Ya es 1 de agosto. Parece mentira. Tenía la oportunidad de tomarme vacaciones; hasta la gente buena de Miradas de Cine me lo propuso ―seguro que fue una indirecta porque la última columna quedó regulinchi.―. Pero yo no quería dejar pasar la ocasión de compartir recuerdos estivales; cinéfilos, nostálgicos y, como casi siempre, adolescentes.
El otro día vi en plataformas la nueva de He-Man. Bueno, siendo sinceros, no la vi entera: la somnolencia de casi cincuentón no me dejó acabarla. Pero, claro, sin saberlo yo, una puertecita de la memoria se entreabrió y desde ella empezaron a brotar recuerdos de una noche de verano de finales de los 80.
Mientras veía la peli, debí suponer que algo estaba ocurriendo porque con casi cada nueva aparición de personaje yo soltaba un «Ese lo tenía yo», «Este también», «Ese no, pero siempre lo quise». Eso eran notas claras y evidentes de que se estaba cocinando un mejunje de recuerdos difusos y preciosos.
El calor de la noche me despertó, o quizá fue uno de los gatos, pero el calor no me dejó volver a dormir. En el silencio y la duermevela empecé a recordar el cine de verano, en mi caso el Cine Brunete; un manantial de sillas de plástico, con mesas donde posar tus comidas si lo querías y donde familias completas hacían más cortas las noches de verano gaditanas, que por cierto no eran ni de lejos tan calurosas como las de hoy en día ―ahora que caigo, no sé si ya os he dicho que soy gaditano, ea, pues ahí queda dicho―.
Esta vez éramos cuatro locos de los heman ―no sé tú, pero nosotros casi nunca los llamábamos Masters del Universo― quienes fuimos hasta el cine, desde nuestro barrio que, en aquellos años, parecía que estaba lejísimos. No sé si teníamos paga, si eran ahorros o qué, pero entre los cuatro pudimos comprarnos dos pizzas en el Ninno’s, la primera pizzería que recuerdo en mi infancia, y nos metimos a ver la peli.
El Brunete estaba a rebosar, familias enteras con refrescos de 2 litros, con papelones de pescaito frito, con filetes empanados… Era como una prolongación de la playa, de hecho olía hasta un poco a mar y crema Nivea. Os podéis hacer una idea de la mezcla absurda y bonita de fragancias veraniegas.
Sonido atronador, un poco sucio, jaleo en todas las esquinas, una peli un poco, o demasiado oscura para que al aire libre se viera con nitidez, cada cierto tiempo, un tren que pasaba y que parecía que iba a salir por la pantalla ―teníamos pegada al cine la vía del tren―. Alguna mirada furtiva a las niñas y niños de otros barrios que jamás habíamos visto, porque eran de otros barrios y eso les daba enigmas, carisma y misterio. Alguna madre riñendo a la prole; casi ningún —o literalmente ningún— padre en toda la sala y los cuatro locos de los heman con cara de pánfilos haciéndose los mayores.
Como casi siempre, la peli era lo de menos, por más que nos gustara He-Man. Lo importante era lo que estábamos compartiendo, lo que significaba poder pillarte una pizza, como en las pelis, y meterte en el cine cubierto de estrellas.
Después de aquella llegaron muchas más, alternadas con el videoclub y con las salas cerradas, por supuesto. Sin darnos cuenta, a la vez de que nos hacíamos mayores, El Brunete se iba descomponiendo, cada vez menos pelis, cada vez menos pases, cada vez menos familias, cada vez menos pescaito frito…
Un día cerró, y no lo vimos venir, o no quisimos verlo venir, y nos quedamos sin el cine de los veranos.
El Brunete era el nuestro, pero el vuestro era casi igual, seguro. Con otro nombre, con otros olores y, seguramente, lejos de la vía del tren. Pero también con los niños y las niñas de otros barrios, con las madres que reñían a las proles, con el sonido atronador y con las estrellas como techo inolvidable.
Curiosamente, hoy apenas recuerdo la película. Pero aquella noche la recuerdo entera, hasta el sabor de las pizzas.






