Los colonos
Los primeros minutos de Meek’s Cutoff transcurren sin diálogos. Apenas el sonido del río por el que cruza la caravana de colonos y el trabajo de Kelly Reichardt para capturar las diferentes gradaciones del plano: las hierbas altas, la montaña que serpentea por la línea del horizonte, el sol pálido que proyecta un color blanquecino sobre la imagen y ese grupo de hombres y mujeres entregados al trabajo de sortear las aguas para continuar con la marcha. Ya los títulos de crédito nos han puesto sobre aviso de una fecha, la América de 1845, en plena expansión territorial, y de un espacio que acabará convertido en un lugar mental: ese atajo que propone el personaje de Meek (Bruce Greenwood) y que, a medida que avanza la película, acaba transformado en una sensación de estar permanentemente perdidos.
En primera instancia, se podría decir que a Reichardt le interesa el western por su estructura formal, es decir, como un conjunto de códigos que bien armados permiten llevar a cabo una reflexión en profundidad sobre el desarraigo, la mala moral masculina, la lucha de clases y la división familiar y, en especial, el papel de la mujer como personaje activo dentro de ese paisaje. En cierto modo, su visión del oeste elude cualquier tentación poética y nos traslada a una época de gente recia en la que las fronteras todavía se medían por la distancia presente entre un hombre, un grupo o una comunidad y otro hombre, otro grupo y otra comunidad. No en vano, el gran asunto de Meek’s Cutoff consiste en observar cómo los personajes masculinos de la caravana no consiguen salvar los obstáculos ni resolver los problemas, pero no por ello son capaces de renunciar al lugar de mando en el que se han erigido frente al resto de mujeres.
Hay un detalle bastante significativo en la película, cuando la cámara captura la inscripción en un tronco de la palabra “perdidos”; entre otros motivos, porque nos ofrece un matiz diferente a ese conjunto de imágenes que filma Reichardt, en las que los escenarios típicos del western devienen espacios hostiles. Sucede algo parecido con las escenas en las que, mientras llevan a cabo sus tareas domésticas, las mujeres se preguntan no solo por lo que hablan los hombres, sino también por el valor que pueden tener esos gestos cuando, al fin y al cabo, no consiguen sacarles de su extravío. En este sentido, es particularmente hermoso el retrato que hace de Emily (Michelle Williams) y Glory (Shirley Henderson), a las que filma caminando entre el pedregal, cansadas y con la sensación, sobre todo la primera, de que algo se ha quebrado en esa estructura familiar. Con Michelle Williams sucede que tiene esa forma de mirar que proyecta una mezcla de vulnerabilidad y decisión, de personaje que tiene un pie puesto en el escenario al que le subordina la presencia masculina de la caravana, y otro que está mirando hacia un lugar diferente. El ritmo mortecino, la quietud de sus escenas nocturnas, solo hace que alimentar la sensación de que la cámara, poco a poco, va girando de ese grupo de hombres para poner su atención en la otra mujer.
Frente a ese momento de expansión en los Estados Unidos, Reichardt contrapone una estructura de comunidad todavía precaria, en la que el guía de la caravana no es capaz de hallar la orientación correcta y los líderes del grupo tampoco pueden resolver la cuestión. En este sentido, no puede resultar más interesante la elección del reparto y los diferentes roles que juegan actores de carácter como Will Patton o secundarios que han fraguado su carrera a caballo entre el cine independiente y el mainstream, como Paul Dano. Más que un retrato psicológico o un estudio de personajes, a la directora le interesa que el espectador perciba las fortalezas y debilidades a través de los pequeños detalles. Los cuerpos, los rostros, los gestos que delatan las posiciones que unos y otros detentan dentro del grupo y que dicen más de su moralidad —por ejemplo, la reacción frente a la aparición del indio— que cualquier discurso escrito desde el guion. Y, por encima de todos, queda el personaje de Meek y todo lo que representa: una América pasada, perdida y cada vez más remota, que resulta incapaz de orientarse ante ese nuevo mapa de territorios y costumbres que destella en el horizonte.
