Correr sin competir
En 1995 la marca de neumáticos Pirelli utilizó la imagen del atleta Carl Lewis, nueve veces medallista de oro olímpico, para acompañar a uno de los eslóganes más icónicos de la historia de la publicidad: la potencia sin control no sirve de nada. Corredora, el debut en el largometraje de Laura García Alonso —nacida en Madrid y formada en dirección por la ESCAC—, pone de manifiesto las consecuencias de llevar el cuerpo y la mente más allá de sus límites, utilizando como trasfondo un contexto tan a priori saludable y aspiracional, especialmente hoy en día, como es el de la práctica de la actividad deportiva. Cristina Vidal (interpretada por Alba Sáez), es una joven reservada que entrena en el CAR (Centro de Alto Rendimiento de San Cugat) con el único objetivo de llegar a lo más alto en su prometedora carrera como atleta de élite. En su mente no existe otra posibilidad que no sea la de competir para ganar; sin embargo será su propia autoexigencia —junto al estrés que todo ello conlleva— la que actuará como el disparador de un problema de salud mental que hará que todo su mundo se desmorone. Un tema, el de la salud mental, que la directora ya trató anteriormente en su cortometraje Tormenta de Verano (2022). Evitando caer en la sobreexplicación, tan presente en el cine actual, intuimos que algo no va bien con la joven prácticamente desde el inicio del filme, ya sea por la opacidad de su mirada, su incapacidad para sonreír de una manera genuina o por las dificultades con las que ésta interactúa con sus compañeros y con su núcleo familiar, formado por su hermana Natalia (Marina Salas) y su padre (Àlex Brendemühl). El rostro, los gestos y la actitud de Cristina son el lienzo sobre el que la directora dibuja los signos de alarma de un trastorno que hasta ese momento permanecía latente y cuya aparición servirá para que la protagonista se cuestione quién es ella en realidad.
La directora, a su vez co-guionista junto a Pol Cortecans (Cites, 2015), hace recaer todo el peso de la trama sobre el personaje de Cristina, sobre su desplome y su proceso de aceptación de una nueva realidad, inesperada y no deseada. La suya es una mentalidad esencialmente individualista y ambiciosa, basada en una escala de valores propia que, en apariencia, no vendría mediada por la presión o aspiraciones de su entorno familiar, ni siquiera de su entrenador. Su personaje es hermético e inexpugnable, hasta el punto en el que son contados los momentos en los que la joven verbaliza qué es lo que sucede en su interior. Dentro de las posibilidades que ofrece la trama, Laura García Alonso opta por la contención y por una economía informativa, evitando dar lecciones sobre salud mental pero también dejándonos con ganas de saber más. A través de una conversación entre Cristina y su hermana, entendemos que la protagonista sospecha que su enfermedad podría venir dada por la genética materna. Sin embargo, cuándo la psiquiatra que la trata intenta ahondar en la relación que existía entre madre e hija, antes del fallecimiento repentino de la primera, Cristina la interrumpe inmediatamente para pedirle que le reduzca la medicación, evitando así dar más detalles en torno al vínculo que las unía. El resto de personajes (su hermana, su padre, su compañera del CAR o el chico que se le acerca durante uno de los entrenamientos), resultan a su vez algo incompletos; los conocemos en la medida en que éstos se relacionan con la protagonista, pero no sabemos demasiado sobre sus vidas. La falta de explicaciones se suple, por otro lado, con una apuesta clara por lo visual. Diversas escenas muestran a la protagonista entrenando noche y día, preparándose para una futura competición, con el paisaje de Barcelona y su extrarradio de fondo. Para ella, correr significa huir. Si hasta el momento éste había sido el bálsamo que la ayudaba a mantener a raya sus demonios internos, ahora su obsesión por demostrar que es la mejor ha acabado por hacerle perder el control sobre sí misma. La aceptación pasará por asumir, como le pide su hermana, el reto de correr sin competir.
Corredora pone de manifiesto que los problemas psicológicos también pueden afectar a los deportistas de alto rendimiento, los cuales, además de cargar con la propia presión, deben hacerlo con las expectativas que su entorno —a veces todo un país— deposita sobre ellos. En este caso la protagonista cuenta con la comprensión de su círculo más íntimo, pero no siempre es así. Laura García Alonso condensa en 96 minutos una historia narrada de manera ágil y dinámica, incidiendo en la idea de que el éxito personal no debería medirse por la validación externa. Una reflexión que va en consonancia con las declaraciones que la gimnasta Simone Biles realizaba para la revista Stylist en marzo de este mismo año, donde afirmaba que ninguna medalla, reconocimiento o resultado académico es más importante que la salud mental.







