Obsession

Obsession, de Curry Barker

El terror de la reciprocidad

Las palabras que leemos y las palabras que escribimos nunca dicen exactamente lo que queremos decir. Las personas que amamos nunca son exactamente como las deseamos. Los dos símbolos nunca coinciden por completo. Eros habita en ese intervalo.

Anne Carson. Eros, lo agridulce

Curry Barker ha desatado un fenómeno mundial con su primera película comercial, Obsession, dando lugar a un enjambre de validaciones que celebran su aproximación al consentimiento femenino, las relaciones tóxicas y la construcción de un antagonista que escapa de la obviedad. Sin embargo, la película no revela una reflexión sobre la experiencia femenina, sino que insiste en el miedo masculino a ser amado con la misma intensidad con la que durante décadas el cine celebró a sus protagonistas masculinos, anclándolo a un contexto contemporáneo en el que el amor es el nuevo código del terror.

Esta mirada se articula sobre dos ejes fundamentales: el juvenil y el masculino. Desde su primera escena, Obsession expone una ansiedad propia de las relaciones afectivas contemporáneas: el temor a que cualquier demostración de amor, vulnerabilidad o deseo sea percibida como una amenaza. Para demostrarlo, Barker inicia la película con un monólogo que, en otra época, habría funcionado como el clímax de una comedia romántica. Sin embargo, tanto Bear como Ian entienden que esa confesión sólo conseguirá asustar a Nikki, anticipando el giro posterior.

Desde ese gesto inicial, Barker evidencia un cambio profundo en el imaginario romántico, en el que no cambia a sus personajes arquetipicos, sino que expone cómo ha mutado la forma en que interpretamos sus acciones. Dado que, muchos de los gestos que el cine clásico convirtió en pruebas de amor —la insistencia, la persecución, los celos, la incapacidad de renunciar al ser amado— hoy se leen bajo el miedo. Por eso, cada escena de terror en Obsession podría funcionar, con apenas un cambio de iluminación, música y desenlace, como una escena romántica. Demostrando que más que insistir en el consentimiento, la película retrata una generación que sospecha del afecto, donde cualquier conflicto, reclamo o incluso unas palabras amorosas pueden interpretarse como una forma de control, intimidación o pérdida de individualidad.

Esto se intensifica a través de la elección del punto de vista. Ya que, más que acompañar la transformación de una mujer cuya identidad se deforma por una obsesión amorosa, la película centra el horror en descubrir que ser amado puede convertirse en una experiencia insoportable. La puesta en escena lo refuerza, al construir el “monstruo” sobre la reciprocidad femenina, y no fundamentalmente a través de lo sobrenatural o el maquillaje. Transformando gestos cotidianos del romance en experiencias profundamente inquietantes, para desplazar el terror desde lo fantástico hacia lo íntimo.

Por ello, el verdadero recorrido emocional del espectador consiste en observar cómo cada demostración de amor va siendo reinterpretada como una coacción. Haciendo que lo “monstruoso” no surja únicamente de las acciones de Nikki, sino de una transformación cultural que se apoya en el espectador para validarse. Al recuperar gestos que durante décadas definieron al héroe romántico, confiando en que el espectador contemporáneo los reconocerá y, casi de forma automática, reaccionará con pánico. Haciendo innecesario que Barker convirtiera el romance en terror, sino que le baste con revelar que ciertos códigos del romance clásico ya habían empezado a parecernos terroríficos antes de que la película existiera.

A esto se le suma una mirada masculina que, de forma casi casual, dialoga con películas recientes como La acompañante de Drew Hancock y Affection de BT Meza. En las que también, mediante distintos dispositivos tecnológicos, sobrenaturales o cientificos, la mente de una mujer es intervenida para amar a un hombre bajo condiciones impuestas por él, destruyendo su identidad. Lo llamativo es que ninguna de ellas comienza siendo un monstruo: al contrario, son precisamente las mujeres que esos hombres desean. La transformación ocurre cuando ese amor se vuelve absoluto. Es como si amar funcionara como un hechizo que las expulsara de lo humano y las convirtiera en otra cosa: una maldición, un robot, un experimento o una obsesión. De manera involuntaria, estos relatos terminan revelando una contradicción de la mirada masculina: la mujer es plenamente deseable mientras conserva su autonomía, pero cuando ese deseo es correspondido con la misma intensidad, deja de ser percibida como una persona y comienza a convertirse en una criatura peligrosa.

Que las tres películas estén dirigidas por hombres no es un dato menor. Aunque todas parecen adoptar un discurso contemporáneo sobre el consentimiento, la autonomía femenina o las relaciones tóxicas, el centro emocional de sus relatos continúa siendo una ansiedad masculina. Más que preguntarse qué significa para una mujer perder su identidad al amar, estas obras parecen obsesionadas con otra cuestión: ¿qué ocurre cuando una mujer ama con la misma intensidad con la que, durante décadas, el cine permitió amar a los hombres? La respuesta resulta reveladora. Ese amor deja de ser leído como una virtud para convertirse en una anomalía, un hechizo o una amenaza. De manera involuntaria, estos relatos terminan revelando menos una reflexión sobre el amor femenino que una profunda incomodidad frente a la posibilidad de que las mujeres también puedan ser intensas, posesivas, insistentes y emocionalmente desbordadas sin que ello las convierta automáticamente en algo inquietante.

En ese sentido, Obsession fortalece la percepción de que este aparente «nuevo» cine, revestido de discursos contemporáneos y sensibilidades más complejas, quizá no sea una ruptura con el pasado, sino una sofisticada reformulación de los mismos imaginarios clásicos. Cambiando los códigos estéticos, el lenguaje y las justificaciones morales, pero originados sobre las mismas estructuras afectivas. Por eso, el verdadero monstruo de Obsession nunca es Nikki, sino una mirada incapaz de imaginar que una mujer pueda amar con intensidad sin convertir ese amor en una amenaza.

Visto desde esa perspectiva, resulta paradójico que una película como Amélie termine pareciendo más moderna que gran parte del terror contemporáneo al reconocer el deseo femenino y su papel activo dentro del romance como algo deseable, humano y profundamente encantador. Quizá la verdadera fortaleza de Obsession no consista en proponer una nueva forma de entender el amor, sino en evidenciar hasta qué punto seguimos imaginándolo desde el mismo punto de vista; el masculino.

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