Como sucede en la narrativa de Dorothy Johnson, quizá una de las escritoras fundamentales del western americano, uno tiene la sensación de que los indios tienen más principios e, incluso, visión del mundo que la de esos colonos que se mueven por el territorio norteamericano. No tengo muy claro si todo el episodio con el indio (Rod Rondeaux) es un comentario sobre el racismo y la división de clases o la prueba palpable de la descomposición de una comunidad obcecada, ante todo, a detentar un poder sobre el otro. Lo cierto es que, ya sea una cosa o la otra, Reichardt dibuja una serie de escenas de una intensidad lírica que no tiene cabida en otros pasajes de la película. Y ese, quizá, es otro de los aciertos de Meek’s Cutoff; el hecho de que nunca abandona ese tono seco, como si la propia narración se contagiase del cansancio de sus personajes, de los gestos irritados y esas bocas permanentemente secas que disparan unos diálogos cada vez más abotargados. No en vano, la principal escena de acción —la caravana tratando de sortear el barranco de piedras para continuar el camino— no tiene lugar hasta casi el último tercio de la película, y en ella observamos tanto el intento de cooperación entre todos los personajes como el fracaso cuando uno de los carromatos acaba destrozado al rodar sin frenos contra el pedregal. Lo interesante de toda esa escena, que abarca unos cuantos minutos, reside en cómo Reichardt la descompone en planos detalle de manos, brazos, rostros contritos, el paisaje silencioso devastado por el sol, la naturaleza indiferente a la presencia humana. Paulatinamente, la acción se convierte en abstracción. El objetivo de conseguir pasar los carros de un punto a otro del territorio, la demostración palpable de que ya hace muchos minutos de la película que ese lugar se ha convertido en un espacio mental.
La tensión racial que dibuja el odio que profesa Meek hacia el indio acaban diluidas por el tremendo impacto de esa sensación de soledad y derrota que atenaza al grupo de colonos. Por así decirlo, a medida que la película avanza, más abiertas quedan sus costuras de western y más desbordada la historia que nos cuenta. Y, sin embargo, sería absurdo negar que Reichardt filma una historia del oeste y que su enfoque aborda numerosísimos asuntos de importancia cultural: desde la suerte de los colonos que buscaban territorios en los que asentarse y fraguar una comunidad hasta la división de clases y trabajos, desde el papel de la mujer dentro de esa estructura cerrada de códigos y obligaciones hasta la mirada del nativo que no puede entender, pero tampoco pretende actuar, a ese grupo de personas y el callejón sin salida en el que se han metido. Quizá por ello, más que ese progresivo fundido a negro con el que Reichardt filma al indio dirigiéndose hacia ninguna parte —¿puede haber metáfora más bella para ese viaje sin sentido?—, el verdadero cierre de la película sea el del rostro de Michelle Williams, recortado entre las ramas abigarradas del lugar, observando todo ello. ¿Acaso no ha sido ese el único gesto que ha podido hacer en toda la historia? Plano y contraplano resuelven, con la misma aspereza presente en el resto del metraje, el sentido de la película: el viaje convertido en territorio interior, en lugar en el que arden todas esas cosas que construimos o anhelamos sacar adelante, en un espacio de sueños o en el que tratar de encontrarnos a nosotros mismos. Tal vez todo ello pueda sonar a cosa existencial, pero Kelly Reichardt sabe cómo traducirlo a un conjunto de imágenes terrosas, siempre impactadas por el sol pálido de las montañas de Oregón y la orografía salvaje de una tierra sin dueño. Es otra historia del western, pero definitivamente una mediante la que trazar no pocos paralelismos con la fortuna de América y sus sueños de progreso. O cómo, al fin y al cabo, esos colonos desnortados acaban siendo víctimas de su propia historia. Y ahí, en definitiva, es donde empieza todo.








