siempre aparece. Aparece en las cosas más simples, pero cuando una enfermedad mental ronda, entonces aún más. Y en la película hay algo respecto a su hija también, miedo a transmitirle algo, un miedo que juega con el rol del marido. Hay un miedo de él y ella se ve amenazada, si le descubren de repente el fantasma se hace presente.
El carácter contemplativo forma parte de los tres largometrajes, pero en Las corrientes hay más ausencia de diálogos en comparación. No es que sea una película silenciosa, porque el sonido es muy importante, pero sí que hay mucho metraje en el que no se pronuncia ni una palabra. ¿Tenías claro que esto iba a ser así?
No tanto en realidad, me dijeron “en la película no más hablan en el minuto siete”, pero nunca lo había pensado en esos términos. Está bien que dijeras que no es silenciosa, porque es todo menos silenciosa. El silencio yo lo asocio a una calma, y en el interior de Lina hay de todo menos calma. Además ella es una persona muy secreta, que se pone capas y capas, preocupada en el cómo debería o el cómo tiene que aparentar, pensando en las elecciones de su vida, en la artificialidad y la representación de ella misma. En ese sentido, ella no confronta tanto desde lo verbal.
Creo que hay mucha sensibilidad por la imagen y el sonido. Incluso cuando no se habla, siempre se está transmitiendo una idea de lo que sucede. ¿Cuánto de esto lo tienes preparado de ante mano ya desde el guion?
En el guion trabajo mucho con imágenes y también, algo que tengo entendido que no es tan común, con sonidos. Por lo tanto, en los guiones ya hay mucho material para empezar a trabajar con los equipos. Con el equipo de arte, el de fotografía, el de sonido… el guion es para mí la herramienta clave y está todo ahí [Ríe].
Ya para acabar, las dos películas anteriores las veo ancladas a un lugar. En Abrir puertas y ventanas a la casa de la abuela, y La idea de un lago al lago, en cambio, Las corrientes me ha parecido más libre en ese aspecto.
Creo que cada historia requiere de algo. En Abrir puertas y ventanas estamos hablando de una relación entre tres hermanas y ese vínculo que tienen. Ellas se perciben de cierta forma porque cada una cumple un rol en esa casa, y si una sale cambia totalmente. El rol que cumple una persona en su círculo de amigos es totalmente distinto, por ejemplo. Esta era una película muy sobre el vínculo y los roles, y para mí eso tenía que pasar dentro de la casa y no veía por qué salir. En Las corrientes se dio así, Lina es una persona que trabaja, que se mueve… y la ciudad, para mí era importante mostrar la ciudad también, ella va de un lado a otro. Era importante el movimiento de un personaje que está suspendido pero que sin embargo acciona. Era muy importante que el personaje accione todo el tiempo, para intentar sostener algo, que no se le venga abajo. No se permite derrumbarse.







