Fjord (Mungiu) / Minotaur (Zvyagintsev). Cannes 2026

La cara sucia de Europa

El palmarés reconoció dos de las cintas más sólidas aunque menos arriesgadas de la sección oficial. Ambas miraban, con dureza, a una Europa hipócrita, confusa y traicionera. No sería correcto hablar de dos caras opuestas, aunque políticamente así se antojara, porque los vicios, los delitos o las normas opresivas que se presentan en ellas son identificables de Noruega a Dinamarca, de Rumanía a Rusia.

Fjord, ganadora de la Palma, es la historia de la familia Gheorghiu, una muestra de la familia tradicional rumana, que con cinco hijos emigran a un pequeño puerto pesquero en Noruega dónde consiguen trabajo… y siguen practicando, en la intimidad y en sociedad, sus creencias religiosas. Pese a la buena acogida que reciben a su llegada (el padre en las oficinas municipales, la madre como auxiliar en un geriátrico y los cuatro hijos mayores en la escuela), su actividad casi evangelizadora y la severidad paternal empiezan a despertar molestias, inicialmente, animadversión más adelante, por parte de los compañeros de trabajo o de los padres de otros alumnos. La aparición de unas lesiones en brazos y espalda de la hija mayor son interpretados como resultado de castigos físicos y entra en acción el protocolo de defensa de la infancia separando a padres e hijos.

Mungiu nos sitúa frente a un conflicto cultural. Por una parte podemos desaprobar las muestras religiosas que Mihai y Lisbet insertan, forzadamente, en la cotidianeidad de sus hijos, la insistencia en que cumplan con los ritos aun en horario escolar o la severidad en el trato que mantienen cuando les castigan. Me siento, personalmente, muy alejado de su orientación. No obstante, resulta chocante la severidad noruega y la radical aplicación de la normativa que determina la retirada de la patria potestad y la asignación de los hijos a familias de acogida, aun sin pruebas fehacientes de la culpabilidad de padre y madre. La estrategia del director de Más allá de las montañas es contraponer dos ejemplos de intransigencia basados en una supuesta buena voluntad, en la intención última de proteger a los menores. En este sentido, Fjord es ejemplar, consiguiendo llamar la atención sobre las actitudes hipócritas de unos y otros. Unos padres que no se preocupan tanto del bienestar de los hijos como de asegurar su evangelización. Un sistema que no se preocupa tanto del bienestar de los niños como de evitar la contaminación cultural de los suyos. Es una lástima que, en la segunda mitad de la película, la cinta se centra en el proceso judicial, en la discusión entre fiscal y abogada, y, aun debatiendo sobre los mismos conceptos, pierde (o repite) la complejidad desarrollada en la primera mitad. La agridulce resolución será una amarga derrota para todos, al negarse, por parte de unos y otros, la posibilidad de libertad, de apertura, para el destino de los niños.

Zvyagintsev podría haber ganado con Minotauro el premio a la mejor dirección, por su narrativa sólida, metódica, de una crónica negra, aunque fue reconocida con el Gran Premio del Festival. La historia de Gleb, Galina y su amante es descrita con estilo y minuciosidad, combinándose perfectamente con el retrato oscuro de la Rusia de Putin. Se desarrolla al inicio de la guerra de Ucrania, denominada por el gobierno ruso como una operación especial. Esta se entrecruza con la trama principal de modo intermitente, a través de las imágenes televisivas que aparecen en pantalla o mediante los desplazamientos de tropas y tanques, pero irrumpe en la trama mediante la leva forzosa en la que las empresas públicas (como aquella que Gleb dirige) deben participar reclutando soldados de modo forzoso entre sus propios trabajadores, incluso con engaños. El crimen no paga en Rusia, porque ya viene bendecido por las autoridades, gubernamentales y eclesiásticas.

Minotauro no es, sin embargo, nada que el propio director (Leviathan, Loveless) u otros realizadores (como Balagov o Loznitsa, por ejemplo) no nos hubieran contado anteriormente y de modo más sutil. Zvyagintsev necesita remachar la idea en dos secuencias consecutivas, que si bien pueden resultar ejemplarizantes, dan la sensación de ser algo forzadas. En la primera, los reclutados (entre ellos el detective que ayudara en su momento a Gleb y al que este vende sin compasión) escuchan un discurso que reivindica la lucha de Rusia contra el Mal que les agrede, tratando de arrebatarles sus tradiciones y su concepto de familia. A continuación, como un epílogo, veremos a los protagonistas bajo su apariencia de familia perfecta tradicional. El resultado es, ciertamente, conseguido, al permitir retratar la falsedad de un sistema que se reproduce en la de los individuos, a nivel público o privado pero arrastra cierto aire de déjà vu.

Tanto Fjord como Minotauro resultan dos cintas muy estimables, adecuadas para todo tipo de debates morales y políticos, pero, frente a las propuestas de Marre, Harari o Hamaguchi, parecen haber sido premiadas por encima de sus méritos reales.

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