La belleza

Entre la realidad y la belleza, prefiero la belleza

Il Divo, Paolo Sorrentino, 2008

Hablemos de la belleza. Nos tumbamos frente a la tele, elegimos peli, probablemente tras una recomendación leída en Miradas (guiño, guiño). Ya hemos subido los pies a la mesa, ya hemos acomodado el cojín perfectamente, aún tenemos un poco de pesadez de la pizza del sábado noche y una tisana humeante parpadea ardiente en nuestra firme mano derecha. Ahí empieza la belleza, segundos antes, incluso, de darle al PLAY. Es que la belleza no salta solo a la vista, aunque la vista sea el sentido más predispuesto para la belleza; la belleza se construye en los momentos y eso también está en las pelis. Pensamos que el cine solo nos entra por el sonido o por la mirada, pero coincidiremos, al final, en que eso no es así.

El cine se construye también con el olor que nos envuelve antes y durante la peli. Ese olor a palomitas de las salas, sobre todo las antiguas, mezclado con la moqueta terciada, que emana una fragancia a nostalgia y ácaros atesorados con el tiempo. El olor del perfume adolescente, mezcla inoportuna de colonia barata de nuevo varón, aftershave deportivo para después de la pelusilla y perfume radiante que desprende amor naif en el cuello sin estrenar de la persona que quieres que te ame. Olor, por supuesto, al puchero de mañana; ese que tu madre está construyendo paso a paso en la cocina, mientras tú degustas macarrones con tomate viendo Frozen, Pocahontas, Solo en casa, o la última de Parchís ―esto ya según la edad que te haya tocado tener―.

Y se construye con el tacto. El tacto de la butaca del cine viejo donde el muelle te tuerce el culo. El tacto de tu camisa nueva, que pica, pero que te hace sentirte un galán. El tacto del ticket de la entrada, el de las palomitas saladas en tus manos, el de la gota de refresco que se ha resbalado en el posavasos en el que has convertido tus vaqueros. El tacto del hombro con hombro, el del inoportuno choque de codo —porque no hay consenso de la pertenencia de reposabrazos—. El tacto hormonal de la última fila, donde ya la peli no importa. El tacto enorme de la cucharita en el sofá barato de tu primer piso. El tacto caliente de la franela, cuando la opción invernal de peli en la cama es el mejor de los planes de enero. Y, por supuesto, el tacto enorme y palpitante del beso que todavía no te has atrevido a pedir.

El gusto a fresa ácida, el caramelo de menta, el chocolate, la misma tisana, el vino ¿por qué no? La sal, el coñac, el jarabe malísimo para la tos. El amargor extraño después de un llanto corto y el dulzor rarísimo, después de un llanto largo.

De sonidos ya sabemos: Los que vienen de la película y los que nos acompañan fuera de ella. De los de la película ya se habla mucho, los sonidos técnicos, los sonidos músicos… Los de fuera de ella son lo que me interesan ― y al final, os interesarán también― El chicle mal mascado, las cáscaras impertinentes de pipas, un bostezo inoportuno, un «¿subes el volumen, por favor?», la moto incordiante del semáforo de abajo de casa, el grillo, el bebé, tu madre diciendo «a la cama que mañana hay cole», el «¿me abrazas», el «uy, perdón» del primer año y el «uff, menos mal que ya me dolía la barriga» del año siete. En la sala, el estornudo, la palomita masticada, el «shhh» inútil, las risas, los mocos sorbidos de llorar, el «oh» y el aplauso, que se está perdiendo y es una pena.

Y, por los ojos, el resto. Lo eminentemente bello. La actriz que te embriaga, el actor que te envuelve, el panorama enorme de montañas insalvables, los azules del mar, los caminares lentos, las explosiones rápidas, la luz y la penumbra. Lo grotescamente hermoso, lo hermosamente feo y tus ojos mirando sus ojos sin mirar nada más.

Recibe nuestra newsletter

Lee nuestra política de privacidad para obtener más información.