En la sección Canarias Cinema del Festival Internacional de Cine de Las Palmas se presenta la ambiciosa producción local
Tal vez. Una historia de amor lésbico entre la mítica trapecista Pinito del Oro (interpretada por Adriana Ugarte) y la poeta Natalia Sosa (Tania Santana). Entrevistamos a su directora, la jovencísima Arima León, sobre el proyecto que le ha ocupado los últimos siete años de su vida.
Háblame de la génesis de la película.
Había empezado una tesis doctoral sobre adaptación cinematográfica y representación de la sexualidad entre mujeres en el cine de autor. De una manera muy azarosa llegué a la figura de Natalia Sosa. A finales de 2017 leí un pequeño artículo de una prima de Natalia sobre ese momento en el que Pinito del Oro quiso que Natalia escribiese su biografía durante su última gira con el Circo Price. Al leer ese artículo pensé: ¿qué habrá pasado aquí? Y no tuve que investigar mucho, porque Natalia ya se encargó de contármelo ella misma a través de sus cartas. Unos meses después leí el libro que las contiene (Desde mi desván y otros artículos. Neurosis. Cartas). Natalia es muy visceral, muy sincera, y pude ver ese contexto casi mágico que vivió con Pinito en el circo.
Han sido siete años de desarrollo. ¿En algún momento sentiste que ibas a abandonar?
La historia ha fluctuado mucho, la película ha cambiado mucho. Para empezar, porque yo no tenía ni idea de cine. Estudié interpretación teatral y nunca tuve la posibilidad de estudiar dirección de cine como tal. Empecé desde la experimentación y esa ha sido mi escuela. Recuerdo que todavía vivía con mis padres, tenía 24 años, y le dije a mi padre: «Estoy escribiendo una película y creo que va a costar en torno al millón de euros.» Mi padre se sacó el bocadillo de la boca, me miró y me dijo: «Pero mi hija, ¿cómo vas a conseguir eso?» Y yo le dije: «No lo sé, pero hay un momento en el que lo haré.» Lo he conseguido, sí, pero tras darme muchas veces contra la pared y aprender a entender la industria, que es una parte muy importante del oficio. Muchas veces no importa si tienes un buen o mal proyecto, sino que encaje en el momento y en la moda de lo que se esté produciendo.
Debutas con una película de cuatro millones. ¿Sentías la responsabilidad?
Nunca dudé de mis capacidades y no tuve vértigo a la hora de enfrentarme al proyecto, porque lo tenía grabado a fuego. Lo cogí con muchísimas ganas y siempre con el mantra de: «Si no vuelvo a rodar otra película en mi vida, quiero sentirme satisfecha con todo lo que pueda hacer con esta.» Y sin duda lo logré.
Has intentado mostrar otra Canarias. ¿Qué decisiones has tomado en aspectos como la dirección de arte y la iluminación?
Creo que pertenezco a una generación de artistas que intenta romper con esa imagen de Canarias como paraíso. Somos una de las comunidades autónomas más pobres del territorio, tenemos una historia colonial que a mucha gente le incomoda, y seguimos formando parte de esa conciencia colonizada. Haber recreado una Canaria gris, con «panza de burro» (la típica nubosidad canaria), que es muy nuestra, también es un acto político. Canarias no es solo turismo. Es una tierra que ha tenido distintas etapas de monocultivo: la cochinilla, el plátano, el tomate y ahora el turismo. Lo que yo quería trabajar era otra imagen que no siempre está representada. Somos un territorio fragmentado, ultraperiférico, con mucha diversidad interna, con una enorme influencia latinoamericana y una larga historia de emigración. Tratar de abanderar una única imagen de Canarias está en contra de lo que yo pienso.
Tanto Natalia como Pinito fueron mujeres que pudieron salir de la isla. ¿Crees que por eso fueron más libres?
Imagínate lo que era Canarias en los años 60: era pura miseria. Estas mujeres, y más Natalia que Pinito, pertenecían a una suerte de élite de burguesía artística con un estatus social mucho mayor. De hecho, Natalia encontró un refugio en su familia, porque su pareja alemana vivió con ella durante tres años en la casa familiar. Tuvo esa «suerte» que otras personas no tuvieron. También es cierto que algunas personas de su familia pertenecían a la dictadura y que, hasta cierto punto, la protegían. Natalia vivía mucho la dualidad, porque su padre era republicano y estuvo en arresto domiciliario durante muchos años.
El circo funciona como refugio para personas cuya sexualidad no encajaba en la sociedad conservadora de la época.
