Condensar toda una vida en un relato es una tarea imposible. Lo sabe bien cualquiera que haya escrito una biografía o sus propias memorias. Especialmente, resumir la vida de alguien que ha vivido tantas vidas como Michael Jackson. En la criba de momentos para configurar el biopic del rey del pop, el equipo creativo de Michael ha decidido quedarse con lo bueno; con las imágenes más luminosas de la estrella. Probablemente, tenga que ver con que toda su familia forma parte del equipo de producción ejecutiva, pero el lavado de imagen de su protagonista, convierte a Michael en un despropósito artificial e incoherente.
La película abarca la primera mitad de la vida de Jackson: desde sus orígenes en Indiana hasta el momento en el que alcanza la cima con Thriller. Sin embargo, el relato queda completamente sesgado por el empeño en no manchar la imagen de la estrella.
El film rehúye toda polémica o imagen incómoda hasta el punto de despojar de toda responsabilidad a Michael Jackson en los episodios más turbios de su vida. No solo esto, sino que, a pesar de construir en su padre, Joseph Jackson (Coleman Domingo) al claro antagonista de la película, el guion no se atreve a mostrar un monstruo cruel y avaro, sino que se convierte en una simple circunstancia en la carrera de la superestrella. El film busca con tanto afán esquivar la polémica y las imágenes incómodas que no llega a tener conflicto en ningún momento. Esto hace que fracase en su intento de humanizar la figura de Jackson, que acaba pareciendo un ser ajeno a lo terrenal: un extraterrestre mandado a agasajar a la Tierra con su música. Michael Jackson no duda, Michael Jackson no llora, Michael Jackson casi no sufre y, cuando lo hace, se recompone inmediatamente. El film termina siendo una colección de videoclips de imitación que, a pesar de tener la música, la voz y los pases de baile de Jackson, no tienen alma porque el personaje no la tiene.
Al hablar del biopic de una figura como el rey del pop hay que hablar de su actor protagonista. Los zapatos de Michael Jackson son demasiado grandes para que los vista cualquiera, por lo que el papel lo interpreta Jaafar Jackson, sobrino del mismísimo Michael. Cuando uno intenta ser Michael Jackson corre el riesgo de caer en la simple imitación, y es justo lo que pasa aquí. Jaafar no es un actor, es un imitador de pasos de baile y manierismos, pero no consigue hacer creíble a un personaje que ya resulta borroso desde el guion.
Si el apartado narrativo decepciona por su tibieza, tampoco hay un gran despliegue en el apartado estético. Antoine Fuqua no logra exprimir las secuencias musicales y la estética se ve tan artificial como sus personajes. Hay una modernidad en la puesta en escena que relega la película a una suerte de espectáculo de cartón-piedra. La música, por otro lado, se inserta sin un sentido coherente con la narración y ni siquiera resulta interesante el proceso creativo de Jackson, que queda en un segundo plano. De hecho, la última escena del film es una interpretación de Bad en concierto completamente descontextualizada de la película. Como un videoclip insertado para no dejar fuera de la película este himno generacional, a pesar de que se grabó años después del final narrativo de la trama.
No hay duda de que la música de Michael Jackson excede lo generacional para considerarse universal, por ello, la vida de Michael tiene que ser contada para llegar a todos los públicos. Sin embargo, se nota demasiado la mano de la familia del artista en la concepción del film y termina siendo un producto promocional de algo que todos hemos comprado ya. Nadie nos tiene que vender la música de Michael Jackson, pero parece que no se quiere ir más allá de ella. El resultado es más de dos horas de un relato vital que no dice nada sobre el artista ni su vida.
Michael termina pecando de falta de audacia y este conservadurismo la aleja de propuestas más crudas y honestas como Rocketman o Better Man. El ahínco por pontificar a la estrella del pop le resta interés al relato de su vida y se ahorra el arco de caída y redención característico del género. Michael no logra aportar nada innovador al género del biopic ni logra engrandecer el legado de Jackson; al menos siempre nos quedará su música, ahí reside su inmortalidad.








