Certain Women: Vidas de mujer (2016)

En medio de la vasta inmensidad del paisaje de Montana, un tren se abre paso entre las montañas. A ritmo pausado, pero constante, cruza de un lado al otro de la pantalla, en una diagonal exquisita. La primera imagen de Certain Women evoca, tal vez por pura casualidad, a uno de los planos más icónicos del cine de los Hermanos Lumière. Y es que, aunque haya pasado más de un siglo desde entonces, hay algo en la manera de rodar de Kelly Reichardt que parece emular esa forma primitiva de hacer cine, donde prima la búsqueda de un buen encuadre —sencillo y evocador— frente a los movimientos virtuosos del pirotécnico Hollywood.

La película se estructura en tres capítulos, adaptaciones de relatos de la autora Maile Meloy, que transcurren en un mismo espacio: la pequeña localidad de Livingston, en el estado norteño de Montana. Más que entrelazarse narrativamente, las historias se cruzan esporádicamente en los lugares comunes que habitan. Reichardt vuelve a orientar su mirada hacia la América rural, desplazándose esta vez de Oregón —escenario de sus primeras películas— hacia un terreno igualmente áspero y solitario. En Certain Women —en todas sus películas, en realidad— el paisaje no es un mero telón de fondo, sino una presencia activa que moldea el ritmo y la vida de quienes lo habitan. Y la cámara parece limitarse a observar, a dejar que la realidad se despliegue sin interferencias.

El primer capítulo sigue a Laura (Laura Dern), una abogada cuya autoridad profesional es constantemente puesta en duda por su cliente, un hombre que ha quedado impedido tras un accidente laboral y busca, en vano, una mayor compensación por parte de la empresa. La palabra de la abogada, por sí sola, no basta. No es hasta que un colega masculino formula la misma conclusión que esta adquiere legitimidad. La propia Laura exclama en una conversación telefónica con su amante: «ojalá bastara con decir las cosas una sola vez para ser escuchada». Su tono, aunque revestido de ironía, condensa la resignación que acompaña inevitablemente la experiencia femenina. En el fondo, ambos personajes funcionan como engranajes de un sistema que los vulnera, al tiempo que participan del agravio ajeno.

En el segundo episodio, una mujer (Michelle Williams) asume la construcción de su propia casa al tiempo que intenta mantener en pie una vida familiar que se tambalea. Tanto en el trabajo como en el hogar, se enfrenta a un entorno hostil que va apagando su voz. Incapaz de conectar con su hija adolescente, observa con resignación cómo esta se acerca cada vez más a un padre cercano y laxo, aunque como marido, emocionalmente distante. En el ámbito profesional, aunque lidera las negociaciones, sus decisiones quedan supeditadas a dinámicas dominadas por hombres, lo que la obliga a buscar constantemente su validación.

El tercer capítulo sigue ahondando en la voz —o la ausencia de ella— femenina, aunque en este caso sin el contrapunto masculino de las dos primeras historias. La protagonista es una ranchera (Lily Gladstone) que sigue una rutina ordenada y solitaria, cuidando de los caballos en el rancho de un pequeño pueblo. Una noche, por azar, descubre una clase nocturna impartida por una joven abogada (Kristen Stewart). También por azar, las dos mujeres acaban cenando juntas en el diner del pueblo. Mientras la abogada habla, la ranchera —reservada y serena— escucha y observa. Este encuentro asimétrico —una habla, la otra escucha— se repite durante las sucesivas semanas. Y en esa escucha, en esas miradas sostenidas, nace un afecto entre ellas —también asimétrico— que nunca llega a formularse del todo.

La interpretación de Gladstone —por entonces una auténtica desconocida en un reparto de grandes nombres— es uno de los grandes hallazgos de la película. Apoyado en la contención absoluta, despliega un catálogo de sutiles gestos que van construyendo su personaje; de la mirada tímida e incisiva a la propia manera de estar, de habitar el tiempo, como si se moviera a un ritmo dilatado, ajena a la urgencia del mundo contemporáneo. La secuencia en la que cabalga en plena noche para encontrarse con el personaje de Stewart condensa esa mezcla de ternura y vulnerabilidad. Más adelante, su impulso de recorrer cientos de kilómetros para buscarla en Livingston desemboca en un rechazo silencioso, donde no hacen falta palabras. Reichardt convierte ese gesto en algo profundamente humano: incluso los actos más pasionales quedan absorbidos por una realidad que no se altera.

Formalmente, Certain Women reivindica la sencillez como norma. La imagen en 16mm otorga a la película una textura orgánica y artesanal, de una belleza sencilla, aunque contundente. Los planos estáticos prolongados y los escasos movimientos de cámara refuerzan esa sensación de observación paciente. A esto se le suma un diseño sonoro especialmente cuidado, que no sólo acompaña la imagen, sino que la habita; el viento constante de Montana, el paso de los trenes, los espacios abiertos. Todo el aparato audiovisual se enfoca en sostener ese impulso contemplativo, donde lo sensorial emerge de la superficie sin imposiciones.

Dentro de esta cotidianidad, la presencia de la cultura indígena aparece sin énfasis, como parte del tejido humano del lugar. En una escena del primer episodio, un grupo de jóvenes realiza bailes tradicionales en un centro comercial. Uno de ellos, vestido con el atuendo tradicional, compra en la cafetería y captura la atención de una absorta Laura Dern. La imagen sorprende por la convivencia entre lo tradicional y lo mundano. En la representación no hay subrayados: la manifestación cultural se integra orgánicamente como parte de la vida cotidiana.

La propia Kelly Reichardt ha señalado en entrevistas que la película no pretende transmitir un mensaje, sino atender a las vidas de estas mujeres: sus rutinas y sus fricciones cotidianas. De este modo, se aleja de las estructuras narrativas convencionales y de la necesidad de una «trama» para observar aquello que sucede en los márgenes de lo espectacular. Es ahí donde su mirada brilla: en la capacidad de dotar de sentido a los retazos insignificantes, en su negativa a ceder al dramatismo excesivo en favor de una observación paciente. Como el tren que aparece al principio de la película, las vidas de las protagonistas de Certain Women —y el propio cine de Kelly Reichardt— se abren camino a un ritmo pausado pero constante, discreto pero firme, en un mundo que rara vez se moldea a ellas.

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