Por eso entiendo que Natalia se deslumbrase tanto con ese mundo. Imagínate: vivir en una ciudad gris, llena de represión, y de repente encontrar esa explosión de color, de alegría y de vitalidad que fue el circo para ella. Años después seguía refiriéndose a él como «esos años felices» y como una de las mejores vivencias de su vida.
La película se centra más en la intimidad que en el espectáculo circense…
Era complicado encajar los elementos circenses con el presupuesto. Para hacer un circo como a los que estaba acostumbrada Pinito del Oro en los años 50, habría necesitado 70 millones de euros. Pero la troupe circense tiene mucho que ver con el teatro y con la esencia de la precariedad de las artes vivas, y eso lo he vivido de primera mano. Para mí fue fundamental, en la construcción del mundo onírico del circo como refugio, la figura de Pina Bausch, piezas como Café Müller o La consagración de la primavera, que fueron ejes narrativos a la hora de plantear visualmente la película.
La película la protagonizan una canaria, Tania Santana y una goda, Adriana Ugarte, entiendo que por necesidades de producción. ¿Por qué elegiste al resto de actores de la península, Salva Reina y Aitor Luna?
En realidad, los personajes que no eran canarios ya venían así por guion. El pintor que interpreta Salva Reina y el marido de Pinito (Aitor Luna) eran de la península. Pero lo más importante era no demonizar a ningún personaje. No queríamos trabajar al buenísimo ni al malísimo. Estaba muy empeñada en que esta película también fuese la primera película para muchas personas que trabajan en la isla, que no siempre tienen la oportunidad de tener papeles importantes.
¿Y Antonia San Juan?
Fue la primera persona que me dijo que sí al proyecto. Yo no tenía presupuesto, no tenía productora. Y gracias a ese sí de Antonia, la gente se paraba a escucharme. Cada vez que iba a puerta fría y decía «tengo confirmada a Antonia San Juan», al menos me daban cinco minutos. Antonia es una persona que apoya muchísimo al talento local canario, muy consciente de lo que le ha costado a ella construir la carrera que tiene.
¿Tuviste algún problema con los hijos o los herederos de Pinito?
La familia de Pinito no ha querido participar en el proyecto. Ellos conocían a Natalia —de hecho, los cuidaba de pequeños—, puedo entender que, sin saber nada, les resultase chocante. Pero la realidad es que las cartas están ahí y Pinito era consciente de esa publicación.
En la película no aparece el Circo Price sino otro nombre, ¿por qué?
Cambiamos el nombre por una cuestión de registro de marca. Creo que pertenece al Ayuntamiento de Madrid y, no quisimos pillarnos los dedos legalmente.
A Pinito del Oro le cortó la coleta Mary Santpere. Sin embargo, en tu película no pasa eso. ¿Por qué introdujiste personajes de ficción en lugar de ceñirte estrictamente a la realidad?
Necesitaba un poco de distancia con respecto a la realidad. Al final es un proyecto de ficción y necesitaba ciertos personajes que me alejasen de ella y también de la admiración que yo tenía por las dos, tanto por Pinito como por Natalia. Lo hago a partir de unos personajes que son una pareja de hermanas que conocen en el circo, y también con el personaje que interpreta Salva Reina, Manuel Quintino, inspirado en varios artistas canarios pero trabajado desde la total ficción para poder representar la brutalidad que había en ese momento contra el colectivo LGTB. Porque es cierto que Natalia, si bien sufrió mucho, también vivió un privilegio que muchas personas del colectivo no tuvieron. Necesitaba un elemento que me permitiese representar eso sin idealizar ni romantizar el franquismo, que fue una etapa muy violenta.
Estrenas el 10 de julio… ¿Qué proyectos tienes después?
Desde que me di cuenta de cuánto tardaba en desarrollarse Tal vez, empecé a crear distintos largometrajes que me fuesen dando un respiro a la angustia de los noes. Llevo años trabajando en un proyecto que se llama Tierra, desarrollado en el laboratorio de isLABentura en 2024. Trata de un grupo de mujeres trabajadoras que deciden luchar por un futuro mejor en los años 70 en el sureste de Gran Canaria. Es una Canarias completamente distinta, llena de sol, pero también de miseria, tanto emocional como económica. Está muy vinculada a las heridas coloniales y a las heridas familiares que supuso el monocultivo del tomate en mi familia. De hecho, soy la primera generación de mi familia que no se ha dedicado en ningún momento de su vida al tomate. Desde mi cortometraje, Tomate canario, tengo la necesidad de seguir explorando ese mundo rural atravesado por el cuerpo, que para mí es algo fundamental.






