No son pocos los festivales de cine que hay en Barcelona. Uno pierde la cuenta y, especialmente entrados en temporada alta, ya no sabe en qué festival ha visto qué pelis ni recuerda la última vez que durmió más de dos horas seguidas. El cinéfilo se encuentra de golpe en una situación similar a la que sugiere el título de la última película de Paul Thomas Anderson, pero cambiando el componente bélico con ir al cine, yendo a un festival tras otro. Todos los festivales buscan su huequito en este océano de propuestas cinematográficas y los hay de todo tipo, pero hay un festival en concreto que destaca en su personalidad insólita: Autotracking, el festival de cine olvidado en VHS. Porque no nos engañemos, todos recordamos los grandes clásicos o, incluso, películas que no tengan tanta relevancia histórica pero que consiguieron encandilar al público (o parte de él), pero no todas las obras cinematográficas corren esa suerte (puede que con razón, que cada cual juzgue por sí mismo). Autotracking da una segunda oportunidad a esas películas que lo único que hacen es coger polvo en las estanterías de un videoclub, volverlas a proyectar y nada menos que en pantalla grande para el goce de un público entregado a la causa y aficionado al desacierto. Es una alternativa desenfadada y muy festiva, sin más pretensiones que pasarlo bien, disfrutar en compañía de auténticas frikadas y, si hay suerte, quizás redescubrir una extraña joya oculta en el las minas de cine cutre videocluberas.
Por ejemplo, en la inauguración de la cuarta edición del festival, celebrada por primera vez en la sala Zumzeig (la sala habitual es la del videoclub Video Instan), se proyectó un capítulo de Captain Power, una serie de ciencia ficción donde el cartón piedra y el CGI caduco son el estandarte principal del mundo futurista que propone. Directo y sin demasiadas florituras argumentales, el Capitán Power y su escuadrón de soldados del futuro se embarcan en una aventura que les enfrenta a su principal enemigo, Lord Terror. Vamos, toda una maravilla cuya imaginería futurista resultaba, para regocijo del público que se desternillaba ante esas imágenes, inalcanzable por los recursos con los que contaba la serie. Al enfrentamiento contra Lord Terror, más allá de los disparos y peleas contra pájaros humanoides robóticos, no le faltan discursos grandilocuentes del villano que quiere reconstruir el mundo en base a una perfección tecnológica, dirección en la que, por momentos, parece que la humanidad se encamine voluntariamente. El capítulo formaba parte de un programa doble en el que precedía al largometraje Max Headroom, veinte minutos en el futuro (Max Headroom: 20 Minutes Into the Future, Annabel Jankel, Rocky Morton, 1985), de las mentes visionarias que adaptaron al personaje de videojuegos Mario a la pantalla, y no me refiero a la de animación, no, me refiero a la rareza (¿de culto?) de 1993. La película servía para promocionar el presentador virtual Max Headroom contando sus orígenes a través de una alocada ficción futurista sobre publicidad, corrupción y hasta un tema tan actual como es la inteligencia artificial.
En el filme, el reportero Edison Carter (Matt Frewell), dispuesto a darlo todo para exponer la verdad, por peligroso que sea, se topa de lleno con un caso que involucra a la misma cadena para la que trabaja, la cual está usando un nuevo diseño de publicidad subliminal que provoca que algunos espectadores exploten repentinamente, hecho del que cabe destacar la detallada explicación “científica” a la que le dedican unos minutos, para que se sienta verídica y justificada, una delicia que combina el diálogo de exposición junto a gráficos futuristas al detalle de la anatomía humana. El cómo deriva esto en Max Headroom es algo que dejo para descubrir a los más aventurados que decidan experimentar de primera mano el viaje que proponen los directores. Solo diré que estas películas, ciertamente, despiertan al socarrón interior del espectador contemporáneo, irónico y consciente de los artificios del cine, pero en esa ambición genuina y desvergonzada de buscar un universo propio se logran algunas ideas visuales que son cuanto menos interesantes. El inicio, todo visto a través de imágenes capturadas por cámaras pertenecientes a la diégesis del filme, ya sean cámaras de seguridad o la que lleva el reportero protagonista, logra junto a la estética futurista una identidad visual única, muy atmosférica y basada en el suspense de la desinformación. Por su parte, la persecución que se da en un gran rascacielos, una situación de el gato y el ratón en la que Edison deambula por el enorme edificio mientras unos sicarios le buscan, tiene gran encanto en su montaje que entremezcla la persecución con un duelo de hackers que luchan por hacerse con el control de los ascensores.
Es curioso ver cómo hay personajes que contemplan a Max Headroom con fascinación y, a su vez, algo de terror por lo que puede suponer en el futuro. Con la presencia cada vez mayor de inteligencias artificiales en nuestro día a día, uno no puede evitar encontrar ciertos paralelismos con la película, pero como dijeron los propios organizadores del festival en la presentación inaugural, acompañados de un ciborg muy futurista desde una perspectiva ochentera, el futuro se grabó en el pasado, y se encuentra en las cintas de VHS olvidadas.






