La plaga, de Charlie Polinger

Cualquiera que no haya sido bendecido con el don de la popularidad puede identificarse con el pavor a no encajar en un grupo. Si en la vida adulta, un nuevo trabajo o una fiesta a la que uno asiste de rebote ya suponen una breve ansiedad por el “qué pensara esta gente de mí”; esta sensación se dispara en la adolescencia. En este terreno tan reconocible se introduce el cineasta Charlie Polinger en su primer largometraje, La plaga: una cinta de terror en la que los monstruos son pubertosos malcriados que no acechan con motosierras, sino con burlas, insultos y silencio.

El espectador entra en un campamento de waterpolo a través de los ojos de Ben (un magnífico Everett Blunck), un niño inseguro que busca encajar en el grupo, aunque tenga que unirse al bullying promovido contra otro chaval. Este chaval es Eli (Kenny Rasmussen), un chico marginado por tener una hipotética enfermedad contagiosa llamada “la plaga” que sirve como excusa al grupo para ejercer su violencia juvenil.

El tratamiento del bullying resulta muy reconocible y actual. No hay tirones de calzoncillos ni encierros en taquillas, el acoso se ejerce a base de silencios, burlas y comentarios. El rol que ejerce cada niño en el grupo está muy definido y despierta un estrés postraumático a aquellos que hemos observado dinámicas adolescentes, ya sea desde dentro o desde fuera. Y es que esta situación injustificable pasa ante los ojos de un único adulto, interpretado por Joel Edgerton, que nunca parece ser conocedor del acoso y la violencia ante él.

El mensaje de la película esquiva cualquier sutileza y muestra una clara denuncia ante la permisividad del sistema adulto ante un problema eterno como es el bullying infantil. Para ello, Polinger no recurre solo a elementos narrativos, sino que trabaja una puesta en escena con códigos del cine de terror que subraya la angustia de los protagonistas. Más allá de la banda sonora, el estupendo diseño sonoro y algunas tomas largas que tensionan las situaciones, el director coquetea con el body horror de una forma bastante naturalista (con algún que otro exceso puntual), pues elegir un campamento de waterpolo para chicos en la edad en que su cuerpo cambia supone una exposición y una vulnerabilidad que traspasa la pantalla.

Ante todo, La plaga es un relato que expone lo terrorífica que es la adolescencia, también para los chicos, y como se aprende —normalmente, a base de golpes— a negociar entre la empatía y la masculinidad impuesta. En este caso, la piscina es la selva donde se impone la ley del más fuerte y recuerda a los primeros años de instituto donde los chavales no pueden permitirse una identidad si pretenden sobrevivir ante una masa de cuerpos asustados, violentos y perdidos. La plaga nos recuerda la importancia de los adultos en la educación de los jóvenes sin asomarse ni un momento al cine social, sino que toma las herramientas del cine de género para construir una película que, no solo muestra una realidad aterradora, sino que deja un impacto físico en el espectador.

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